Cuando se elegía era como si el techo de un profundo sótano estuviera a punto de colapsar dejando caer dentro la estructura de la casa.
La ventaja de no vivir en una región donde se llevaba la gente a votar a punta de fusiles paramilitares, consistía en escoger entre quienes daban los mejores abalorios, bajaran el puntaje del estrato o “acomodara” de manera temporal, a cualquier desocupado dentro de la administración municipal. El conocimiento inherente al puesto, era lo de menos para el candidato municipal o departamental buscando el voto, con el apoyo de clanes y maquinarias.
Colombia vivía esa falsa democracia donde el patrón de la fábrica obligaba a los obreros a escoger el candidato de su preferencia, adueñándose de su voluntad, mientras dejaba crecer el resquemor de privar de un salario de hambre a cualquiera capaz de mostrarse inconforme. Igual al interior del Estado, de las empresas, en las cuales a los reticentes se los caratulaba de traidores y el gerente, los jefes de turno, recordaban a todos “no jugar con la cuchara”.
¿La mayoría de los sindicatos? Salvando a los de mayor combatividad, “bien gracias”. Pulverizados por las fuerzas represivas, asesinados o perseguidos los principales dirigentes, fundidos en sus propios debates internos e intereses de sector, poco y nada podían hacer frente a una ley laboral en paulatino desguace. Lo demás lo fueron acabando los decretos presidenciales, las leyes sancionadas desde ese mismo Congreso elegido con presiones al elector, dineros turbios o favores baratos, junto a compulsivos ajustes a la salud, la educación, la vivienda, la calidad de vida de los colombianos.
Así, en un país donde el riesgo de fraude electoral no era mayor al de elegir entre un sistema de organizaciones políticas casi idénticas -el resto tenía pocas chances- el constreñimiento se disfrazaba de voluntad popular y la clase dirigente celebraba intentando generar la apariencia de “normalidad”, la inmensa mayoría intentaba subsistir. El “fantasma de las guerrillas” venía dejando de funcionar hace tiempo. El derrumbe socio económico comenzaba a acrecentarse de forma incontenible, aunque nadie preveía cuanto podía suceder más adelante, apostando seguramente a la supuesta resignación y apatía general hacia la política.
Causalidad y casualidad
Veinte años ininterrumpidos de gobiernos uribistas con sus respectivas miserias, fueron dejando más en ridículo a los arribistas que fingían “eructar pollo” en medio de la carestía generalizada. Los responsables de la crisis siempre estuvieron identificados, pero los abusos calaron de manera irreversible la paciencia casi eterna del pueblo: La partidocracia, los apellidos tradicionales de la política, los jueces comprados, los empresarios inescrupulosos, la corrupción galopante, la escalada del dólar, los asesinatos de líderes sociales, la caída del poder adquisitivo, la multiplicación de la pobreza, la falta alarmante de oportunidades.
Cierto efectos del neoliberalismo fuera de los estragos económicos del libre mercado y del desentendimiento de la política del bienestar ciudadano, minaron el corazón del continuismo que lo implementó, profundizando la inequidad.
El excesivo individualismo, la insolidaridad, el argumento de una iniciativa autosuficiente, responsabilizando a los segmentos más sensibles de la sociedad de su propia pobreza, terminó de jugar en contra del establecimiento. Marginado de cualquier apoyo estatal, asomó un nuevo actor social. Jóvenes de origen universitario, campesino, trabajador, desocupados, antes ansiosos por migrar, decidieron quedarse a forjar un futuro aquí y ahora, conformando sucesivas oleadas de protestas pacíficas que en algunos casos, derivaron en la autodenominada Primera Línea. Dejando de lado el accionar de organizaciones e intereses no siempre “santos”, aguardando la oportunidad, estas ni siquiera hubieran podido dar señales de poseer estructuras organizadas a tal efecto, si no hubieran contado con una presencia masiva saliendo a expresar reclamos legítimos.
Bastó la reforma tributaria de 2021 del ministro de Economía, Alberto Carrasquilla, para terminar de catalizar un paro general, al cual no pudo detener ni la salvaje represión del ultra uribista presidente de entonces, Iván Duque Márquez. Los cadáveres de jóvenes flotando sobre el río Cauca, las desapariciones forzadas, los asesinatos como el del estudiante, Lucas Villa; los centros de torturas instalados en una lujosa cadena de almacenes, las gravísimas violaciones a los derechos humanos y de las jóvenes manifestantes, no mermaron la resistencia.
De las noche a la mañana el colombiano medio, siempre recursivo en todo salvo a dedicarse a sacar el país adelante, se decantó por apostar al cambio de modelo que en esas circunstancias “sonaba maravilloso”, aunque fuera una incógnita. Prueba de dicha “fiebre electoral” fueron las miles de personas inscribiendo las cédulas; los habitantes originarios descendiendo de las comunidades a votar.
En líneas generales, hasta los ciudadanos renuentes a votar, inclinaron la balanza a favor de único candidato cuya doctrina y plataforma se enfocaba sobre las demandas sociales. No había dineros para manipular ni comprar a tanta gente harta de soportar a los mismos con las mismas.
Triunfo popular
Desde el primer día, Gustavo Petro demostró no haber llegado a la presidencia a quedar bien con nadie. La extrema derecha había dejado un país arruinado, desigual, empobrecido, lleno de corrupción, asesinatos, negociados, paramilitarismo y resonados escándalos.
