domingo, abril 19, 2026

POEMA NÚMERO NUEVE

OpiniónPOEMA NÚMERO NUEVE

 «No todos los que deambulan están perdidos»: J.R.R. Tolkien.

Hay una obra que está naciendo entre las páginas de ese cuaderno que uso cuando me tienta la escritura, ella es caprichosa y está como detenida en el tiempo, pero no por ello olvidada. El poema número nueve que leerán a continuación, lo presento así, porque carece de título, aunque bien pudiera llamarse Cartografía del Deseo a razón de esa metáfora tripartita que lo envuelve y que busca dar instrucciones para alcanzar el centro, el oasis, la dicha.

9

Trazo varios caminos en mi cuerpo para que los recorras a besos.

El primero, baja por la cumbre de mis pechos a la llanura de mi vientre y allí se pierde en la profundidad de mis sombras.

Viajas por el sendero marcado, no te sales de él, remolineas un poco en mi ombligo y luego te pierdes,

te traigo con deseo, por un camino de vuelta hacia mi pecho y allí encuentras la señal axiomática para que se entretengan tus besos.

El segundo camino es borrascoso, sube por dos montañas escarpadas y altas,

no eres dócil

te sales del camino marcado, te aferras con dientes y uñas a las pendientes y luego me pierdes

me traes de vuelta con deseo por el camino marcado hacia el oasis,

ya no hay más huellas

El tercer camino lo marcamos sin tapujos a mi centro,

te hundes en mi profundidad, buscas las huellas que dejé para ti

las tomas e inventas otros caminos

no sigues la ruta

me rindo

respiramos profundo

agitados

en un réquiem por el deseo extinto.

Lina Alvarado

La mujer del poema es dueña de su geografía, ella diseñó su propia cartografía y ahora ya no espera a que otros la descubran, no le interesa ser explorada, su cuerpo no es un territorio virgen sino uno que ella conoce a la perfección, que ha recorrido y transformado en un mapa con instrucciones precisas. La mujer del poema, ha reclamado la independencia de su deseo y con el beneplácito de nadie más que de ella, ha marcado en él tres caminos que bajo su soberanía puede recorrer solo quien ella acoja.

El primer camino es lineal, permite que su amante reconozca su territorio, él obediente, sigue el sendero trazado, no se sale del camino, recorre a besos una geografía que está ebria de placer, no de uno marcado por las sensaciones sino de ese placer errático que da el poder entremezclado con el cinismo de la lógica; ella sabe cuánto ese caminante desea perderse en sus abismos pero es ella la monarca que reina en su territorio y si se quiere, casi con ternura, lo devuelve y lo centra en su verdad, casi ordenándole que no se salga del camino marcado, que no busque en otro lado el placer más que en el que ella le marca en su mapa, resignado él, se deja guiar por sus besos, vuelve, se entrega.

Marca el segundo camino la lucha, pero no una por el poder, sino una por el deseo. En su afán de no dejar su placer en manos de su amante, para que subjetivamente recorra su cuerpo, ella expresa con honestidad brutal lo que desea, quédate en mi pecho, en mi axioma, no luches contra mi verdad, este es el centro de su deseo; él, ávido de libertad se sale de la ruta marcada, ella reconoce que él no es dócil, a pesar de que sabe expresamente donde están sus señales y las presenta con una autoridad casi matemática, no logra mantenerlo en el camino que marcó de manera experta, sabe que está a punto de perderlo, que ese mapa que ella diseñó se incendia por los bordes, que ya ha cobrado su parte tomando de su amante toda su agonía,  sabe cínicamente que no puede mantener el control absoluto por mucho más y que su poder no radica en ello si no en mantener su autoridad y autonomía de ceder el poder cuando ella quiera y entonces decide rendirse, le entrega el control, no como una derrota sino como ese clímax al que ansía llegar desde el momento mismo del primer beso.

Llegan ambos al tercer camino, el de la entrega como acto de voluntad, no de debilidad. Ella sigue siendo la directora de su obra, inclusive en este momento en donde cede su territorio. Ella sabe que el deseo solo se vive cuando no se satisface y una vez alcanzado, éste muere. Ese final apesumbrado que marca la extinción del deseo es también marcado por ella que es quien firma su acta de defunción después de haberlo consumido todo; su ritual erótico ha trascendido el sexo y lo ha convertido en un acto metafísico sobre el Eros y el Thanatos.

La soberanía de la mujer del poema entonces radicó en ejercer su derecho al secreto, nos invita a comprender que hay partes que son solo nuestras que debemos conocer antes de que las huellas de otros lleguen y así reservarnos el poder que embriaga de placer en la esencia y el disfrute de lo que ocurre en nuestras profundidades. He presentado mi cartografía, esa en la que mi cuerpo deja de ser objeto de conquista y se vuelve un territorio diseñado para mi soberanía, esa que ejerzo cuando juego con mis reglas, cuando trazo el camino, cuando lo disfruto, cuando cedo el control y dejo creer al otro que es dueño de algo que simplemente yo decidí soltar.

Y DIOS ME HIZO MUJER

Y Dios me hizo mujer,

de pelo largo,

ojos,

nariz y boca de mujer.

Con curvas

y pliegues

y suaves hondonadas

y me cavó por dentro,

me hizo un taller de seres humanos.

Tejió delicadamente mis nervios

y balanceó con cuidado

el número de mis hormonas.

Compuso mi sangre

y me inyectó con ella

para que irrigara

todo mi cuerpo;

nacieron así las ideas,

los sueños,

el instinto.

Todo lo que creó suavemente

a martillazos de soplidos

y taladrazos de amor,

las mil y una cosas

que me hacen mujer todos los días

por las que me levanto orgullosa

todas las mañanas

y bendigo mi sexo.

Gioconda Belli

5 COMENTARIOS

  1. Título….EBRIA…..continuas en línea profunda al estado naturaleza del espíritu liberado por la naturaleza de la sexualidad en el instinto liberador de la esclavitud propio en la razon

  2. Es bello porque no idealiza. Muestra el deseo en su forma mas humana, caprichoso, impredecible y mortal.. Te felicito Lina, siempre tan expresiva y romántica.

  3. Que calidad tan expresiva, sutil y profunda como el extasis sin llegar, apenas a unos milímetros dónde el placer se hace eterno y esa eternidad es la misma felicidad,no en lo efímero del éxtasis,pero si en la breve cercanía iniciada por un beso.

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