martes, marzo 17, 2026

LECCIÓN DE LA MATA DE CIDRA

OpiniónActualidadLECCIÓN DE LA MATA DE CIDRA

 

En el rincón discreto de un patio o de un cerco rural suele crecer una planta que, a simple vista, parece modesta.

La llaman guatila, papa de pobre o cidra. Es una enredadera de hojas verdes y frutos generosos que, sin alardes, ha acompañado durante generaciones la mesa campesina colombiana con su sabor sencillo y nutritivo y de gran demanda en la gastronomía china.

Más allá de su valor alimenticio, la mata de cidra encierra una metáfora poderosa sobre la vida y la condición humana.

He estado observando de cerca su crecimiento y desarrollo y he notado con gran asombro la forma en cómo se despliega: lanza delgadas hebras en espiral, como pequeños tentáculos que buscan afanosamente la primera superficie sólida de donde aferrarse. Aparentemente no ve, no piensa, no planea… y, sin embargo, parece hacerlo.

Avanza con una determinación callada, como si llevara grabada en su savia una misión inquebrantable.

La lucha cotidiana contra su avance puede resultar familiar para quienes convivimos con ella.

Periódicamente arrancamos sus guías para no hacerle daño, intentando con eso hacerla retroceder en su avance para que no invada nuestra casa y regrese al cerco, a su llamada cama, su verdadero lugar.

Curiosamente al día siguiente, allí está otra vez, aferrada insistiendo, tratando de entrar.

En su terquedad vegetal, la cidra o guatila enseña una bonita lección.

La mata de cidra no tiene ojos, y parece ver. No tiene cerebro, y sin embargo calcula. No tiene brazos, pero abraza cuanto encuentra. Y en esa persistencia se revela una fuerza universal: la vocación de estar, de crecer, de insistir, no desistir y de permanecer.

Reflexión: ¿No es acaso lo mismo que mueve al ser humano? Nuestra historia está hecha de avances, retrocesos y nuevas conquistas.

Como la guatila, nos aferramos a lo que nos sostiene, buscamos luz donde parece no haberla, y desafiamos límites que otros nos imponen.

A veces, incluso, intentamos entrar en espacios donde “no podemos vivir”, pero lo hacemos movidos por esa sed inagotable de expansión que late en toda forma de vida.

La mata de cidra nos da una gran enseñanza, nos recuerda que la vida no se rinde.

Que incluso en lo más pequeño, lo más inadvertido, hay una lección de resistencia y esperanza.

Tal vez por eso, la mata de cidra cada que vuelve a trepar y desafiar los muros de la casa, no es solo una enredadera la que insiste, sino la vida misma repitiéndonos, en silencio: no dejemos de crecer, de abrazar, de insistir, persistir y no desistir.

 

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