miércoles, mayo 6, 2026

MAESTROS: EL ALMA DE LA ETERNIDAD. GARANTÍAS PARA QUIENES SOSTIENEN LA SOCIEDAD

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A propósito del 15 de mayo, Día del Maestro en Colombia, patrono San Juan Bautista de La Salle


El 15 de mayo Colombia celebra a sus maestros. No es un día comercial. Es un día para mirar de frente a quienes tienen en sus manos lo más sagrado de una nación: el alma de sus jóvenes.

Henry Adams lo dijo con una precisión que estremece: «Un maestro afecta la eternidad; solo él puede decir dónde termina su influencia».

Un profesor no dicta clase. Marca destinos. En un alumno individual, en su familia y en la sociedad entera. La sociedad que tenemos hoy es el resultado directo de lo que hizo cada papá, cada mamá en casa, y cada maestro en el aula. Si hay alguien con principio de autoridad legítimo, son ellos.

Ese sentido de autoridad, ejercido cada día con amor y firmeza, es lo que va marcando la diferencia bajo el orden, bajo el respeto, bajo el acato de las normas, bajo las responsabilidades y deberes. Un maestro es el primer Estado que conoce un niño. Es la primera ley viva que entiende un joven.

William Arthur Ward lo enseñó: «La enseñanza es más que impartir conocimientos; es inspirar el cambio».

Hoy las aulas son físicas y virtuales. El tablero convive con el micrófono, con la pantalla, con la inteligencia artificial. Todo aquel que sea comunicador, quien enseñe, quien transmita conocimiento, tiene que entender una verdad antigua: la máxima ética de la que hablaron los estoicos en Grecia debe ser el patrimonio más grande de un docente.

Porque esos muchachos a los que hoy les damos cátedra, son la sociedad del mañana. Lo que sembremos en ellos, cosechará el país. Por eso la vocación es sagrada. No se es maestro por descarte. Se es maestro, como San Juan Bautista de La Salle, por llamado. Por esa vocación que el 15 de mayo honramos.

Carl Jung nos recuerda: «Uno recuerda con aprecio a sus maestros brillantes, pero con gratitud a aquellos que tocaron sus sentimientos».

Un docente puede ser el catalizador de lo que está pasando en la casa, en la sociedad, en el mundo, en la comunidad. A veces es el único adulto que nota que un niño no desayunó, que una joven llora en silencio, que un alumno tiene miedo. Tocar el sentimiento es educar el alma. Y eso no lo hace un algoritmo. Lo hace un ser humano con vocación.

Y aquí me pongo del lado de ellos, porque si exigimos tanto, debemos dar tanto. No podemos pedir ética estoica, vocación de La Salle e influencia eterna, a docentes con hambre, con ansiedad y sin garantías.

Los maestros son sujetos de derechos humanos especiales. La Recomendación OIT/UNESCO de 1966 relativa a la Situación del Personal Docente es clara: «La enseñanza debería considerarse como una profesión cuyos miembros prestan un servicio público; esta profesión exige de los educadores no solamente conocimientos profundos y competencia especial […] sino también un sentido de las responsabilidades personales y colectivas». Y para eso, el mismo instrumento exige: «Los sueldos del personal docente deberían corresponder a la importancia que la enseñanza tiene para la sociedad […] y asegurar a los docentes un nivel de vida satisfactorio».

La UNESCO insiste en que no hay calidad educativa sin docentes con bienestar. Sin salud mental, sin salud emocional, sin salud económica. Acceso permanente a entrenamientos, a rehabilitaciones, a procesos terapéuticos alternativos. No pueden dar paz si viven en guerra interna por deudas o por estrés.

De la justicia estoica, Marco Aurelio nos enseñó: «Lo que no es bueno para la colmena, no es bueno para la abeja». El mejor entorno que produzca el Estado, que produzca el sistema, que produzca la sociedad, debería ser donde se desempeñan los maestros. Si la colmena-Colombia no cuida a sus maestros, la colmena se muere.

De la templanza, Séneca advirtió: «La ira, si no es refrenada, es frecuentemente más dañina para nosotros que la injuria que la provoca». Cuidemos la salud emocional del maestro, porque su serenidad es la primera lección que recibe un alumno.

De la sabiduría práctica, Epicteto afirmó: «No son las cosas las que nos perturban, sino la opinión que tenemos de ellas». Para que un maestro tenga la opinión correcta de su labor, debe estar dotado de los mejores ingresos económicos. Salud económica es salud física y mental. Un profesor mal pago es una sociedad mal educada.

La historia nos confirma el poder del maestro. Jesucristo fue el Maestro de maestros. No escribió libros, pero formó doce hombres que transformaron el mundo con su palabra. Usó parábolas, preguntas, el ejemplo. Tocó sentimientos y despertó almas. Su cátedra fue el amor y su aula fue la vida.

Y con Él, otros líderes maestros trascendieron los tiempos: Confucio en China, quien enseñó que la educación es la base del buen gobierno. Sócrates en Grecia, que con preguntas hizo parir la verdad en sus discípulos. Paulo Freire en Brasil, que nos mostró que educar es un acto de libertad. María Montessori en Italia, que vio al niño como semilla de paz. San Juan Bautista de La Salle, nuestro patrono, que dedicó su vida a educar a los pobres con dignidad. Todos entendieron que ser maestro es afectar la eternidad.

La ética estoica, esa que hablaba de justicia, templanza, fortaleza y sabiduría, debería ser el paraguas que gobierne a la sociedad. Y mucho más a quienes transmiten conocimiento.

Este 15 de mayo no le demos cátedra al maestro. Démosle garantías. Démosle respeto. Démosle las herramientas para su salud integral. Porque si él florece, florece el alumno. Si florece el alumno, florece la familia. Y si florece la familia, florece Colombia.

A ustedes, maestros: gracias por afectar mi eternidad. Gracias por despertar mi alma. Gracias por tocar mis sentimientos cuando más lo necesité.

Feliz día. Que la vocación de La Salle los siga inspirando y que la sociedad los siga cuidando como el tesoro que son.

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