Los seres humanos somos, por naturaleza, seres emocionales. Respondemos impulsados por nuestros sentimientos, más que por la lógica. Ante hechos que tienen que ver con nuestra familia, nuestra fe o nuestra identidad, reaccionamos de acuerdo con nuestra estructura cerebral, estrechamente vinculada a la crianza, a la educación, al entorno, a la cultura y las experiencias pasadas. En este complejo proceso, tendemos a seleccionar información que confirme nuestras creencias, ignorando aquellas que las cuestionan. Dicho de otra manera, nuestros esquemas mentales enmarcados dentro de lo que consideramos justo e injusto, bueno o malo, actúan como un lente a través del cual interpretamos los estímulos. De ahí nuestras diferencias en cómo aceptamos o rechazamos el Gobierno Petro. Para sus simpatizantes, los grandes escándalos son vistos como una estrategia de grupos de poder dentro del gobierno para no dejarlo gobernar, a sabiendas de que solo Petro es responsable de que estén allí, mientras los opositores los vemos como una clara falta de transparencia del mandatario. Si bien, unas líneas arriba describimos las estructuras mentales que nos limitan, estas no son inmutables. En sicología, este proceso de cambio se conoce como “acomodación”, que implica ajustar o cambiar los esquemas existentes para incorporar nueva información o experiencias. Son, pues, flexibles y adaptativos, lo que nos permite aprender y crecer a lo largo de la vida. Por todo lo anterior asombra, que ante hechos probados e irrefutables de corrupción administrativa y de violencia física como los sucedidos en los días finales de la semana antepasada en el suroeste de nuestro territorio, especialmente en los departamentos de Cauca y Valle del Cauca, 32 en total, haya todavía una porción importante de nuestros compatriotas aferrados a sus erróneas convicciones, incapaces de modificar sus estructuras mentales. Expertos señalan que décadas de conflicto han generado una “cultura emocional” de hipervigilancia y agresividad, donde la palabra y el entendimiento son inaudibles, siendo reemplazados por el resentimiento. En este contexto, las redes sociales son utilizadas para la difusión de narrativas de odio contra opositores, sembrando un clima de tensión insoportable. Desde la llamada Patria Boba, caracterizada por la disputa entre federalistas y centralistas que produjo un serio enfrentamiento, ahondado luego por la rivalidad del poder entre los partidos liberal y conservador hasta la irrupción de las guerrillas y el paramilitarismo, la violencia ha sido río de sangre que ha llenado de dolor, odio e inmenso resentimiento a la nación colombiana. Ese odio y rencor, culpables del fraccionamiento que hoy vivimos, no pueden llevarnos a marcar la siguiente generación en la guerra y la indiferencia. Llevamos más de medio siglo intentando sobrevivir a este enfrentamiento que no solo ha dejado muertos, secuestrados y desplazados, sino algo más profundo y difícil de reparar; una cultura emocional atravesada por el miedo, el resentimiento y la desconfianza. Su responsabilidad tiene que ser compartida por guerrillas, paramilitares, narcotráfico, partidos políticos y funcionarios corruptos que hacen del erario público la bolsa de sus apetencias. Es hora de dejar de discutir desde el resentimiento para hacerlo con valor y responsabilidad desde la reflexión. Que en estos pocos días que faltan para la elección presidencial, los abstencionistas y simpatizantes de Petro entiendan y acepten el inmenso daño causado por una izquierda derrotada hoy en el mundo civilizado, y se animen a votar por quien representa la esperanza de una Colombia urgida de una verdadera paz, que encause el real progreso con justicia social y pleno empleo.
Alberto Zuluaga Trujillo. Alzutru45@hotmail.com


