A ver, piénsalo por un segundo. Cuando vemos a figuras como Nayib Bukele en El Salvador mostrando su control absoluto sobre las calles, a Javier Milei en Argentina sacudiendo la economía con su motosierra, o a personajes como el Presidente electo de Colombia Abelardo de la Espriella con su retórica de mano dura y países milagro, o a Donald Trump presumiendo un supremacismo blanco y su egomanía; da la impresión de que la nueva ultraderecha ha descifrado el código del poder moderno. Prometen orden, mano dura, libre mercado y, sobre todo, el regreso del control absoluto a manos del Estado (o de sus amigos).
Pero la verdad es otra. Toda esa demostración de fuerza es, en realidad, un espejismo.
Existe una fuerza invisible, mucho más grande y global, que está cambiando las reglas del juego de la geopolítica mundial. Hablo del capitalismo tecnológico y de lo que economistas como Yanis Varoufakis llaman tecnofeudalismo. Mientras los políticos locales creen que tienen las riendas de sus países, las grandes empresas de Silicon Valley y los algoritmos ya son los verdaderos dueños del territorio donde se debate el futuro. La utopía del control absoluto está a punto de estrellarse contra la realidad digital.
Existe un espejismo del control total que históricamente, el dictador o el líder autoritario de manual funcionaba bajo una premisa muy simple: si controlo la televisión, la prensa, los bancos, la policía y el banco central, controlo el país. Es lo que algunos autores como Tim Urban retratan en sus análisis sobre el comportamiento de las sociedades modernas: la ilusión de que un pequeño grupo en la cima puede manejar los hilos de todo un ecosistema social.
La nueva derecha latinoamericana ha sabido capitalizar el descontento de la gente. Utilizan narrativas muy potentes:
Como la carta de la seguridad con políticas punitivas severas y control territorial absoluto (el sello de Bukele).
El discurso anti-sistema, al presentarse como los salvadores frente a la corrupción de los políticos de siempre (el motor de Milei).
Y La defensa de lo tradicional presentando una agenda marcadamente conservadora que busca regresar a certezas del pasado.
El problema es que esta fórmula asume que el poder todavía reside en las instituciones físicas del Estado. Y ahí es donde se equivocan. Hoy en día, la tecnología produce fenómenos tan rápidos, caóticos y descentralizados que simplemente no se pueden meter en una jaula estatal.
En realidad los nuevos señores feudales no votan, acumulan datos. Mientras la política se debate en el barro de las elecciones, el capitalismo ha mutado. Ya no estamos en la época en la que el poder se medía en hectáreas de tierra o en chimeneas de fábricas. Hoy, como bien lo anticipó el historiador Dan Schiller al hablar del capitalismo digital, el mercado ha devorado la infraestructura misma de la comunicación.
Las grandes corporaciones (las llamadas Big Tech) han construido un nuevo tipo de economía que funciona igual que la Edad Media. Piénsalo así:
Un nuevo vasallaje digital: Cada vez que buscas una dirección, subes una foto a Instagram o le haces una pregunta a una inteligencia artificial, estás trabajando gratis para el algoritmo. Tus datos son el abono que alimenta sus servidores. Las plataformas no compiten en el mercado; ellas son el mercado. Si Apple te cobra el 30% por estar en su tienda, o Amazon te cobra un peaje por vender en su web, no actúan como empresas tradicionales, sino como señores feudales cobrando alquiler por pisar su suelo.
Este poder no es solo económico, es profundamente geopolítico. Un ejemplo clarísimo ocurrió con Elon Musk y su red de satélites Starlink durante la guerra en Ucrania. Un solo hombre, desde una oficina privada, tuvo el poder de decidir si un país en guerra se quedaba o no sin conexión a internet, alterando el curso de un conflicto internacional. Los Estados, por más soberanos que se crean, quedan de rodillas ante la infraestructura privada de la nube.
Se hace inevitable el choque entre el Estado vs. El Algoritmo
¿Y por qué la utopía de la ultraderecha va a chocar de frente con esta realidad? Porque sus líderes creen que controlan las herramientas con las que llegaron al poder. Bukele gobierna a golpe de tuit y Milei se convirtió en un fenómeno de masas gracias a los videos de TikTok y las transmisiones de YouTube. Creen que el algoritmo es su aliado.
Pero la realidad es que son inquilinos en tierra ajena.
| Fuerza Política (Nueva Ultraderecha) | Fuerza Tecnológica (Tecnofeudalismo) |
| Busca el control territorial y la soberanía del Estado. | Opera de forma supranacional, por encima de las fronteras. |
| Utiliza la narrativa del orden y la tradición local. | Se nutre de la atención global, la novedad y el consumo. |
| Intenta controlar los flujos financieros tradicionales. | Domina las economías de plataformas y los activos digitales. |
| Cree que usa las redes sociales como megáfono. | Es dueña del megáfono y puede «desplataformar» a cualquiera. |
Si un gigante tecnológico decide que los discursos de un líder político violan sus términos de servicio, tiene el poder de borrarlo del mapa digital. Al ser exiliado de los servidores, ese líder deja de existir en la vida pública. El látigo digital ya no lo ejercen los soldados en la calle, sino las líneas de código diseñadas en California o Pekín.
Existe un futuro en disputa, la idea de que se puede gobernar un país en el siglo XXI cerrando fronteras y controlando la prensa local de manera tradicional es una fantasía nostálgica. El capitalismo tecnocrático de los nuevos señores de la nube no va a permitir que la manipulación de recursos de la ultraderecha frene su maquinaria de extracción de datos. La tecnología, por su propia naturaleza, desborda los intentos de control total de cualquier gobierno.
El verdadero peligro de nuestro tiempo no es solo si el próximo líder de un país será un autoritario de derecha o de izquierda. La pregunta de fondo, la que de verdad debería asustarnos, es mucho más profunda: ¿Quién va a controlar a los dueños de la tecnología? Si los Estados no empiezan a reclamar su soberanía digital y a crear infraestructuras independientes, las democracias—y los proyectos políticos de cualquier signo—terminarán siendo simples adornos en un mundo gobernado por los dueños de la nube.



Muy buen escrito. Mil grácias por actualizarnos y aterrizárnos sobre la luchas entre poder de la tecnología y las grandes corporaciones atesorando los datos de la humanidad, muy preocupante el tecnofeudalismo, muy nos retrocede a épocas donde el poder era de unos pocos adinerados, contra los que no habia nada que hacer. La pregunta sobre quien va a controlar la tecnología, no solo es preocupante sino desesperanzadora, como siempre, nosotros como tercermundistas estaremos fuera del círculo del poder, sometidos a las decisiones que un puñado de magnates decida sobre nuestro futuro, decisiones tomadas sin nuestro conocimiento y aprobación. Mil saludos y bendiciones.
Un poder que está en todas partes y en ninguna- algo así como la ignota divinidad de los teólogos- es imposible de controlar. Sólo la arrogancia y ceguera de los políticos puede hacerles creer que tienen en sus manos las riendas de no se sabe qué, ahora que los estados se desvanecieron y los países son entelequias al servicio de las grandes corporaciones. Por eso, pensar la economía y la política ( o la economía política) bajo parámetros tan básicos como las «reglas» de la democracia con su falacia del equilibrio de poderes o las «leyes » del mercado es enfrentarse a un enemigo poderosísimo con armas del sigo XIX. Tendremos que cambiar la estructura de nuestras mentes si queremos conservar un reducto de lucidez que nos permita ser sujetos transformadores y no meros apéndices de esa enorme máquina que hoy controla nuestras vidas desde aspectos tan básicos como pagar el mercado con una tarjeta.