OH AMIGOS, SI HAY AMIGOS

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«Cuando no es la prudencia la que forma los vínculos de la amistad, la locura los rompe fácilmente.»
William Shakespeare

Está culminando el mes de septiembre y sería una afrenta contra los principios más humanos el olvidar después de un agosto truculento y muy pausado, movido por fuerzas telúricas, el valor de una amistad, el costo de su abrazo y la delicadeza de su fuerza en una apretada de manos, limpias o sucias, valen lo mismo para mí; máxime cuando éstas suelen ir acompañadas de honestidad, sinceridad y una solidaridad descomunal, para rellenar las grietas del alma con una buena dosis de cariño, empatía y amor.

Los amigos, esos que desesperaron después del 10 de agosto por una llamada, esos que lloraron o sufrieron por el destino de una ciudad venida a polvo, esos que a pesar de creer que la muerte acechaba, prefirieron pensar que acá, en la ciudad deshecho, se había espantado con toda su escenografía de tristeza y desolación. La amistad se erige como cualquier edificio que desea permanecer en el tiempo, con unas buenas bases, una mampostería de ladrillos bien apilada y fortificada, un revoque no tan grueso que permita ver la esencia del alma y una pintura que cubra lo necesario para que los otros hagan la lectura perfecta del yo interno.    

Un terremoto, incluso tenue, puede acabar de manera natural la organización de una vivienda, local o bodega que se encuentra deficientemente diseñado y, por consiguiente, pésimamente construido, pero es cierto también que, puede y debe, tener la capacidad de medir la magnitud de las fuerzas humanas que han destrabado el misterio mejor guardado por el hombre: su felicidad en el otro. Eso que llamamos fortaleza de las relaciones humanas, no es más que sabernos vivos y cuando esa supervivencia se encuentra en riesgo, que haya alguien que esté dispuesto a sacar escombros para revelar la piel de la amistad, nos da un segundo más en este plano de lo objetivo.

Estos amigos que también y sin pensarlo se convirtieron en familia por la misma circunstancia de caminar al mismo ritmo en una calle atestada de personas o en el campo verde a la altura de la rodilla, esos mismos que se intranquilizaron y alarmaron por lo que podía haber pasado el lunes fatídico, merecen ser reconocidos, aplaudidos y enaltecidos. Al igual que ellos, el amor, ese que a veces se escapa en un suspiro, que nos acompaña en las noches solitarias y en los desiertos del alma más secos por veranos imperecederos, merecen tener con palabras mayúsculas el principio de ser sismorresistentes.

Si no fuera por mi esposa y mis amigos, antes que otras personas cercanas, mi trasegar en esta ciudad que huele a desidia, desamparo y miseria, hubiera sido más complejo, más doloroso y hasta deshonroso con el pasar de los días. La tierra se movió, duro como nunca antes habíamos visto y eso significó que las réplicas no se sintieran en plena superficie terrestre sino en lo más profundo del alma propia y la de los otros, movilizó tantos sentimientos que fácilmente pasábamos del llanto a una sonrisa incontenible.

Recuerdo que días posteriores a la debacle, un amigo, mi mejor amigo, con su voz pausada y melancólica, se recriminaba el hecho de no haber hecho nada, el no haber estado presente para sacar escombros y saberme que estaba bien. No entendió que el hecho de su voz y su tristeza sincera, me habían sacado los escombros y esquirlas que aprisionaban mi espíritu, ya estaba hecha la tarea, amigo mío, si hay amigo. La llamada duró mucho más que un terremoto, pero significaron grietas de memoria y despojos de amistad que fuimos soldando con la mezcla más duradera, la lealtad y honestidad de las manos, los pies y las ideas limpias.

Otro de mis buenos amigos hizo un viaje desde Manizales, cruzó una ciudad que también sufrió las desventuras de una tierra agresiva y se convirtió en la voz de la camada de mis aliados de vida. Trajo consigo alimentos, tantos que incluso me han alcanzado para suplir la necesidad de otros en el momento en el que los damnificados parecen estorbar de manera cruel a la administración municipal. Él, se convirtió en el megáfono de todos aquellos que han compartido desde hace más de tres décadas conmigo. Un café y un apretón de manos hicieron que la sensación de temblor se convirtiera en calma y que el futuro, incierto por demás, pareciera vivirse en el presente.

Otro de mis mentores, desde Medellín, siendo la voz de otras decenas, trajo agua potable – muy preciada por la dificultad que afrontábamos-, estufa y cilindro de gas para que las noches estuvieran acompañadas de un café humeante, así fuera paliativo para el futuro que despuntaba. No pude decir mucho, pero si algo él me enseñó, es que la acción de las palabras sobra cuando las manos de la solidaridad actúan. Mis respetos y gratitud porque la distancia no calmó el ardor de la hoguera, el ya entenderá.       

Finalmente, esa mezcla de amistad y protección no sería lo mismo si no se cocinara con el fuego del amor. Los días duros fueron tan resistibles porque al lado de la nostalgia y los ripios de concreto que se contaban por cientos, dormía y me protegía la mano de la generosidad. La oscuridad, la falta de agua potable, quizás la falta de un refugio más seguro, fueron cambiado de perspectiva porque al lado de la angustia que llevábamos y llevaremos, estaba alguien que me decía con tal seguridad, buenos días mi amor.

Todos ellos destrozaron por un momento a Aristóteles en una frase icónica que se le atribuye, poniendo en entre dicho el valor del afecto hacia el otro con su perorata discursiva y argumentativa de los tipos de amistad que pueden existir, tema que no es mi fuerte ni mi deseo explicar, lo que sí quiero señalar es que una carpa, una fogata y una cocina al aire libre, reemplazan con creces los aforismos más elocuentes que se puedan decir de lo que llamamos amigo. Su compañía, solidaridad y disposición para ayudar hacen que una tragedia no tenga escala de medición en el plano eterno.    

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