Vivimos en un país que padece dos males relacionados: la desigualdad económica y la polarización política. Resultado de la forma en que quienes detentan el poder nos han gobernado durante más de cien años. Una élite minoritaria, dueña de gran parte de la economía y con intereses cruzados en sectores clave como el financiero, los medios de comunicación, la agroindustria, el comercio y la política nos ha impuesto su visión como la salvación del país, para perpetuarse en el poder. Las cifras hablan por sí solas. Colombia es el tercer país más desigual del mundo, superando a todas las naciones africanas, además presenta elevados índices de violencia. El indicador Gini rural, según estudio del IGAC, “Fragmentación y Distribución de la Propiedad Rural en Colombia”, dice que: “A[1] nivel departamental, los departamentos de mayor concentración predial rural son Chocó (Gini 0.97), Guainía (Gini 0.95), Valle del Cauca (Gini 0.94), Nariño (Gini 0.93) y Meta (Gini 0.92) (IGAC, 2023, pp. 126 y 127), es decir, prácticamente una concentración o inequidad y desigualdad total.” Este indicador entre más cerca se encuentre de cero, hay más igualdad, y mayor desigualdad cuando se acerca a uno. En este caso refleja una inmensa brecha de inequidad. Es una estructura de poder con un profundo fracaso social.
Se ha prestado poca atención y análisis de la realidad, y ese ha sido precisamente el éxito de quienes detentan el poder. En el país la justicia ha sido selectiva y actúa según sus intereses, ignorando delitos dependiendo de quién los cometa. Los medios de comunicación, al servicio de sus propietarios, quienes dominan, han contribuido a crear un ambiente de fanatismo e indignación que protege al poderoso, ocultando las verdaderas relaciones de poder, ocultando la desigualdad. Hemos perdido la noción del bien común ante un panorama donde solo hay ganadores, la movilidad social se ha atascado.
Todo ello obedece a una estrategia; su resultado no es de generación espontánea, ni improvisada. La situación actual no es producto de la casualidad, sino de estrategias estudiadas por la ingeniería social aplicada a gran escala, tanto por gobiernos como por grandes grupos de interés privado. Son ideologías pensadas, diseñadas y financiadas para introducir en la sociedad a través de películas, música, libros, académicos, redes sociales y medios de comunicación, que buscan influir actitudes y modificar relaciones sociales en la población de un país, también implementan programas con modificaciones sociales. Además, de limitar el pensamiento crítico. Pierre Bourdieu, sociólogo francés, señala que la dominación más efectiva es aquella que ni siquiera se reconoce. El poder se defiende y reproduce principalmente a través del “poder simbólico”, imponiendo una visión del mundo que legitima las estructuras de dominación y las hace parecer naturales y deseables. Nos da más pistas. La dominación más efectiva es aquella que ni siquiera reconoces. Por qué aceptas situaciones de desigualdad, y las consideras como normales. ¿Por qué se defiende un sistema que te perjudica?
Es una tragedia ver a una gran cantidad de ciudadanos defendiendo a quienes los oprimen, y una farsa ver y escuchar en los medios de comunicación tratando de ocultar las verdaderas relaciones de poder; justificando y profundizando el actual abismo de desigualdad. Pero ¿por qué las personas que viven en la precariedad votan y defienden a quienes los oprimen y les restringen sus derechos? Es incomprensible. Pero hay razones lógicas para que ello ocurra. Así lo expone el filósofo estadounidense, Michael J. Sandel, en su libro “La tiranía del mérito”. En sus argumentos dice que con esfuerzo propio cualquiera puede salir adelante; pero éste solo se cumple en casos excepcionales y se utiliza para justificar la falta de una educación pública de calidad para la mayoría. Es una retórica que hoy no se da en la práctica. Las cifras muestran que solo unos pocos tienen las oportunidades para ascender socialmente, si perteneces a una clase alta, con recursos económicos; es indudable que tiene más posibilidades, así esos pocos no tengan talento ni mérito. Son situaciones que superan a jóvenes de estratos bajos. La formación académica y las oportunidades en el mercado laboral son muy diferentes. La educación, la cultura, el lenguaje y las instituciones, controladas por la élite, moldean las percepciones y valores, ejerciendo una “violencia simbólica”, que impone lo que consideran necesario. La baja prioridad a la educación pública es muestra de ello. No es conveniente para clase política tener una población que piense, que analice, que no trague entero.
