Deambulé en la vida sin horizonte, haciendo caso omiso a todos los llamados de alerta y los vacíos que me habitaban. Había tanto mío que por dentro se ahogaba…Una oscuridad absoluta. Vivía en automático; solo respiraba.
Tan poca cosa era la vida en aquel entonces. Cuánto anhelaba que llegara el final eterno de aquel sufrimiento que me consumía. Después de varios intentos, me di cuenta de que carecía de valor o de que había en mí mucha cobardía. ¡Cuánto fracaso, decía!
Un día la oscuridad me agotó tanto que la luz fue mi única alternativa.
La verdadera luz al final del túnel… yo la he conocido; no hace falta estar muerta si la buscas desesperadamente con uñas y dientes.
Cambié mi amargura por felicidad, el pesimismo por el optimismo que siempre me ha caracterizado, aunque fue lo primero que aquel torbellino se llevó a su centro.
Le di amor a lo que antes era nada para mí, aprendí a verle el color a la vida, a saborear sus experiencias para repetirlas o, al menos, tener la dicha de vivirlas aunque nunca vuelvan a pasar por ellas.
La vida fue violenta, o la violenta fui yo.
Dejé de amarme, dejé de amar.
No había respeto, no había diálogo, no había calma; me había secado sin darme cuenta.
Por eso hoy brillo, porque encontré mi luz propia, esa que me acompaña a donde voy, la que me permite ver la maravilla de la vida, disfrutar lo efímero, mirarme en el espejo y saber que me he encontrado.
Lo que he construido durante años no tiene trueque ni tambalea; no me duele el sacrificio, me fortalece, porque aprendí que en esta vida ya no pierdo: siempre gano o aprendo. Y que el amor propio… esa es la verdadera libertad del ser humano.


