LA ESPERANZA NO ADMITE OTRA TRAICIÓN

OpiniónLA ESPERANZA NO ADMITE OTRA TRAICIÓN

CARTA DESDE BARRANCO DE LOBA A UN PRESIDENTE QUE APENAS EMPIEZA.

Antes de escribirle a un presidente electo, hay que haber estado en un lugar como Barranco de Loba. Esta carta empieza ahí, no en Bogotá, y ahí está la diferencia Fernando Sánchez Prada

Todavía puedo recordar el calor húmedo de aquella mañana en Barranco de Loba, al sur de Bolívar. Después de varias horas de recorrido por el río Magdalena, la lancha empezó a acercarse lentamente al muelle. Desde lejos se alcanzaban a distinguir decenas de personas esperando nuestra llegada. No había alfombra roja ni discursos grandilocuentes. Había madres con sus hijos en brazos, líderes comunitarios, maestros, campesinos y funcionarios locales que habían decidido recibirnos como se recibe a quien representa una oportunidad largamente esperada.

Yo llegaba como representante del Gobierno Nacional para poner en marcha Familias en Acción, un programa que beneficiaría a cerca de dos mil quinientas familias de ese municipio. Pero ese día entendí que la noticia no era el programa. La noticia era otra.

Por fin el Estado había llegado para escuchar.

Aquellas personas no esperaban un milagro. Tampoco esperaban regalos. Esperaban algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil de conseguir: que alguien cumpliera la palabra empeñada.

He recorrido buena parte de Colombia durante mi vida profesional, en RCN, en EPM, en PMA y PNUD, en Corprogreso. Lo hice desde la Presidencia de la República, desde Acción Social, trabajando con organismos internacionales y caminando territorios donde el mapa oficial termina mucho antes que las necesidades de la gente. En todos esos lugares descubrí una constante: el ciudadano no juzga al Estado por la belleza de sus discursos, sino por su capacidad de aparecer cuando más se le necesita.

Quizás por eso observo este nuevo comienzo político con una mezcla de esperanza y prudencia.

Señor Presidente:

Recibe usted un país que hace apenas unos años creyó, con absoluta legitimidad, en la promesa del cambio. Millones de colombianos votaron convencidos de que llegaba una nueva manera de gobernar, una política menos confrontacional, más eficiente y más cercana a las necesidades reales de la gente. Alejada de la corrupción y la politiquería.

Pero esa esperanza terminó convirtiéndose, para muchos, en una profunda decepción.

No porque todos los problemas siguieran existiendo —ningún gobierno puede resolver décadas de rezagos en cuatro años— sino porque el país sintió que buena parte de la energía institucional terminó consumida en confrontaciones, polarización, improvisación y una campaña política que nunca terminó. Un presidente alejado de la realidad y más cerca de las estrellas y del universo al que quería llevar el germen de la vida.

La mayor derrota del gobierno que termina no fue únicamente económica, administrativa o política.

Fue haber desgastado una palabra que los colombianos siempre quieren volver a escuchar: cambio.

Por eso usted no recibe solamente la Presidencia de la República.

Recibe la responsabilidad de devolverle credibilidad a esa palabra.

Gobernar no consiste en hablar todos los días. Consiste en hacer que los ciudadanos tengan que quejarse menos porque las cosas empiezan a funcionar mejor.

No gobierne para quienes votaron por usted.

Gobierne, sobre todo, para quienes aún dudan de usted.

Son ellos quienes terminarán definiendo el juicio de la historia.

No desperdicie el enorme capital político con el que inicia su mandato. Rodéese de personas capaces de contradecirlo cuando sea necesario. Desconfíe de los aplausos permanentes y de quienes convierten la lealtad en silencio. Los aduladores han sido el comienzo del fracaso de muchos gobiernos.

Recuerde también que un país no progresa cuando el Estado pretende hacerlo todo, ni cuando abandona a los ciudadanos a su suerte. El verdadero desarrollo aparece cuando el Estado crea oportunidades, garantiza reglas claras y protege a quienes realmente lo necesitan, mientras la sociedad produce, emprende, innova y genera riqueza. Logre esas victorias tempranas antes de que lleguen las soluciones estructurales. Los medicamentos a tiempo, las escuelas y colegios reconstruidos, los corruptos realmente juzgados. La sensación de seguridad en el día a día.