Los falsos rumores de la instalación de un régimen comunista, de repetir el eventual fracaso venezolano, nunca se cumplió. De manera contraria, se democratizó el país, terminaron las “chuzadas” a funcionarios; las detenciones o torturas por parte de las fuerzas de seguridad, cesó la represión y a pesar de las graves faltas de respeto a la investidura presidencial, no hubo retaliaciones de ningún tipo. Contrariamente, fueron retomados los diálogos con grupos guerrilleros, a modo de reconstruir el Acuerdo que los enemigos de la paz hicieron trizas.
Mientras la administración recortaba gastos innecesarios destinados al privilegio de la clase política decadente, el gobierno se dedicó a estabilizar la economía, comenzando por la recuperación del valor de los salarios a partir de los fuertes incrementos del salario mínimo. Analistas internacionales desmintieron las mentiras de los grandes medios masivos de comunicación, al anunciar el crecimiento económico, la fuerte caída del desempleo, el aumento del consumo, de la producción. “De ñapa”, la entrega de tierras a campesinos, el incremento de los auxilios tanto a pensionados como a madres cabezas de familia, cuando el Congreso dominado por la férrea oposición del uribismo y la derecha provocaron el hundimiento de las distintas reformas sociales, aterrados de perder sus prebendas mal habidas.
De la mano de Petro, los colombianos pudieron conocer de primera mano los crímenes, las andanzas, los manejos corruptos a espaldas de la gente antes ocultos. Vio a los culpables sentarse al banquillo de los acusados. Logro récord en incautación de sustancias ilícitas, demostrando a carta cabal la posibilidad de vivir en una nación apartada del control, la violencia, con plena vigencia del Estado de Derecho e igualdad de oportunidades, aún con la financiación del uribismo hacia grupos guerrilleros o paramilitares, presentándose después como la “solución”.
Los deliberados intentos de sabotaje de la oposición, al margen de éxitos aislados, permitieron visibilizar ante la sociedad a los verdaderos responsables de impedir mayores avances desde un poder permeado por las mafias, intentando acorralar al gobierno del pueblo sin otro propósito que enriquecerse a expensas de quienes trabajan, aportando al erario público.
Hacia adelante
Después de tan grandes avances en la suma de los aspectos de la vida nacional, Colombia no puede darse el lujo de estancarse o retroceder. Los hechos comprobables fulminaron a cualquier relato, más allá de los prejuicios generados desde la prensa y de muchos que en lugar de reconocer los beneficios alcanzados, parecen lejos de la conciencia social surgida de la empatía hacia el prójimo.
Votar por Abelardo de la Espriella o Paloma Valencia, sería adentrarse dentro del peor oscurantismo. El primero, abogado comprobado de las mafias, defensor de delincuentes y la segunda, proveniente de una familia terrateniente que solo sirvió para mantener a los colombianos en la precariedad. Podría decirse demasiado de ellos, pero ambos, lejos de brindar una lluvia de ideas, formas alternativas de ejercer el poder, pretenden devolver el gobierno a los sectores concentrados uniendo el poder real con el formal.
¿Qué podrían darle a Colombia, quienes demostraron durante décadas no estar jamás a la altura de las circunstancias, dictando leyes en detrimento del bienestar general para beneficiar a las mayorías? Además de sustentar el narcotráfico, la delincuencia, el sicariato, la ignorancia, la carencia permanente con “mano de obra joven y barata”, a fin de dominar el establecimiento; ¿cuál es el motivo de prometer a la gente cuanto ya les dio Petro?
Detrás de las bravatas de campaña, responden a idénticos intereses, tienen el mismo mentor -Uribe- vienen a destrozar la suma de lo construido, a recuperar lo no robado durante cuatro años de inclusión social, a reemplazar la voluntad popular, sus derechos, por la de una minoría sin proyecto de país acaparando los negocios del Estado. De lograrlo, reimplantarán el modelo de represión en vistas a concentrar la riqueza y sin lugar a dudas, provocarán un verdadero baño de sangre para tratar de disciplinar al pueblo empoderado como ya lo hicieron sus padres o abuelos en el pasado. ¿Acaso los resultados de este tipo de gestiones no son lo suficientemente conocidos?
A su vez, Iván Cepeda representa la continuidad y hasta la eventual superación del actual modelo, la consolidación de un modelo de gobierno presente, protector, responsable, asumiendo la responsabilidad de mandar a los criminales políticos a la cárcel, creciendo al compás de la calidad de vida de los colombianos. El único camino admisible es hacia adelante, porque más que las ideologías, las conciencias de clase, los prejuicios, debe primar lo pragmático. Y en ese sentido, la administración de Petro fue por lo lejos la mejor de la historia.
Algún escritor decía: “Solo queda al desgraciado lamentar el bien perdido”. Que no siga siendo el orgullo, la obsecuencia, la desinformación, el color político, el chisme de galería, la calumnia, las causas de dejarse arrebatar de nuevo el país. Ese, recuperado en surco de dolores, de sangre, de arengas callejeras, ya no por “vándalos” según algunos desclazados, sino de la mano de esa juventud maravillosa para hacer germinar el bien de una buena vez.
Carlos Alberto Ricchetti


