A propósito de la visita de los académicos de la Universidad de Extremadura de España por motivo de la Semana del Ordenamiento Territorial en Pereira, nos hacen reflexionar como territorio; hay regiones que un día descubren que proteger el campo no fue suficiente para salvarlo. Hoy, en zonas rurales de Europa como Extremadura, el problema ya no es solamente económico. Es demográfico, cultural y territorial. Pueblos envejecidos, jóvenes que se marchan, tierras cada vez menos productivas y una sensación silenciosa de estancamiento que lleva años creciendo. Ya no se vive de la actividad agrícola.
Y aunque parezca lejano, hay algo inquietantemente parecido entre esa realidad y lo que empieza a sentirse en la región cafetera colombiana. Aquí también hablamos constantemente de proteger el territorio, defender lo rural y conservar el paisaje. Y claro que importa, nuestra riqueza es nuestra biodiversidad y abundancia de recursos naturales. El problema es cuando la conversación se queda únicamente ahí. Porque el campo no sobrevive solo con romanticismo.
Extremadura es una de las regiones más rurales de España. Tiene enormes riquezas naturales, la región europea con más agua, tradición agrícola y un fuerte discurso de conservación territorial. Pero durante décadas no logró consolidar suficientes alternativas productivas capaces de retener población joven y preparada, no lograron que el campo fuera tan productivo como el turismo, la industria, el comercio de otras regiones españolas que hoy concentran en grandes ciudades la mayor carga de la población española.
El resultado hoy es evidente: envejecimiento, baja competitividad, dependencia estatal y pérdida progresiva de capital humano. Muchos jóvenes simplemente entendieron que su futuro estaba en otra parte. Y algo parecido empieza a pasar aquí.
La región cafetera todavía conserva una identidad rural fuerte, pero cada vez es más evidente que el modelo tradicional pierde sostenibilidad. Las nuevas generaciones ya no encuentran en el campo una expectativa clara de progreso. No porque rechacen lo rural o lo agrario, sino porque muchas veces el territorio dejó de ofrecer oportunidades reales. Porque creemos que agrario es solo sembrar y se nos está olvidando el paso de generarle valor a eso que cultivamos.
La pequeña producción agrícola enfrenta costos crecientes, dificultades logísticas y baja rentabilidad. Mientras tanto, buena parte de los jóvenes formados terminan migrando hacia ciudades más grandes o fuera del país buscando empleo, innovación y mejores condiciones de vida. El café ya no tiene la estabilidad de antes y el mejor ejemplo de transformación del campo: antes se trataba de tener muchas hectáreas sembradas y producir mucho café; hoy se trata de menos cultivo, menos producción pero mayor calidad que es la fórmula que el café de colombia hoy ha encontrado para volver a ser rentable.
Y en medio de eso aparece otra discusión incómoda: la relación entre protección ambiental y productividad. Porque proteger el territorio es necesario. Pero cuando toda actividad productiva termina viéndose como una amenaza, el riesgo es convertir regiones completas en territorios inmóviles. Y ojo a la guadua, en lo que podríamos ser potencia mundial, mucho más que en café dice Simón Velez, el mayor conocedor de este mercado en el mundo, pero que el proteccionismo ha causado que sea un negocio inviable.
Europa ya vivió parte de ese debate. En muchas regiones rurales europeas, las restricciones ambientales crecieron más rápido que las alternativas económicas capaces de reemplazar actividades tradicionales. El resultado no siempre fue sostenibilidad: muchas veces fue abandono.
Y un territorio abandonado tampoco se conserva.
La región cafetera corre un riesgo parecido si no entiende algo fundamental: defender lo rural no significa congelarlo en el tiempo. El verdadero reto no es escoger entre conservación o desarrollo. Es lograr que el territorio produzca valor sin destruirse, la sostenibilidad implica resultados positivos en lo económico, ambiental y social.
Eso implica agroindustria, innovación rural, turismo inteligente, transformación productiva, tecnología aplicada al agro, encadenamientos logísticos y nuevas economías capaces de darle futuro a quienes todavía quieren quedarse. Mucha investigación que podemos hacer en nuestras universidades. Valor agregado a todo lo que produzcamos.
Porque una región no se sostiene únicamente por su paisaje. Se sostiene cuando la gente puede vivir dignamente en él. Y esa es quizás la discusión que todavía no estamos teniendo con suficiente profundidad. Nos acostumbramos a hablar del campo como patrimonio. Pero pocas veces hablamos del campo como proyecto de futuro.
Mientras tanto, lentamente, empiezan a repetirse señales que Europa ya conoce demasiado bien: envejecimiento, migración, pérdida de productividad y territorios que conservan su belleza… pero pierden su capacidad de sostener vida económica y social.
El problema no es proteger el territorio. El problema es creer que protegerlo basta. Porque cuando una región deja de generar oportunidades, tarde o temprano la gente se va. Y cuando la gente se va, el territorio también empieza a vaciarse de sentido.
Nada en la ciudad, en el territorio es casualidad. Pero tampoco lo que empieza a pasar en el campo.
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Textos, imágenes y conversaciones para entender la ciudad desde otra mirada.
*Ingeniero Ambiental y Economista
*Investigador y consultor en Sostenibilidad de Ciudades y Territorios, Economía Ambiental y Servicios Públicos.


