sábado, abril 25, 2026

Bajo la carpa de la memoria

OpiniónBajo la carpa de la memoria

El circo no solo montaba su tolda en la ciudad: también levantaba, por unos días, un reino de asombro en el corazón de quienes lo veíamos llegar.

Escribo esta columna a propósito del recorderis de la efeméride que nos comparte Rubén Darío Franco, Rudafra: el pasado sábado 18 de abril de 2026 se celebró el Dia Mundial del Circo, una fecha promovida por la Fédération Mondiale du Cirque y conmemorada cada año el tercer sábado de abril.

Y apenas leo esa efeméride, no me voy primero a los libros ni a los archivos. Me voy, sin escalas, a Pereira.

Me voy a aquellos días en que los circos llegaban al lote enseguida del colegio de los Sagrados Corazones, o al frente, y uno empezaba a sentir que algo extraordinario estaba por ocurrir. Primero aparecían los camiones. Luego los hierros, las lonas, las cuerdas, los remolques, los parlantes, los avisos de colores, el movimiento febril de hombres que parecían saber exactamente cómo se levantaba un sueño. Y detrás de toda esa parafernalia, venía lo más importante: la promesa.

Promesa de magia. Promesa de vértigo. Promesa de que, por unas noches, Pereira dejaba de ser solamente Pereira para convertirse en un territorio encantado.

A quienes crecimos viendo llegar un circo, nadie tiene que explicarnos lo que eso significaba. La ciudad parecía mudar de piel. Un lote cualquiera se transformaba en una república del asombro. Uno pasaba por allí y ya no veía tierra ni cercas ni polvo: veía una carpa levantándose como si fuera una catedral de la infancia.

A mí me encantaban esos circos. Y, para ser franco, me siguen encantando.

He visto el Circo Chino y su precisión casi imposible, donde los cuerpos parecen desafiar no solo la gravedad sino también la lógica. He visto el Circo Ruso y su disciplina, tan rigurosa que por momentos uno no sabe si está ante artistas o ante una escuela superior del dominio humano. He visto el Holiday on Ice de Disney, donde la fantasía se desliza sobre hielo y la nostalgia sonríe sin pedir permiso. Y he visto el Cirque du Soleil, esa maquinaria poética del asombro que convirtió la pista en una experiencia estética total. Los magos. Los trapecistas. Los malabaristas. Los equilibristas. Los payasos. Todos, de alguna manera, me han recordado lo mismo: que el ser humano también fue creado para maravillarse.

El circo tiene algo que ninguna pantalla ha podido sustituir del todo: el temblor de lo vivo.

Porque en el circo todo ocurre ahí, frente a uno, sin red emocional. El salto es real. El equilibrio es real. El riesgo es real. El aplauso también. Y quizá por eso nos toca tanto. Porque en un mundo cada vez más editado, el circo sigue siendo una celebración de la presencia.

Por supuesto, esta tradición no nació ayer. Sus raíces se hunden en tiempos antiquísimos: distintas formas de acrobacia, contorsión y destreza corporal aparecen en civilizaciones remotas, mientras que el circo moderno sitúa uno de sus grandes hitos fundacionales en 1768, año clave en la consolidación de su forma contemporánea.

Pero más allá de la arqueología o de la historia formal, el circo ha sobrevivido por algo mucho más simple y profundo: porque le habla al alma humana en un idioma universal. El del asombro. El de la risa. El del miedo que se vuelve admiración. El del silencio colectivo justo antes de que el trapecista se lance al vacío. El del niño que abre los ojos como si el mundo acabara de empezar.

En Colombia, además, hablar del circo también es hablar de nombres que ya forman parte de la memoria popular. Allí merece una mención especial el circo de los Hermanos Gasca, que durante años ha mantenido viva esa tradición de grandes números, artistas de alto riesgo, pista circular y espectáculo familiar que tantas generaciones han seguido en distintas ciudades del país. Su presencia y recordación confirman que siguen siendo una referencia reconocible del circo que convoca multitudes. Y alrededor de ese universo no han faltado cruces con figuras populares del espectáculo y la adrenalina, como Tatán Mejía, asociado en distintos momentos a ese lenguaje del riesgo convertido en show.

Claro, los tiempos han cambiado. El circo contemporáneo ya no puede pensarse igual que hace décadas. El debate mundial sobre el uso de animales transformó profundamente esta tradición, y en muchos lugares se han impuesto restricciones o nuevas sensibilidades frente al bienestar animal y la seguridad. El arte circense, como todo arte verdadero, ha tenido que reinventarse para sobrevivir. Y lo ha hecho.

Sin embargo, hay algo esencial que permanece intacto: la capacidad del circo para devolvernos a una emoción primaria que hoy escasea, la de mirar con asombro.

Tal vez por eso el circo se parece tanto a la vida.

En la vida también hay que hacer equilibrio. También hay jornadas en las que uno siente que camina por la cuerda floja. También hay días de aplauso y días de caída. Hay momentos en que toca improvisar como un payaso triste que, aun con el alma magullada, sale a escena para regalar una sonrisa. Y hay otros en los que uno debe colgarse de la fe, como un trapecista, esperando que al otro lado exista una mano, una red o al menos una razón para seguir.

Por eso el circo nunca fue solamente diversión. Fue también una lección.

Nos enseñó, sin darnos discursos, que detrás de cada acto perfecto hay disciplina. Que detrás de cada sonrisa pintada puede haber sacrificio. Que detrás de cada gran función existe una comunidad itinerante que arma y desarma su mundo en silencio, pueblo tras pueblo, ciudad tras ciudad, para que otros crean en la magia aunque sea por dos horas.

Y eso, pensándolo bien, tiene algo profundamente noble.

Hoy, cuando todo parece correr tan rápido, cuando la atención dura segundos y la sorpresa se desgasta con facilidad, recordar el circo es también defender una forma más limpia de la emoción. Una emoción menos cínica. Más luminosa. Más humana.

Yo no sé cuántos niños de hoy sentirán exactamente lo mismo que sentíamos nosotros cuando empezaban a llegar los camiones al lote y la ciudad intuía que venía función. Pero sí sé esto: quien haya visto levantarse una carpa en medio de la tarde, quien haya olido esa mezcla de tierra, luces, lona y expectativa, quien haya sentido el redoble previo a la salida de los artistas, lleva dentro una memoria que no prescribe.

El circo, en el fondo, no solo llegaba a Pereira. Llegaba a nosotros.

Nos ensanchaba la imaginación. Nos movía el corazón. Nos recordaba que todavía era posible abrir la boca de asombro sin vergüenza. Y eso, en cualquier época, es un regalo.

Por eso esta efeméride vale la pena. Porque no conmemora solo un espectáculo, sino una manera de entender la alegría. Una tradición que ha cruzado siglos, culturas y geografías para seguir diciéndonos que la belleza también puede aparecer en una pista circular, bajo una carpa, con un foco encendido y un público expectante.

Que no se nos muera la capacidad de asombro. Que sigamos haciendo espacio en la vida para la magia, la memoria y la alegría. Y que, como cuando llegaba el circo a Pereira, nunca dejemos de correr hacia aquello que todavía nos emociona el alma.

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