Hablar de muerte digna en el contexto de los trastornos mentales sigue siendo, para muchos, un terreno incómodo. Sin embargo, desde la Psiquiatría contemporánea y en el marco de los derechos humanos, es una conversación necesaria, compleja y profundamente ética. El caso de Catalina Giraldo, ampliamente conocido en el país, nos confronta con una pregunta difícil pero ineludible: ¿puede el sufrimiento psíquico ser tan intenso, persistente y refractario, que una persona, plenamente informada, considere razonable poner fin a su vida de manera asistida? Durante décadas, la Psiquiatría ha trabajado bajo un principio fundamental: preservar la vida y aliviar el sufrimiento. Este principio sigue siendo irrenunciable. También hemos aprendido que no todos los sufrimientos son iguales ni todos responden de la misma manera a las intervenciones disponibles. Existen trastornos mentales graves, crónicos y resistentes al tratamiento, en los que, a pesar de múltiples abordajes —farmacológicos, psicoterapéuticos, incluso intervenciones como la terapia electroconvulsiva—, el dolor subjetivo persiste de manera intensa.
El sufrimiento psíquico tiene una particularidad: no es visible. A diferencia de las enfermedades físicas, no deja huellas evidentes en el cuerpo que permitan dimensionarlo externamente; pero su impacto puede ser devastador, porque compromete la funcionalidad, la identidad y el sentido mismo de la existencia. En estos casos, reducir esta experiencia a “aún se pueden intentar más tratamientos” puede convertirse, paradójicamente, en una forma de desconocer su realidad. El marco jurídico colombiano ha avanzado en reconocer el derecho a morir dignamente, incluida la asistencia médica al suicidio, tal como lo ha señalado la Corte Constitucional de Colombia en la Sentencia C-164 de 2022. No obstante, persisten vacíos en su reglamentación, especialmente en lo relacionado con trastornos mentales. Esto genera tensiones entre el derecho, la práctica clínica y las decisiones judiciales, como se evidencia en el caso mencionado. Es fundamental hacer algunas precisiones. Primero, no toda persona con un trastorno mental que expresa deseos de morir está en condiciones de tomar una decisión autónoma; muchas veces estos deseos son parte del cuadro clínico y pueden modificarse con tratamiento.
Segundo, existen casos excepcionales en los que, tras años de intervenciones rigurosas, el sufrimiento permanece inalterado y la persona mantiene de manera consistente, reflexiva y libre su deseo de no continuar viviendo en esas condiciones. Ignorar esta posibilidad no elimina el problema; más bien, puede profundizar el aislamiento y la desesperanza. El debate no es, entonces, entre “dejar morir” o “salvar a toda costa”, sino entre reconocer o no la dignidad del sufrimiento humano, incluso cuando este no es visible. También implica cuestionar el estigma que rodea a los trastornos mentales: la idea de que son menos “reales” o menos graves que las enfermedades físicas. Una sociedad madura es aquella capaz de sostener estas conversaciones sin simplificaciones. www.urielescobar.com.co



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Gracias por tu recomendación. Saludos
Estoy de acuerdo en cierto punto, ya que mi pensamiento es que depende del pensamiento de cada persona el querer o no morir lo que no lleva a la otra idea es que si también tiene forma de salvarse.
Si. Siempre se deben tener en cuenta las dos consideraciones: Posibilidad de mejoría o definitivamente no hay opciones, de acuerdo a ello cada persona asume una determinada decisión de acuerdo a cómo ha elaborado su particular visión sobre la vida y la muerte. Gracias por tu comentario. Saludos
En mi opinión el texto muestra que hablar de muerte digna en salud mental es incómodo pero imprescindible. El sufrimiento psíquico puede ser tan intenso como el físico y, en casos excepcionales, persistir a pesar de todos los tratamientos. En esos escenarios, la decisión autónoma de no seguir viviendo merece respeto. El reto está en distinguir cuándo el deseo de morir es parte de la enfermedad y cuándo es una elección libre, y en reconocer que la dignidad humana también incluye la posibilidad de decidir sobre el propio sufrimiento. Una sociedad madura debe sostener este debate con ética y sin simplificaciones.
Estoy totalmente de acuerdo contigo. Es un tema que debe ser abordado con las herramientas del conocimiento que actualmente se tienen. Las opiniones desde diferentes vertientes enriquecen este debate que es trascendental
en mi opinión muestra que la muerte digna en salud mental es un debate complejo y necesario. Desde la religión, la vida se entiende como sagrada y no debe interrumpirse, pero también se reconoce que el sufrimiento psíquico puede ser devastador y exige acompañamiento compasivo. La tensión está en cómo respetar la autonomía sin perder de vista la sacralidad de la vida. Una sociedad madura debe sostener esta conversación con ética, fe y sensibilidad.
Mi opinión sobre este tema es que tanto la muerte digna en salud mental y la física son cuestionables pero a la vez deberían de ser juzgadas de la misma manera,la salud mental no es un juego, el sufrimiento de las personas que sufren de este tampoco pero antes de tomar una decisión deberían de evaluar de pies a cabeza su enfermedad mental para poder saber si pide esa decisión de manera autónoma o no
Por supuesto que se debe evaluar a la persona con una condición mental si tiene la capacidad desde el punto de vista cognitivo de autodeterminarse. Comparto totalmente este criterio contigo. Gracias por tu comentario. Un abrazo
El texto aborda un tema extremadamente complejo con un tono reflexivo y respetuoso. Su principal aporte es recordar que el sufrimiento mental puede ser tan profundo y limitante como el sufrimiento físico, y que no debe minimizarse por el hecho de ser menos visible.
También señala una tensión real entre la obligación de proteger la vida y el respeto por la autonomía de las personas que padecen trastornos mentales graves y resistentes al tratamiento. El artículo invita a evitar respuestas simplistas y a reconocer que existen casos excepcionales que plantean desafíos éticos, médicos y jurídicos muy difíciles.
el sufrimiento psíquico causado por trastornos mentales graves, crónicos y resistentes al tratamiento debe ser reconocido como una forma legítima y devastadora de dolor, abriendo la necesidad de un debate ético, clínico y legal sobre el derecho a la muerte digna (o eutanasia) en estos casos excepcionales.