Tengo fe fundada en que el nuevo gobierno a iniciarse el próximo 7 de agosto, cortará de tajo el nudo gordiano que a través de los 200 años de nuestra historia republicana, ha impedido el avance, firme y seguro de nuestro progreso y desarrollo. Si bien la política es la actividad orientada a organizar la convivencia humana, gestionando el poder y resolviendo conflictos de manera pacífica dentro de la sociedad, teniendo como principal objetivo la toma pulcra de decisiones en la administración de los recursos públicos, entre nosotros hizo carrera la politiquería, que es una práctica engañosa, truculenta y tramposa en la que se degradó. A diferencia de la política sana que busca el bien común, la politiquería se vale del poder del Estado para el beneficio personal y el enriquecimiento ilícito. Abelardo De la Espriella, elegido con la votación más alta que registre nuestra historia, se hizo elegir en contra de los partidos políticos, algo impensable en nuestra democracia. Trece millones de votos lo respaldan en su decisión, acuñada en una frase que tendrá todo el peso de su significado, en sus cuatro años de gobierno: “Yo no vine a hacer la política de siempre, vine a cambiarla para siempre”. Este lema central de su campaña resume su propuesta de romper con el sistema tradicional y erradicar las viejas prácticas corruptas del país. No será fácil pero lo logrará. Así como se hizo elegir sin los partidos, que como dijimos unas líneas arriba era algo impensable, su propósito de transformar a Colombia contará finalmente con el respaldo unánime del país político y nacional, dada su férrea insistencia e indeclinable determinación. Sin haber ocupado ningún cargo de elección popular ni ejercido puesto público alguno, se revela como un verdadero “outsider” que de entrada derrotó a un corrupto gobierno, enquistado en nuestra trayectoria democrática, y que a base de dinero y puestos, pretendió quedarse para seguir gobernando en cuerpo ajeno. La elección de su fórmula vicepresidencial, José Manuel Restrepo Abondano, como la escogencia de los integrantes de su gabinete ministerial, auguran desde ya un éxito pleno en la transformación de una nación, que sin pérdida de tiempo, se apresta a recuperar el valioso tiempo perdido, en este y otros gobiernos del pasado. Su decisión de descentralizar el gobierno, trasladando periódicamente el despachando presidencial a las distintas regiones del país, buscando un canal directo con alcaldes y gobernadores, acerca y facilita la solución a muchísimos problemas de los municipios y departamentos, que ya no tendrán que rogar para ser atendidos en la Casa de Nariño. Esta política territorial va de la mano con una reestructuración administrativa de la presidencia, para crear un “centro de coordinación ejecutiva”, que agilice los trámites para la rápida atención de los problemas locales, lo que redundará en beneficio de la dinámica de poder. Con esta reestructuración, los alcaldes y gobernadores no necesitarán de los congresistas para gestionar recursos ni plantear soluciones a sus comunes problemas. De ahí, el título de la columna, pues esta metáfora describe como el nuevo presidente abordará de manera directa y sin evasivas los innumerables desafíos con determinación y coraje. Coger el toro por los cachos, marcará la diferencia entre el pasado y el presente, dejando atrás 200 años de centralización administrativa, para mostrar un mandatario dispuesto a cambiar la política para siempre.
Alberto Zuluaga Trujillo. Alzutru45@hotmail.com



Nuestra Esperanza y confianza está puesta en el presidente elegido Abelardo y su vicepresidente José Manuel que con claridad y sin rodeos buscarán organizar la Patria Milagro.