El poder simbólico legitima la dominación haciendo que las diferencias de clase, género y estatus sean vistas como inevitables. Esta lógica se reproduce en todos los ámbitos: educación, arte, política y economía. Además, el Estado apoya esta estructura mediante el monopolio de la violencia física, el miedo y el uso repetitivo de contenidos con un lenguaje sesgado, de modo que quienes están dominados terminan interiorizando los argumentos y esquemas de quienes los dominan.
Frases como “los pobres son pobres porque no se esfuerzan”, muestra cómo se ha naturalizado la desigualdad, al punto de que la población adopta los mismos esquemas de pensamiento de sus opresores. Se mira hacia abajo, no hacia arriba, culpando a los más vulnerables, mientras se justifican subsidios y salvamento a los sectores poderosos con manejos irresponsables. Como ocurrió en el rescate bancario tras la crisis inmobiliaria de 2008 en los Estados Unidos, o en el caso del impuesto 2×1.000 para recuperar el sector financiero en Colombia en el gobierno de Andrés Pastrana Arango, ante el fracaso del sistema UPAC. Se socializaron las pérdidas, entregando inmensas cantidades de dinero a poderosos empresarios con impuestos que pagamos los ciudadanos. Recursos que debieron ser destinados a mejorar las condiciones sociales de la población.
No se puede considerar normal ni incuestionable el actual orden social ni la corrupción reinante. Es necesario abrir la mente y el corazón, hay que cambiar los hábitos y comenzar a desarrollar un pensamiento más crítico. Se debe cuestionar todo. Hay que tratar de ver y analizar todas las aristas de cada situación o problema, tener apertura mental y emocional. Hay que apagar todos los medios de comunicación tradicionales, buscar información y reflexionar con el apoyo de grandes pensadores y de la academia. Para salir así del círculo de dominación y desigualdad, dejar de reforzar estructuras opresivas en la sociedad. No podemos olvidar que sigue en boga una máxima que nos quita mucha energía, “pan y circo” para el pueblo. Hay que hacer un esfuerzo para generar nuevas conexiones neuronales.
[1] https://medioambiente.uexternado.edu.co/fragmentacion-predial-y-concentracion-de-la-propiedad-privada-rural-la-realidad-de-la-tenencia-de-tierras-en-colombia-segun-el-ultimo-estudio-del-igac/



Entre las estrategias de la manipulación, que define Noam Chomsky, está la de “mantener al pueblo en la ignorancia y la mediocridad” y agrega la IA que así se consigue que el ciudadano sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud.
Para perfeccionar la estrategia de la manioulación, los grandes medios están promoviendo la intervención y control de las redes sociales. En las entrevistas de Noticias Caracol, por ejemplo, inducen a los entrevistados, entre ellos, Humberto de la Calle, a que digan que es necesario controlarlas por se han convertido en un peligro dizque porque no dicen la verdad, cuando es al contrario, son los grandes nedios los que mienten y el pueblo ya lo sabe.
Noam Chomsky
Álvaro nuevamente tu columna pone el dedo en la llaga. No puede ser más oportuna y necesaria. La sociedad debe salir del aletargamiento en que se encuentra. Hablamos de comunidad como “aquellos” donde entender que todos somos comunidad, sociedad, país. No verlo y tratar de remediarlo nos pone del lado de los cómplices. La desigualdad e inequidad social hacen que se perpetúen los problemas y que continuamente se escuche la horrorosa frase de: “antes agradezca.”