Con la partida de don Alfonso Lizarazo no solo desaparece una de las figuras más queridas de la radio y la televisión colombianas; también se cierra un capítulo entrañable de la memoria afectiva de varias generaciones.
Su voz acompañó hogares, alegró jornadas y convirtió el entretenimiento en un puente de cercanía con millones de compatriotas.
Colombia despide a un comunicador excepcional, pero, sobre todo, a un hombre que supo ganarse un lugar permanente en el corazón de su pueblo.
Las audiencias cambian, los formatos evolucionan y las modas pasan. Lo que permanece es la huella de quienes lograron trascender la pantalla y el micrófono para convertirse en parte de la vida de la gente.
Don Alfonso deja este mundo, pero no abandona la historia. Su nombre queda inscrito en esa reducida galería de colombianos que lograron algo más difícil que la fama: el afecto sincero de un pueblo entero. El ícono de los medios de comunicación y de la farándula se ha silenciado; la gratitud de Colombia, jamás.
Paz en su tumba. Honor a su memoria. Y gracias por haber hecho más amable la vida de millones de compatriotas.
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* Periodista y corrector de estilo.
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