USTED ES PARTE DE LA JUNTA DIRECTIVA DE COLOMBIA, ¿LO SABÍA?

OpiniónUSTED ES PARTE DE LA JUNTA DIRECTIVA DE COLOMBIA, ¿LO SABÍA?

Leí con especial afecto la columna de mi amiga Elvira Forero, una mujer seria, inteligente, rigurosa y con una larga trayectoria de servicio público. Tuve la fortuna de trabajar con ella en dos momentos importantes de mi vida profesional: primero en el Gobierno, cuando ella era directora del ICBF y yo estaba en Acción Social de la Presidencia como Director de Fortalecimiento y Gestión Territorial; y luego en el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas, donde coincidimos como asesores del director de país, Praveen Agrawal.

Con Elvira aprendí muchas cosas, pero una especialmente valiosa: las decisiones públicas no se toman con gritos, con rumores ni con emociones prestadas. Se toman con información, con criterio, con responsabilidad y, sobre todo, pensando en la gente. Por eso me quedó sonando una imagen que ella plantea en su columna: la de la junta directiva.

Y quiero llevar esa idea un poco más lejos.

Colombia también tiene una junta directiva. Pero no está encerrada en una sala elegante, con café servido, gráficos de PowerPoint y señores muy serios mirando balances. La junta directiva de Colombia somos todos los colombianos adultos. Los que podemos votar. Los que tenemos cédula. Los que, cada cierto tiempo, somos llamados a decidir quién va a presidir esta enorme empresa que se llama país.

Porque Colombia, aunque a veces se nos olvide, es una empresa de todos. Una empresa con mares, montañas, selvas, ríos, tierras fértiles, industrias, universidades, campesinos, comerciantes, empresarios, emprendedores, obreros, maestros, jóvenes talentosos y gente honrada que se levanta todos los días a trabajar sin hacer trampa. Una empresa con un patrimonio inmenso, material y moral. Una empresa que vale demasiado como para entregársela al primero que grite más duro, al que prometa más bonito o al que mejor manipule los miedos.

Y aquí viene el punto: si usted fuera miembro de la junta directiva de una empresa, ¿escogería al presidente escuchando únicamente al chismoso del corredor? ¿Al que dice “me contaron”, “dicen por ahí”, “me llegó un audio”, “eso lo vi en redes”, “eso está confirmado porque lo mandó mi primo por WhatsApp”? Seguramente no. O por lo menos, no debería.

En una empresa seria, antes de nombrar presidente, se revisa la hoja de vida, la experiencia, los resultados, el carácter, la capacidad de tomar decisiones, el equipo que lo acompaña y hasta los riesgos que representa. Se mira si sabe administrar o solo sabe incendiar. Si une o divide. Si entiende el negocio o apenas aprendió a hablar bonito de él. Si tiene temple o solo tiene rabia. Si sabe manejar crisis o si vive fabricándolas.

Pues bien: eso mismo deberíamos hacer antes de votar.

No podemos seguir parándole bolas a la radio bemba de la política. Al rumor de esquina. Al meme disfrazado de argumento. Al video editado. Al influencer que pontifica sobre el país entre una pauta de suplementos, una rifa de celular y una frase de autoayuda. Tampoco podemos dejarnos llevar por los profetas del desastre, que siempre anuncian el fin del mundo si no gana el suyo, ni por los vendedores de paraísos instantáneos, que prometen arreglar en cuatro años lo que llevamos dañando durante décadas.

Colombia necesita una junta directiva adulta. No una barra brava.

Y eso exige mirar con cabeza fría. Si a usted le gusta el proyecto actual de gobierno, vote por la continuidad, pero hágalo con argumentos, no por fanatismo. Si cree que ese rumbo debe cambiar, vote por otra opción, pero también con razones, no por odio. Si cree que hay una alternativa de centro, o una propuesta distinta, estúdiela. Compárela. Pregunte. Dude. Lea. Contraste. Eso no lo hace tibio; lo hace ciudadano.

La democracia no consiste en obedecer al que más grita. Consiste en escoger, con libertad, entre opciones reales. Y después asumir la responsabilidad de esa decisión.

Porque también hay que decirlo: en esta empresa llamada país hay muchos trabajadores honestos, pero también hay bandidos asechando. Algunos llegan disfrazados de salvadores. Otros se presentan como gerentes eficientes. Otros hablan en nombre del pueblo mientras sueñan con manejar la caja. Otros se arropan en la moral, en la patria, en la justicia, en la seguridad, en la paz o en cualquier palabra noble que les sirva de escudo.

Pero bandido es bandido. Así se ponga corbata, ruana, uniforme, camiseta de campaña o cara de indignado.

Por eso hay que elegir bien. No perfecto, porque la política no ofrece santos. Pero sí mejor. Más capaz. Más serio. Más responsable. Más consciente de que Colombia no es una finca privada, ni una empresa familiar, ni un botín electoral, ni un experimento ideológico para satisfacer egos.

Colombia es de todos.

Y aunque a veces parezca lo contrario, los buenos somos más. Somos más los que trabajamos, los que creemos, los que pagamos impuestos, los que cumplimos, los que educamos hijos, los que cuidamos padres, los que damos empleo, los que estudiamos, los que servimos, los que no queremos que el país se nos siga yendo entre peleas de fanáticos y vivos de ocasión.

Además, los colombianos somos mucho más inteligentes de lo que algunos políticos creen. Nos subestiman. Creen que nos pueden manejar con miedo, con rabia, con subsidios emocionales o con cuentos de buenos y malos. Pero Colombia ha demostrado muchas veces que, cuando se sacude, piensa. Y cuando piensa, decide mejor.

Por eso la invitación es sencilla: salgamos a votar.

No para hacerle un favor a un candidato. No para obedecer una consigna. No para quedar bien con la familia, con el jefe, con el grupo de WhatsApp o con la tribu política de moda. Salgamos a votar porque somos miembros de la junta directiva de esta empresa común llamada Colombia.

Y si elegimos mal, al menos que no sea por pereza. Que no sea por ignorancia voluntaria. Que no sea por haberle creído al chisme del corredor. Que no sea por haber confundido volumen con liderazgo, rabia con carácter o espectáculo con gobierno.

Como dije el domingo pasado: hay que votar para después poder reclamar. Porque quien no participa en la decisión, pierde autoridad moral para quejarse del resultado. El voto no garantiza que el elegido cumpla, pero sí nos da el derecho ciudadano de exigirle que cumpla.

Colombia no necesita espectadores indignados. Necesita ciudadanos despiertos.


Este domingo no delegue su silla en la junta directiva de Colombia. Vote informado, vote con criterio y vote pensando en el país que después va a exigir.

Fernando Sánchez Prada

Comunicador y columnista

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