martes, marzo 24, 2026

CUANDO EL IDIOMA NO ES BARRERA

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Llevábamos varias semanas recorriendo Italia, uno de esos sueños que guardaba en mi mochila y que por fin se hacía realidad. Veníamos de atravesar ciudades llenas de historia, arte y belleza, acumulando experiencias y emociones que parecían no agotarse. Estuvimos en Roma, Florencia, pasamos por la Toscana donde visitamos las poblaciones de Piza, Siena, San Gimignano y seguimos para Milán.

Llegamos a Padua, una ciudad con historia universitaria donde nos alojamos en casa de un profesor. Cerca de Padua estaba la gran Venecia, ciudad a la que íbamos en tren todos los días. Aprovechamos para visitar la isla de Burano, atravesada por pequeños canales y adornada con casas de todos los colores.

Solo nos faltaba Nápoles en el itinerario que nos habíamos trazado, así que nos despedimos de la bella Venecia con una caminata que nos llevó desde la plaza de San Marcos hasta la estación de Santa Lucía, sitio donde tomamos el tren que nos llevaría a Nápoles.

Ir a Nápoles significaba atravesar gran parte del país de norte a sur, en un recorrido que duraba aproximadamente seis horas.

Subimos al tren, nos acomodamos en nuestros asientos, esperando con curiosidad a nuestros vecinos de mesa, pues íbamos a estar seis horas sentados frente a frente con dos desconocidos.

Primero subió un señor, nos saludamos y se sentó frente a nosotros, hacia el puesto de la ventana. Sacó de su maletín un computador y se puso a escribir. “Ah bueno, pensé. Se dispone a trabajar, no será una molestia para la tranquilidad de nuestro viaje”.

En seguida llegó una anciana, -unos 80 años más o menos- que se sentó con total naturalidad frente a nosotros, al lado del caballero. Nos saludó amablemente y sacó de su bolso una revista de crucigramas y un lápiz con los que se dispuso a jugar, para amenizar su viaje.

Nos miramos Ricardo y yo, sonreímos. Frente a nosotros había dos épocas, dos generaciones que se encontraban, una con revista y lápiz, otro con su moderno computador. Nosotros, observando. Testigos de una escena absolutamente hermosa.

La señora, además de hacer crucigramas, se prestaba para conversar, así que entablamos con ella una amena conversación.

Dijo llamarse Margarita, como mi madre, detalle que nos acercó de inmediato. Lo cierto fue que conversamos toda la mañana y al llegar el medio día, hora del almuerzo, nosotros sacamos de nuestros morrales unos sándwiches que habíamos preparado para la ocasión, y le ofrecimos a Margarita, pues no sabíamos si ella estaba preparada para almorzar.

Pero Margarita, muy previsiva, sacó de su bolso unas viandas que constituyeron su almuerzo, acompañados por una bebida que llevaba en un pequeño termo. Almorzamos con nuestra compañera de mesa, y seguimos conversando.

Yo dormité un rato, pues me sentía algo cansada por el viaje y un poco por la conversación, pues no dejaba de agotarme el esfuerzo que hacía por entender las historias que Margarita muy generosamente nos contaba.

Nos habló de su infancia en tiempos de guerra, cuando se escondían con su familia en los bosques. De cómo corría entre los árboles llevando panes escondidos entre la ropa para compartir con otras familias que también se escondían. Lo contaba entre risas, como quien recuerda una travesura, aunque en sus palabras se adivinaba la dureza de aquellos días.

De vez en cuando su hijo la llamaba para saber cómo estaba. Llevaba un celular colgado al cuello y le respondía tranquila, como quien está acostumbrada a moverse sola por el mundo.

Llegamos a Roma, donde se quedaría Margarita, después de un día muy especial en el que disfrutamos de su compañía. Le preguntamos si alguien la iba a recoger y dijo que no, le preguntamos si tomaría taxi, dijo que tampoco, pues ella estaba acostumbrada a andar sola y en bus, no tenía problema en hacerlo.

Nos despedimos con un fuerte abrazo y los ojos húmedos, pues había sido un encuentro especial, con una persona maravillosa, hasta sentimos que le habíamos tomado cariño a Margarita.

Margarita se quedó en Roma.  Margarita, se convirtió en recuerdo.

Pero lo más interesante de esta historia, es que conversamos con ella todo el día, y nosotros no sabíamos nada de italiano, ni Margarita conocía el español. ¿Cómo nos entendimos? No lo sé.

Modulando muy despacio, con gestos, con intuición, adivinando. Algunas palabras se parecían y el resto de la frase lo imaginábamos. Lo cierto fue que conversamos, sin conocer nuestros idiomas y la pasamos muy bien.

Definitivamente, pensé entonces, ¡el idioma no es barrera cuando existe la voluntad de comunicarse y el deseo de compartir!

Seguimos para Nápoles, que era nuestro siguiente destino. Pero su recuerdo quedó con nosotros, como una de esas experiencias que dan sentido a un viaje.

Tuvimos que cambiar de tren para continuar. El tren a Nápoles ya no era tan cómodo, la gente amontonada, llena de maletas y paquetes, la mayor parte del viaje estuvimos parados. No había sitio, no había espacio.

Íbamos para Nápoles. Y Nápoles es otra historia.

Nápoles es la parte española de Italia, y como tal, es el caos y desorden que también nosotros heredamos de los españoles. Por tanto, allí nos sentimos como en casa.

Pasamos unos días agradables en Nápoles, fuimos a Pompeya, dimos una vuelta por Sorrento y regresamos a Roma, para tomar el avión de regreso a Colombia.

De nuevo en casa, con la maleta llena de recuerdos maravillosos. Eso sí, con la fotografía de Margarita, a quien seguramente no olvidaremos.

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