No sustituya el mérito por el favor político.

No premie la obediencia sobre la capacidad.

No permita que el sectarismo vuelva a ocupar el lugar de la excelencia.

Colombia necesita volver a creer que estudiar vale la pena, que trabajar honestamente tiene sentido y que el esfuerzo personal sigue siendo el camino más digno hacia el progreso.

Después de haber sobrevivido a una enfermedad que cambió mi manera de entender la vida, aprendí que el tiempo es demasiado valioso para desperdiciarlo en odios inútiles. También aprendí que el liderazgo verdadero no se mide por la cantidad de enemigos que se derrotan, sino por la cantidad de vidas que se logran mejorar.

Eso es lo único que realmente permanece.

Cuando dentro de cuatro años los colombianos miren hacia atrás, ojalá no recuerden este gobierno por la intensidad de sus discursos ni por la fuerza de sus debates.

Ojalá lo recuerden porque un campesino pudo sacar mejor su cosecha, porque un joven encontró empleo, porque una madre sintió que el Estado volvió a acompañarla y porque los ciudadanos recuperaron la confianza en sus instituciones.

Aquella mañana en Barranco de Loba entendí que la esperanza no hace ruido. La esperanza espera. Confía. Da una oportunidad.

Pero también aprendí que cuando esa esperanza se traiciona, tarda muchos años en volver.

Señor Presidente, Colombia ya soportó una gran desilusión. No permita que la esperanza vuelva a ser la gran derrotada

Fernando Sánchez Prada

Comunicador – Policy Maker – Consultor

3 COMENTARIOS

  1. Buen día Don Fernando. Gran escrito.

    Abelardo de la Espriella no ganó un premio, se ganó una enorme responsabilidad frente al pueblo Colombiano. Debe dedicarse a cumplir con justicia social desde la defensa de la soberanía hasta la mejora de la calidad de vida de todos los habitantes de este país.

    Alguna vez escuché dos frases enlazadas con relación al desempeño de un funcionario: «Hay funcionarios que hacen más de lo que hablan y otros hablan más de que lo hacen y hay funcionarios que agrandan un cargo mientras que a otros el cargo los agranda». Esperemos a ver en que parte de lo mencionado encajará nuestro próximo mandatario y le deseo lo mejor por el bien de Colombia.

    Feliz día Don Fernando.

  2. Excelente reflexión!!!, seguimos con la esperanza de que nuestro país, que es tan rico pueda vivir y disfrutar tranquilamente desde cada rincón. Bendigo al nuevo Presidente y que DIOS le permita gobernar como Ud. escribe, para Todos.

  3. Excelente análisis, Fernando. Tu reflexión destaca por una gran objetividad, evaluando la gestión pública desde la eficiencia técnica, los indicadores reales y la presencia institucional en el territorio, completamente alejada de polarizaciones ideológicas. Es un hecho innegable que la falta de ejecución genera desilusión en las comunidades; sin embargo, el sesgo de confirmación hace que a muchos sectores les cueste admitir el rezago administrativo para no reconocer un error de juicio.Coincido plenamente con tus argumentos: la confianza pública y la credibilidad del Estado se recuperan con gerencia, mérito y resultados concretos que impacten el bienestar de la gente en las regiones, no con retórica. Cuando llegan líderes con el amor de Dios como su guía, respaldados por un equipo técnico, planeación estratégica y una organización clara, se devuelve de inmediato la sensación de esperanza, trayendo una oportunidad de luz y brillo para el país.Anhelamos que esta nueva Colombia, sanada de odios, florezca desde el respeto por sus valores y el orgullo por su gente; que aprendamos a cuidar este terruño sagrado y biodiverso, un país plagado de vidas bellas que merece ser recordado por su grandeza y no por sus fracturas. Un nuevo comienzo es posible si sembramos unión en nuestra tierra. Un saludo afectuoso

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