EL DÍA QUE EL CAMPO SE QUEDÓ SIN HIJOS

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«Ninguna región puede vivir mucho tiempo de lo que sus hijos producen… lejos de ella.»

Cada último viernes del mes, la Plaza de Ferias de Santa Rosa de Cabal vuelve a llenarse de ganado, caballos, comerciantes y productores. A primera vista, pareciera que nada ha cambiado. Todavía se oyen conversaciones sobre genética bovina, precios del ganado y el estado de los pastos. Todavía se cierran negocios con la misma cordialidad campesina que durante décadas caracterizó estas tierras.

Pero basta conversar unos minutos con quienes llevan toda una vida en el campo para escuchar una frase que se repite con preocupante frecuencia:

«Mis hijos ya no quieren quedarse en la finca.»

Y quizás esa sea la noticia más importante que hoy tiene el Eje Cafetero.

Durante buena parte del siglo XX, Risaralda construyó su prosperidad alrededor de la tierra. El café hizo famoso al territorio, pero nunca estuvo solo. La ganadería, la producción lechera, el plátano, la caña panelera, los equinos, la porcicultura y decenas de actividades agropecuarias dieron empleo, riqueza y estabilidad a miles de familias.

Santa Rosa de Cabal es un buen ejemplo de esa historia. Durante décadas albergó una de las ferias ganaderas y equinas más importantes del Viejo Caldas. No era simplemente un mercado de animales. Allí se definían precios de referencia para buena parte del occidente colombiano, se intercambiaban reproductores de alta calidad y se fortalecían relaciones comerciales que abastecían haciendas, carnicerías y lecherías de toda la región. La feria era, en muchos sentidos, el termómetro de una economía que giraba alrededor del campo.

Pero esa región ya no existe.

El Banco de la República ha documentado cómo Risaralda pasó de ser una economía predominantemente agrícola a otra basada, sobre todo, en el comercio y los servicios. El café dejó de ser el eje articulador de la economía regional y, aunque ese cambio permitió diversificar la actividad económica, también dejó al agro perdiendo protagonismo en la generación de riqueza y empleo de calidad. Hoy es una región que depende económicamente de las remesas, es decir, no producimos ni para vivir, vivimos de lo que mandan de afuera del país.

Mientras Pereira crecía como ciudad comercial, universitaria y de servicios, municipios tradicionalmente rurales comenzaron a enfrentar un fenómeno silencioso: el envejecimiento de sus productores. Hoy resulta cada vez más difícil encontrar jóvenes que quieran quedarse cultivando café, criando ganado o administrando una finca familiar.

Y la pregunta es inevitable:

¿Quién cultivará el campo dentro de veinte años?

Muchas veces se culpa únicamente a las nuevas generaciones. Pero quizá estamos haciendo la pregunta equivocada. Los jóvenes no están rechazando la tierra. Están rechazando un modelo económico que, en demasiados casos, dejó de ofrecer oportunidades.

Trabajar en el campo significa enfrentar altos costos de producción, incertidumbre climática, dificultades para acceder a crédito, problemas de comercialización y márgenes de rentabilidad cada vez más estrechos. Mientras tanto, las ciudades, o incluso otros países, ofrecen ingresos más estables y mayores posibilidades de crecimiento profesional.

No es casual que Risaralda sea también uno de los departamentos donde las remesas han adquirido un peso creciente en la economía de muchos hogares. Miles de familias dependen hoy, en parte, del dinero enviado por hijos y familiares que emigraron buscando oportunidades que aquí no encontraron. Ese flujo de recursos ha sostenido el consumo y mejorado el bienestar de muchas familias, pero también plantea una pregunta incómoda:

¿qué pasa cuando una región depende cada vez más de lo que producen sus habitantes fuera de ella?

No se trata de descalificar las remesas. Han sido un soporte fundamental para miles de hogares. El problema aparece cuando sustituyen la capacidad del territorio para generar riqueza propia. Porque ninguna economía regional puede sostenerse indefinidamente consumiendo más de lo que produce.

Aquí es donde la vieja Feria Ganadera de Santa Rosa de Cabal y las de toros municipios de la región, adquieren un nuevo significado.

Ya no representa únicamente una tradición campesina. Representa el recuerdo de una región que sabía producir. Y esa diferencia es enorme. El desafío no consiste en regresar al campo de hace cincuenta años. Ese mundo ya cambió.

El verdadero reto es construir un campo del siglo XXI. Un campo donde un joven pueda encontrar un proyecto de vida.

Un campo con agroindustria, transformación de alimentos, tecnología, agricultura de precisión, inteligencia artificial aplicada al agro, riego inteligente, logística eficiente, exportación de productos con valor agregado y turismo rural bien estructurado.

No basta con producir leche. Hay que producir quesos. No basta con vender café. Hay que vender marca, experiencia y valor agregado. No basta con sembrar aguacate. Hay que participar en toda la cadena de transformación y comercialización. Esa debería ser una gran política regional.

Porque el futuro del Eje Cafetero no está en escoger entre turismo o agricultura. Está en entender que ambos pueden complementarse. Los turistas vienen buscando precisamente aquello que el campo conserva: paisaje, cultura, gastronomía, tradición y autenticidad.

Sin productores rurales, tampoco habrá paisaje cultural cafetero. Sin relevo generacional, tampoco habrá territorio que mostrar. Tal vez por eso la pregunta más importante no sea cuántos turistas recibiremos el próximo año.

La verdadera pregunta es mucho más sencilla:

¿Quién heredará las fincas?

Porque el día que el campo se quede definitivamente sin hijos, no solo perderemos una actividad económica. Perderemos una parte esencial de lo que somos como región. ¿Se convertirán todas en veraneaderos y para ver el campo real iremos a Panaca?

Mas escritos, reflexiones y contenido del autor en: https://blogvidasabatica.blogspot.com/

* Ingeniero Ambiental y Economista, especialista en Planificación y Administración del Desarrollo Regional y Magíster en Medio ambiente y Desarrollo. Académico e investigador.

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