Por Javier Ríos Gómez
Durante buena parte del último año, Colombia convivió con un fenómeno que muchos celebraron sin comprender del todo: un peso fortalecido más allá de lo razonable. La narrativa dominante hablaba de confianza, estabilidad y disciplina fiscal. Sin embargo, bajo esa superficie se escondía una distorsión que tarde o temprano debía corregirse. El dólar, que llegó a tocar niveles cercanos a los $3.150, no estaba reflejando la realidad económica del país, sino una combinación de factores coyunturales que ya comenzaron a desvanecerse.
El Banco de la República lo entendió y actuó. La intervención mediante Operaciones de Mercado Abierto (OMAS), con compras directas de dólares financiadas por la colocación de TES en pesos, no es un movimiento técnico aislado. Es una señal de política económica. El Emisor decidió reconstruir reservas internacionales a precios históricamente bajos y, al hacerlo, reconoció que el país no puede seguir navegando con un tipo de cambio que castiga exportaciones, abarata importaciones de manera artificial y debilita la competitividad industrial.
El peso fuerte, una ilusión que ya no podía sostenerse
La apreciación del peso fue celebrada por algunos sectores, especialmente aquellos dependientes de insumos importados. Pero esa celebración ignoró un hecho fundamental: un dólar demasiado barato desordena la estructura productiva. Los exportadores pierden margen, los productores nacionales compiten en desventaja frente a bienes importados y el país se vuelve vulnerable a salidas súbitas de capitales especulativos.
El peso fuerte no era un síntoma de salud, sino un espejismo. Y como todo espejismo, desapareció cuando las condiciones que lo sostenían comenzaron a cambiar: reducción del carry trade, tensiones geopolíticas, persistencia inflacionaria y un entorno global que favorece al dólar como activo refugio.
La corrección del dólar, un retorno al equilibrio
La intervención del Banco de la República no busca disparar el dólar, sino permitir que regrese a su nivel natural. Ese nivel, según los modelos más consistentes, se ubica entre $3.700 y $4.000. Es la franja donde los sectores productivos pueden coexistir sin que unos subsidien a otros y donde la inflación encuentra un punto de contención.
– Por debajo de $3.400, el país pierde competitividad.
– Por encima de $4.000, la inflación se recalienta.
– Entre $3.600 y $3.900, la economía se estabiliza.
Este rango no es una proyección optimista ni un deseo político: es el resultado de analizar los flujos comerciales, la estructura de costos, la dinámica inflacionaria y el comportamiento histórico del tipo de cambio en Colombia.
El impacto para quienes reciben ingresos en dólares, una ventaja estratégica
En medio de este reacomodo, hay un grupo que debe leer el momento con especial atención: quienes trabajan con empresas norteamericanas y reciben ingresos en dólares. Para ellos, la corrección del tipo de cambio no es una amenaza, sino una oportunidad.
Cada dólar que ingresa al país recupera valor en pesos. La capacidad de ahorro aumenta. El ingreso real se fortalece sin necesidad de renegociar contratos. Y, en un entorno donde la inflación sigue siendo un desafío, recibir divisas se convierte en una forma de blindaje natural.
Tres efectos se destacan:
– Aumento del ingreso real en pesos, sin ajustes contractuales.
– Mayor capacidad de ahorro, especialmente en instrumentos locales.
– Protección frente a la inflación interna, que se modera cuando el tipo de cambio se estabiliza.
El riesgo no está en la subida del dólar, sino en la volatilidad. Si el tipo de cambio supera los $4.000, el ingreso en pesos crece, pero también lo hace el costo de vida. La clave será anticipar movimientos, evitar compromisos financieros de largo plazo y leer con cuidado las señales del Banco de la República.
El dólar como barómetro de política económica
El dólar dejó de ser un termómetro del mercado para convertirse en un barómetro de política económica. Su comportamiento revela tensiones, decisiones y prioridades. La intervención del Emisor no busca manipular el mercado, sino corregir una distorsión que ya estaba afectando la estructura productiva del país.
Colombia entra en una fase donde el tipo de cambio será más volátil, pero también más honesto. El dólar recuperará terreno, el peso cederá presión y la economía buscará un punto de equilibrio que permita crecer sin sacrificar competitividad.
El viento sopla a favor, pero exige inteligencia económica
Para quienes reciben ingresos en dólares, el mensaje es claro: el viento sopla a favor, pero exige atención, estrategia y lectura fina del entorno. Para el país, la lección es más profunda: la estabilidad no se construye con un peso artificialmente fuerte, sino con instituciones que entienden cuándo intervenir y cuándo dejar que el mercado respire.
El dólar colombiano está entrando en su fase de corrección. No es una crisis, no es un sobresalto, no es un giro inesperado. Es el retorno a un equilibrio que nunca debió perderse.


