Hay una pobreza más grave que la económica: la pobreza de visión.
Esa es, quizás, la mayor deuda que durante décadas han acumulado buena parte de quienes han gobernado Pereira y Risaralda y de quienes, elección tras elección, aspiran a dirigir los destinos de esta región.
Desde 1979, siendo redactor de noticias y columnista, advertíamos que Pereira crecería hasta convertirse en un gran conglomerado urbano. Por ello propusimos una idea que entonces parecía lejana: reservar desde ese momento una franja para el futuro metro del Área Metropolitana.
No era un ejercicio de imaginación. Era planificación.
Cuarenta y siete años después, la ciudad terminó creciendo exactamente como se preveía. La expansión urbana llegó del oriente, del occidente, a Galicia, Cerritos, Parque Industrial, Combia, y Dosquebradas, que hace décadas eran periferia. La movilidad dejó de ser un problema ocasional para convertirse en una crisis cotidiana.
Hoy circulan diariamente cientos de miles de personas provenientes del Área Metropolitana, del occidente de Risaralda, del norte del Valle, del occidente de Caldas y de otras regiones. Esa población flotante, estimada en más de un millón de personas, supera ampliamente la capacidad de una infraestructura vial concebida para una ciudad mucho más pequeña.
Y, sin embargo, seguimos improvisando.
Lo más preocupante no es el problema. Lo verdaderamente grave es que nadie parece estar pensando en resolver el de los próximos treinta años.
Las campañas electorales se han convertido en una competencia por anunciar pequeñas obras, repartir promesas inmediatas y administrar presupuestos. Muy pocos hablan de construir para el futuro.
Gobernar no es inaugurar placas.
Gobernar es dejar proyectos que transformen generaciones.
Hace trece años insistimos en otra propuesta estratégica: construir un segundo viaducto que partiera del puente helicoidal, cruzara la vereda El Chocho y desembocara en la glorieta de salida hacia Armenia, permitiendo desviar buena parte del transporte de carga y de pasajeros que se dirige hacia el Tolima, Huila, Cundinamarca y el oriente colombiano.
La idea fue escuchada… y archivada.
Como también quedó relegada la necesidad de desarrollar un sistema de cable aéreo que conecte el centro de Pereira con el corredor de la Avenida de los Colibríes y Galicia, una obra que cobrará aún mayor importancia con la entrada en funcionamiento del hospital de cuarto nivel.
No son propuestas caprichosas.
Son proyectos que cualquier ciudad con visión de futuro estaría discutiendo seriamente.
Lo preocupante es que ninguno de los candidatos de ayer, ni muchos de los que hoy gobiernan, ni quienes ya empiezan a recorrer barrios buscando votos para las próximas elecciones, parecen tener la grandeza de pensar en una Pereira del año 2050.
Da la impresión de que algunos aspiran al poder únicamente para administrar el presupuesto, cortar cintas, inaugurar pequeñas obras y sobrevivir políticamente durante cuatro años.
Eso no es liderazgo.
Eso es administración rutinaria.
Pereira y Risaralda necesitan estadistas, no simples administradores.
Necesita dirigentes capaces de imaginar una ciudad donde el transporte masivo incluya metro, cable aéreo, nuevas conexiones viales y corredores que respondan al crecimiento demográfico de toda la región.
Las grandes ciudades no nacieron por casualidad.
Fueron el resultado de decisiones valientes tomadas décadas antes.
Todavía estamos a tiempo de corregir el rumbo.
Pero cada elección perdida sin visión estratégica acerca más el momento en que nuestros hijos y nietos nos preguntarán por qué nadie tuvo el coraje de pensar en grande cuando todavía era posible hacerlo.
Ojalá algún candidato recoja este desafío.
Porque administrar el presente puede ganar una elección.
Construir el futuro es lo que hace historia.


