En medio de la agitación que ha caracterizado el reciente proceso electoral, hay una institución que merece un reconocimiento especial por parte de la ciudadanía: la Registraduría Nacional del Estado Civil; al igual que su conductor Hernán Penagos Giraldo. Mientras las campañas libraban intensas disputas por el poder, mientras las emociones colectivas se desbordaban entre entusiasmos, temores, expectativas, y las redes sociales se convertían en escenario de confrontaciones alejadas de la prudencia, la organización cumplió con rigor, serenidad y eficacia una tarea monumental. Las elecciones presidenciales no son un simple ejercicio administrativo. Constituyen una de las expresiones más complejas de la democracia moderna; en ellas convergen intereses políticos, expectativas económicas, convicciones ideológicas y sentimientos arraigados sobre el destino de la Nación. Por ello, cualquier error, demora o improvisación puede convertirse en motivo de sospecha y alimentar tensiones que afectan la convivencia general.
Sin embargo, el país presenció una jornada ejemplar; detrás de los resultados oportunamente conocidos existió un trabajo silencioso de planeación, logística, tecnología, capacitación y control que permitió que millones de colombianos ejercieran su derecho al voto con garantías suficientes y con un nivel de transparencia ampliamente destacado. Resulta aún más meritorio si se tiene en cuenta el ambiente de crispación que ha acompañado esta campaña. La búsqueda legítima de un líder para conducir los destinos nacionales no puede convertirse en excusa para exaltar el odio, la mentira, la agresión o la descalificación personal. La democracia admite y necesita el contraste de ideas; incluso puede convivir con la polarización propia de los sistemas pluralistas. Lo que no puede aceptar es la destrucción moral del adversario, la propagación deliberada de falsedades ni la sustitución de los argumentos por los insultos. Por tal fueron especialmente graves las afirmaciones que pretendieron sembrar dudas sobre la existencia de un supuesto fraude electoral sin aportar pruebas concluyentes que respaldaran semejante acusación. Más que una denuncia sustentada, parecieron formar parte de una estrategia orientada a erosionar la confianza en las instituciones.
La realidad terminó imponiéndose sobre la especulación. Los resultados del preconteo coincidieron con los escrutinios posteriores, ratificando la consistencia y confiabilidad del proceso. Asimismo, los tiempos de entrega de la información fueron destacados por observadores nacionales e internacionales, quienes reconocieron la eficiencia operativa desplegada durante la jornada. La presencia de organismos de observación electoral de misiones internacionales y de múltiples mecanismos de vigilancia contribuyó igualmente a despejar cualquier sombra de duda. Lo que quedó demostrado fue la fortaleza de una institucionalidad que supo responder a una de las pruebas más exigentes de los últimos años. En ese contexto, el registrador nacional demostró fácticamente que el sistema colombiano es confiable, y aplaudido mundialmente por su veracidad. La labor de la organización no consistió únicamente en verificar una elección; consistió en proteger la credibilidad de uno de los pilares fundamentales de la República: la confianza de los sufragantes en que su voto cuenta y será respetado.
Ahora el país se encamina pronto hacia la segunda vuelta presidencial. Será una nueva oportunidad para demostrar madurez comportamental. Más allá de las preferencias políticas, corresponde a todos los sectores contribuir a un ambiente de respeto, tranquilidad, civilidad y de reconocimiento de los resultados. La vigilancia ciudadana debe mantenerse activa, pero siempre dentro del marco de la responsabilidad y del respeto institucional. La mejor respuesta frente a quienes pretenden sembrar incertidumbre es una participación masiva, consciente y pacífica. Que cada colombiano acuda a las urnas con la convicción de que su decisión importa. Que el mundo vuelva a observar una democracia capaz de debatir con intensidad, pero también de respetar las reglas del juego. La paz de la patria, la legitimidad de sus instituciones y su fortalecimiento se construyen votando. La consigna es hacerlo copiosamente y con dignidad.
[Fútiles resultaron las pretensiones de prohibir el uso de representaciones de amor patrio que no detuvieron el fervor por Colombia.]


