El mundo no se detiene cuando parte una madre. La vida sigue su curso con una indiferencia que duele, como si no se diera cuenta de que lo más sagrado ha desaparecido para siempre. Pero tú sí lo sabes; lo siente tu alma en carne viva. Porque cuando una madre se va, no solo muere una persona: se desgarra el vínculo más profundo, más primario, más verdadero que puede tener un ser humano.
Ella fue abrigo cuando hacía frío, refugio cuando todo dolía, certeza cuando el mundo era incierto. Su voz era bálsamo. Su regaño, enseñanza. Su silencio, presencia. Y de pronto, ya no está. Y te sorprendes hablándole al cielo. Viendo su foto con lágrimas en los ojos. Buscando su olor en una prenda; pulsando su número con el impulso de quien aún espera que conteste.
Hay días felices que duelen porque no puedes contárselos a ella. Una madre no muere, se transforma en recuerdo, en aroma, en lágrima y en oración susurrada al cielo. Y te das cuenta de que no habrá un día en que no la extrañes, ni una risa completa sin que duela su ausencia, ni un logro que no desees compartirle. Porque hay felicidades que solo sabían plenas cuando ella las celebraba contigo. Entonces entiendes: la vida sin mamá no tiene el mismo sabor. Todo se vuelve menos; menos dulce, menos alegre, menos hogar. Te das cuenta de que mamá era el verdadero hogar, cuando ya no está y ningún lugar vuelve a sentirse igual.
Y quizás, en ese dolor silencioso, emerja también la culpa. Por los abrazos postergados, por las llamadas prometidas y no hechas, por las veces que dijiste «luego» y ese luego nunca llegó. Pero no es momento de quedarse en la culpa. Es tiempo de convertir el amor que aún vive en memoria viva, en gratitud, en honra, en legado.
Y si aún tienes a tu mamá viva, no esperes el eco para valorar su voz. No esperes su partida para darte cuenta de lo esencial que es, llámala, escúchala con los oídos del alma; abrázala como si fuera la última vez. Porque un día, sin aviso, lo será. Las palabras que no dijiste, los abrazos que no diste, serán los ecos más profundos cuando su voz ya no te llame. La vida sigue… pero nunca igual, porque con mamá se fue una parte de todo lo que eras.
Porque el amor de una madre es lo más parecido al amor de Dios: eterno, incondicional, único. Y cuando se va… deja en ti una huella que no se borra, pero que te acompaña por siempre. La muerte de una madre no hace ruido afuera, pero adentro deja un silencio que grita para siempre. Cuando mamá se va, no se apaga una vida, se apaga una parte del alma.
Padre Pacho


