Por Danilo Salazar Ríos.
La historia de Colombia muestra una tendencia al belicismo como vía para resolver diferencias políticas, ideológicas y sociales; los intentos de diálogo civilizado entre sectores en conflicto, son mirados con escepticismo y desconfianza por grandes sectores de la población, cuando se logran acuerdos, no siempre se cumplen, o se cumplen parcialmente por los gobernantes proclives a la guerra.
El primero de enero de 1492 en España, miles de guerreros cumplieron el sueño heredado de generaciones anteriores: derrotar a los moros, lo lograron y se quedaron en el aire. Una España que había combatido por casi 800 años al invasor de su territorio, que había hecho de esa lucha un propósito que cohesionó a los reinos de Castilla y Aragón, se ve sorprendida por la cantidad de hombres que quedaron sin oficio y sin un sentido para su vida, todos ellos guerreros, poco acostumbrados a la vida civil y a sus normas de convivencia y tolerancia.
Para bendición de España, el 12 de octubre de ese 1492 Colón y sus navegantes encuentran el sitio para que todos los belicosos y campeadores puedan viajar en busca de realizar y narrar sus hazañas, no siempre gloriosas, ni exentas de abusos y matanzas.
Para nuestra desgracia, América fue el campo fértil para que porquerizos, militares de baja graduación, toda clase de malvividos y, hasta personas con títulos académicos, buscaran emular a sus reyes, soñando con llenar sus bolsillos de riquezas, adquirir títulos nobiliarios y adornar sus sienes con coronas.
Claro que, antes de la llegada de los peninsulares, en América había conflictos entre tribus pacíficas y tribus guerreras como los caribes, de hecho, la población tardía de la región cafetera (Colonización antioqueña), puede explicarse más por la ferocidad de los indígenas Quimbaya, que por la falta de ganas de establecer ciudades en esta región.
Al parecer, la mezcla de sangre caribe y peninsular que nos permitió la independencia política de España, y a la que el maestro Luis Carlos González exaltó en la “La ruana”, también nos dejó marcados como una sociedad conflictiva, donde buscamos exterminar al otro (al disidente, al que piensa diferente), caracterizándolo como enemigo para justificar su asesinato, que es una mejor solución (para los violentos), que tener que escucharlo, negociar, e intentar llegar a acuerdos con él.
En la época republicana, esa necesidad de guerrear se dio en todo su furor, bastaba con que al caudillo de un región como el Cauca, Santander, Antioquia o Boyacá, no le gustara el presidente, o que este perteneciera al partido contrario, para que cada gran hacendado obligara a sus campesinos, mal armados, mal alimentados y desmotivados a marchar contra el gobierno central, argumentando defender la libertad, la democracia o los derechos del pueblo, cuando en realidad quería imponer sus caprichos de gamonal y terrateniente, se dice que en el siglo XIX en Colombia, ocurrieron 9 guerras civiles de alcance nacional.
Mientras tanto, el gobierno central para defenderse de los gamonales y sus hordas de campesinos, apelaba a reclutar también a campesinos ignorantes, mal armados y desmotivados en los días de mercado en las plazas campesinas, los amarraban y los llevaban a punta de amenazas, golpes, insultos y hasta fusilamientos, sin tener en cuenta si eran casados o solteros, si tenían a su cargo hijos o padres y; estos campesinos debían defender a ese gobierno lejano y extraño, al que ni conocían, ni respetaban, ni querían; de esa manera, eran obligados a luchar contra otros campesinos, que tampoco sabían por qué deberían defender los intereses del patrón.
Esa misma fiebre guerrerista se dio en la llamada violencia política, pueblo contra pueblo, campesino contra campesino, cuando los grandes líderes políticos, comprendieron el horror de poner al pueblo a matarse de manera sectaria y fanática por defender ideas ajenas a sus intereses, se sintieron (o, imaginaron estar en peligro), y viajaron al extranjero, al cómodo y dorado exilio del oligarca, ajeno a los deseos y las necesidades vitales del pueblo.
Una nueva época de guerreros desenfrenados, se dio tras la aparición de las guerrillas como expresión de cansancio del pueblo ante los abusos de los dirigentes conservadores y su policía Chulavita, tras el asesinato de Gaitán.
Otro nuevo ciclo de violencia y furia homicida (que, aunque no aplaudo, reconozco como legítima defensa), se da con la aparición de los paramilitares, quienes fueron instrumentalizados por los políticos y gamonales, que a través del Estado y sus instituciones legítimas deciden despojar, desplazar y expropiar a miles de campesinos. Los campesinos, víctimas de todas las violencias siempre han sido estigmatizados llamándolos “auxiliadores de la guerrilla”; las guerrillas colombianas, jamás pudieron contar con la ayuda voluntaria y comprometida de los campesinos, estos solo son carne de cañón en el conflicto, pues, tanto guerrillas, como paramilitares como fuerzas armadas, los señalaron como sus enemigos y los asesinaron.
