COMBIA: ¿Y DÓNDE ESTÁ LA POLICÍA?

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En realidad, sí sabemos dónde está el CAI de la policía de ese sector de la ciudad. El problema no es su ubicación, sino que su presencia parece ser únicamente física, no correctiva. Cada domingo, al caer la tarde, los negocios de rumba ubicados en el crucero de Combia se abarrotan de clientes que van a bailar, a libar licor y a disfrutar de la gozadera. Hasta ahí «todo bien».

La mayoría de esos clientes llegan motorizados, y la afluencia es tan grande que los parqueadero resultan insuficientes. Pronto las estrechas calles del sector terminan invadidas de vehículos, que como hormigas alrededor de un árbol, ocupan cualquier espacio disponible. Estas calles no solo sirven de acceso a los establecimientos de entretenimiento; también son paso obligado para quienes se dirigen a otros. Para quienes deben transitar por allí ese día, a esa hora, comienza una verdadera prueba de paciencia. O  mejor dicho, la necesidad de comprar grandes reservas de ella, o, para estar a tono, es necesario practicar la meditación y el yoga, aunque sea en el techo del carro. ¿Y quién se atreve a pedir permiso para continuar su camino? Con frecuencia las palabras impronunciables que saldrán a flote serán de tal intensidad que los oídos agradecerían la intervención de un especialista, y las expresiones pronunciadas difícilmente encontrarán cabida en el Diccionario de la RAE o en el de Americanismos. Entonces, la tortura de la espera, el fin de la esperanza de llegar al destino y la imposibilidad de transitar normalmente serán el escenario semanal, o mejor dicho, una situación que bien podría haber servido de inspiración para que  Cortázar escribiera su célebre cuento «La autopista del sur».

Y entonces surgen las preguntas obligadas: ¿quién podrá salvarnos? ¿Dónde estará la policía o dónde están los guardias de tránsito? La primera pregunta tal vez no tenga respuesta, pero la segunda sí: ellos están allí, a pocos metros, como espectadores pasivos, tal vez encaramelados con las melodías que se escuchan o, como dirían otros, admirando la fiesta, vaya uno a saber. Lo cierto es que su inacción admite dos interpretaciones: o existe una preocupante complicidad o se ha llegado a un punto de resignación que, por mucho que se intervenga, ya no es posible corregirlo, pues en estas acciones la transgresión es la norma, es la ley, porque tanto tiempo de complacencia, de aceptar que se puede aparcar en cualquier sitio, que se puede bloquear el paso de otros vehículos, que es lícito combinar alcohol y gasolina, que se puede insultar y amenazar, que la cultura «traqueta», tan de moda hoy en día en nuestro país a las puertas de elegir a uno de sus representantes, es la cultura que se impone por la fuerza de ser costumbre. Y lo hace también gracias al silencio de una mayoría que, por temor a la agresividad verbal o a posibles reacciones violentas, prefiere resignarse y aceptar que esta es la realidad que nos toca vivir y, quizá, la sociedad que estamos permitiendo construir.

Harold Salazar A

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