Lo rutinario también manifiesta la necesidad de encuentros que transformen y recarguen para continuar con nuestros propósitos. Es humano experimentar cansancio u agotamiento que se va dando en ese compromiso laboral o familiar en el que nos encontramos inmersos. Hay que buscar ese nutriente que se va escapando. Cumplir con metas laborales, familiares nos sustrae de lo único real y que debe alimentarse hasta que la naturaleza o lo cíclico, nos lo permitan. Por ello, decido realizar una travesía para evocar historias, ya que cada kilómetro, las narra. El recorrido, 2 horas 45 minutos, el destino “La Ciudad Musical de Colombia”.
Lo primero que seduce es el paisaje a lo largo y ancho de la vía que conduce a la primera población, Calarcá y aunque la diviso de paso, entiendo esa conexión de salida y regreso a Pereira donde escogí residir. Debo reconocer su valor, ya que es cuna de poetas, y un gran destino turístico con fincas cafeteras a donde se llega a disfrutar de un merecido descanso. De otro lado se siente inundada de visitantes en la celebración de la fiesta del café y el concurso del Yipao.
Al abandonarla encuentro los túneles que conectan con el departamento del Tolima y que recorrí en el pasado tantas veces como fuese necesario, quizás con un poco de temor al atravesar la Línea, debido al pesado tráfico, pero, con la certeza de buscar un abrazo fraterno anhelado y ofrecido con el más grande amor” el de mamá, abuela,” suficiente para abandonar prejuicios acerca del recorrido. Por fortuna, hoy se cuenta con una maravillosa obra vial que minimiza ese riesgo y el tiempo.
De frente nos saluda Cajamarca, un municipio pujante del Tolima conectado con otras poblaciones tolimenses y el occidente del país a través del histórico puente, hoy Viaducto Álvaro Mutis Jaramillo que narró historias aún vigentes en la memoria de muchos. Se percibe cansado y pese a los remiendos que lleva encima, continúa firme, transportando el 95% de la mercancía que llega y sale del Puerto de Buenaventura. Detenerse ahí es una sensación que toca fibras ante su imponencia, así como rememorar nombres de personas que se lanzaron al vacío cuando sentían perdida su esperanza ante lo inesperado. Figura icónica.
Al observar el paisaje, el espíritu traspasa las fronteras de una vida superflua, para entrever y valorar las maravillas presentes en nuestro país, esas que sólo se identifican con la ausencia, entonces se extraña el verde de las montañas, el aire, la niebla densa que las cruza y la imponencia de la Cordillera Central, reconfirmando vida.
El tramo que lo sumerge en desasosiego es, el que va de Cajamarca a Coello, tal vez la topografía y el tránsito vehicular lento, genere en los viajeros un poco de tensión, pero esta, rápidamente desaparece al llegar allí, porque la cercanía a Ibagué se hace visible, se respira otro ambiente.
Es 28 de junio, fecha memorable para los tolimenses, se tributa un sentido homenaje al folclor, allí el tiple, la bandola, la guitarra, no cesan de sonar dándonos la bienvenida a una ciudad envuelta en aires como el bambuco, la guabina y el pasillo. En sus calles atestadas de gente, el rabo de gallo, el poncho y las alpargatas respondían al festín presente en las principales avenidas de la ciudad y la asistencia a eventos como el Festival Nacional de la Música Colombiana.
Esos son los momentos en los que pareciera que la vida se ofrece dadivosa y me conduce a evocar épocas de grandes desfiles de carrozas por las principales calles de la ciudad donde nos aglutinábamos como familia (amigos, vecinos, hermanos, padres, hijos), para apreciar la belleza de la mujer colombiana luciendo trajes elaborados por manos mágicas y disfrutando de su simpatía. Allí el clima no impedía gozar dicho espectáculo. Era una cita imperdible, en un sitio que hace alarde de su apelativo “Ciudad Musical de Colombia” título otorgado por el Conde de Gabriac a quien le impactó la música escuchada en las calles de la ciudad.
Pero, hay que regresar, los compromisos no esperan. De nuevo, un recorrido, vías que siguen contando historias, unas olvidadas ya; otras enclavadas en la mente. De regreso y con un poco de nostalgia al despedirnos, el paisaje se torna multicolor, pero no por la naturaleza, sino por la variedad de colores de las tracto-mulas que pernoctan antes de Cajamarca para permitir un recorrido despejado a los viajeros que regresan a casa, parecían chicos en una escuela haciendo fila para un evento importante. Acá el objetivo era imperdible: ofrecer vía sin su presencia. De nuevo la bulla de los vendedores de arracacha y fríjol, o del cafecito en termos, apostados a lo largo de la misma.
El mareol aparece en el bolsillo, a mano, para sortear las constantes curvas; molestan el estómago y el mareo se hace presente.
Un poco aproximándonos a Pereira, lo inevitable hace presencia y con dolor se visualiza la estructura helicoidal, testigo de muerte, aquella que arrebató la vida de jóvenes estudiantes que no pudieron regresar a casa para compartir sus experiencias. Son historias. Es la vía, la carretera, el semáforo, el riachuelo, un parador, tal vez (Cansa Perros), pero cuentan anécdotas imposibles de abortar. Ojalá estas sólo fueran de felicidad. Pero, es la vida, ese libro donde narramos hechos poco gratos y otros que dejan una huella imborrable en nuestros corazones. Lo importante es cómo lo escribamos para no lesionarnos.
Hoy reitero que, aunque el tiempo pase y no goce de la vitalidad ofrecida en los años 70 cuando viví esas celebraciones, continúa latente lo que representa para el departamento y quienes nacimos allí, el sentimiento, por lo que ratificamos ante el mundo que es nuestra cultura, es la música que dulcifica la audición, es nuestro folclor.
El momento, histórico. Regresé complacida al lugar que me vio crecer y del que me despedí para construir historia lejos de allí, pero que guardo en el corazón como una representación de esa gran tribu “La Pijao”. Tierra formadora de artistas que con sus voces tocan el corazón de cuantos la visiten.
Excelente desconexión, pero, gran conexión con la identidad nacional.