En algunos de estos ciclos de violencia se han dado intentos de negociación (fracasados por lo general), entre un Estado que se ve obligado a negociar con actores armados, a los que asesina de manera artera cuando se desarman: Domingo Biohó, líder de los palenqueros; Dumar Aljure y Guadalupe Salcedo líderes de las guerrillas liberales de los llanos; Pizarro LeónGomez, y otros exintegrantes del M-19 ya desmovilizados; los más de 5.700 asesinados integrantes de la U.P. incluidos sus candidatos presidenciales Bernardo Jaramillo y Jaime Pardo Leal y; entre 400 y 500 firmantes del acuerdo de paz, entre las Farc y el gobierno Santos.
Los guerreros, en los años de su accionar han contado con dirigentes visibles y propósitos claros, eso pasó con las guerras civiles, la lucha antisubversiva etc., pero en la época del uribismo en el poder, los guerreros paramilitares, actuaron como mano clandestina para satisfacer los intereses de los grandes políticos, sectores empresariales y el Estado mismo. Salvo los comandantes paramilitares extraditados, otros “presuntos responsables” nunca han dado la cara para responder por las actuaciones de estas hordas de asesinos esquizofrénicos, que a punta de motosierra y terror “pacificaron” grandes regiones de la geografía nacional.
Siempre que se habla de los comprobados lazos entre paramilitares, empresarios y políticos en la llamada parapolítica, sectores, generalmente de derecha, señalan con intenciones perversas que en Colombia nunca se ha investigado los lazos entre políticos, empresarios y las guerrillas de las Farc y el Eln, dejando en el aire la idea que hay nexos entre políticos de izquierda y grupos guerrilleros, tesis espuria.
Sí, los grupos armados están apoyando la campaña de Cepeda, no es lógico que hagan atentados y causen muertos; este tipo de acciones solo favorece a la derecha, y fortalece su narrativa perversa de que el país esta sin autoridad, por las negociaciones de paz del gobierno Petro.
Hoy por hoy pretenden descalificar al candidato Iván Cepeda como candidato de las Farc. ¡la ignorancia es atrevida! Los sectores de izquierda democrática como por ejemplo el Polo Democrático, han dejado en claro que renuncian al uso de las armas para tomar el poder, y solo reconocen la vía electoral.
Se debe investigar a fondo la Farc-política y condenar a los implicados en ella, pues, por lo visto en las últimas elecciones, parece haber un contubernio entre sectores armados ilegales (ya no guerrillas) carteles del narcotráfico, con partidos de derecha, así parecieran indicarlo los atentados terroristas sistemáticos de las últimas campañas presidenciales, donde después de las muertes de civiles inocentes, aparecen los mesías de derecha, pidiendo votos y prometiendo dar seguridad. Sí el señor Uribe o sus candidatos tienen la capacidad de lograr la paz en Colombia ¿por qué no lo hicieron en los 20 años que estuvieron en el poder?
En Colombia, la promesa de poner fin a la violencia de los últimos 77 años, contados desde el asesinato de Gaitán, determina quién sube al poder; Pastrana ilusionó al pueblo colombiano con la promesa de hacer la paz con las Farc; cuando Tirofijo dejó la silla vacía, la desilusión del fracaso de Pastrana, permitió a Uribe subir al solio de Bolívar, prometiendo acabar el conflicto en cuatro años, luego manipuló con prebendas “la reforma del articulito de la Constitución” logrando de manera fraudulenta su reelección, luego, pretendió que no serían ni cuatro, ni ocho, sino doce años para derrotar a las Farc y evitar “una hecatombe”.
El actual gobierno fijó “La paz total” como su propósito principal, paz total, que tampoco llegó. aunque los intentos de paz anteriores: la paz de Uribe con los paras, la paz de Santos con las Farc, han sido insuficientes; y a pesar de los errores, inconsistencias, fallas, debilidades, incongruencias etc., hay que decir que todos estos procesos, han sido esfuerzos valiosos para intentar desmontar la guerra en que vivimos.
Al no concretarse la “Paz Total “de Petro, los guerreros de hoy: De la Espriella, Paloma Valencia, el del balín etc., tocan clarines y trompetas, presentándose como salvadores, de llegar al poder ellos (como siempre ha ocurrido en todos los conflictos anteriores, incluidos los del siglo XIX), utilizaran al pueblo inocente y humilde, para ponerlo a luchar para satisfacer sus vanidades y egolatría y, proteger sus intereses.
¿Cuántos años mas de sangre de humildes se necesita, para que las élites dominantes, aliados con empresarios en defensa de sus privilegios y, los narcos y corruptos interesados en desangrar nuestra economía, aporten a un verdadero proceso de paz que acabe las desigualdades sociales y exclusiones en nuestro país?
Sería una verdadera maravilla que, al estilo de los grandes generales romanos, al acabar el periodo de sus funciones, los grandes líderes políticos, gremiales, militares, regresaran a arar sus tierras en paz, sin necesidad de incitar, generar o participar en nuevas guerras y matanzas.
Confío en que el gobierno de Cepeda, continúe la estrategia de combatir a los grupos narcos y sus aliados políticos, decomisando sus cargamentos de drogas, debilitando sus finanzas; que los derrote militarmente, los someta y obligue a responder por sus crímenes locales e internacionales. Que expropie y encarcele a los corruptos, sin ningún tipo de contemplaciones.


