Cuando la tierra nos recuerda que somos frágiles
El terremoto no solo sacudió muros y carreteras: estremeció conciencias. Tras cada cataclismo, los relatos suelen abrir con la contabilidad del desastre: muertos, heridos, desaparecidos, pérdidas materiales. Esa aritmética del dolor, ya difundida y constantemente actualizada, no será mi punto de partida.
Hoy quiero detenerme en otra dimensión: la fragilidad humana que, en medio del cataclismo, nos iguala y nos sienta a la misma mesa, poderosos y desposeídos. Esa fragilidad que se revela cuando, frente a la tragedia, todos nos inclinamos en súplica, buscando en Dios —o en lo que Él representa— un respiro de piedad.
¡Cuánta humildad nos hace falta! La palabra comparte raíz con humillación en el latín humus —tierra—, pero mientras la humildad es virtud que engrandece, la humillación es sometimiento que degrada. Quien conserva la humildad no puede ser humillado, y si alguien lo intenta, recordará las palabras bíblicas: “el que se humilla será ensalzado”.
A los nuevos funcionarios les faltó humildad para acercarse a sus antecesores y unir fuerzas en aras de salvar vidas. El empalme, natural en toda transición, fue impedido por egos desbordados. La soberbia ignoró que la vida es un soplo, un milagro que se renueva en cada amanecer. Y en esos primeros minutos vitales, se perdió tiempo precioso en recriminaciones y espectáculos vanos.
Barcos hospitales fondeados por ignorancia, recursos económicos y jurídicos desaprovechados, servidores públicos ausentes de sus responsabilidades. El afán protagónico y la inexperiencia se sumaron a la arrogancia. Perdimos días para salvar vidas.
Pero la emergencia también reveló lo mejor de nuestra condición humana: niños convertidos en rescatistas, barras bravas y primera línea transformados en voluntarios, vecinos que donan sin preguntar, héroes anónimos que levantan esperanza entre los escombros. Ellos son los ángeles que el cielo ha puesto en nuestro territorio para recomponer lo roto, no solo en la capa magmática, sino en nuestros corazones.
Luis Fernando Cardona Director de El Opinadero


