UN NUEVO AMANECER

OpiniónUN NUEVO AMANECER

Por Luis Alberto Martínez

Eran las 7:34 minutos de la mañana del lunes 10 de agosto de 2026.

Las primeras sombras de aquel amanecer fueron normales. No existía ningún presagio, ni de bien ni de mal; todo era calma, la rutina seguía su curso habitual.

De pronto, sin que nadie lo esperara, un movimiento brusco y terrible de la tierra hizo estallar un grito de terror; y el clamor a Dios hizo eco en todos los corazones de la gente, que, entre sollozos y lágrimas, veía llegar los vendavales de la desgracia.

Fueron segundos eternos e interminables. La tierra se movía con violencia, en una demostración de poder, sembrando pánico, muerte y desolación.

La angustia, el llanto, los gritos interminables y el tumulto en las calles eran las sombras del terror y el miedo que se apoderaban de la población, mientras muchos sepultaban sus lágrimas en profundos sollozos. Era el retrato tenebroso de la muerte.

Después de aquel violento movimiento sísmico, pasamos a ver aquella dantesca ola de destrucción: grandes edificaciones que eran, en cierto modo, centros comerciales y, en la mayoría de los casos, edificios de apartamentos habitados por familias que, lamentablemente, muchas de ellas ahogaron su último aliento bajo pesados escombros.

Hoy se escucha el grito agónico de quienes han quedado en la calle, buscando albergue y comida en noches monótonas, aferrados a sueños de esperanzas.

Los almacenes y negocios en general sucumbieron ante el trágico acontecimiento. El desempleo giró en torno a una dramática incertidumbre y desesperación.

Todo me duele. Mi corazón late a un ritmo acelerado; mi alma está acongojada y triste por aquellos que todo lo perdieron… Sus Seres Queridos y sus pertenencias. Todo quedó sepultado en el hondo abismo de la devastación.

Los pequeños y grandes centros de comercio, los vendedores ambulantes y las miles de personas que quedaron sin empleo quienes constituían la base del sustento familiar, todos ellos quedaron sumidos en sombras de tristeza; una penumbra vaga y cruel.

Hombres, mujeres y niños soportando dolores y padecimientos sufridos en silencio.

Ante la dimensión de la tragedia vivida en diferentes regiones del país, varios gobiernos de naciones amigas han enviado auxilios de todo tipo, en una demostración de solidaridad y compromiso con el bienestar de los afligidos.

Los topos humanos, hombres osados y valientes, buscando rescatar con vida a quienes luchan por sobrevivir entre los vendavales de la desgracia; rescatistas, voluntarios, mujeres valientes y abnegadas lo han dado todo, rastreando entre las ruinas un hálito de aliento que permita exclamar: ¡Hay vida, hay vida!.

La asistencia humanitaria, con alimentos, medicinas, ropa, mantas, carpas y colchones, ha sido pieza fundamental en esta lucha por la vida.

Los hospitales, clínicas, organismos oficiales y no oficiales, centros asistenciales, médicos y autoridades policiales, todos han sido esenciales en estos días de calamidad, cuando el retrato lúgubre de la muerte aún ronda por los pasillos de nuestras vidas.

El gobernador de Risaralda, Juan Diego Patiño y el alcalde de los pereiranos, Mauricio Salazar, no dan descanso ni tregua en sus labores en estos tiempos de desastre. Ellos han consolidado una luz de esperanza para todos los que han sufrido las consecuencias de esta catástrofe, con la confianza de que, en un tiempo no lejano, encontremos todos UN NUEVO AMANECER.

A mis colegas y amigos, bendiciones.

Atte. LAM

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