Caminaba solo por el trayecto de un kilómetro de distancia entre mi casa y la portería de un condominio del corregimiento de Cerritos. El silencio habitual de la zona se vio interrumpido de súbito por un ruido extraño, sordo y amenazante, que provenía de mi izquierda, oculto tras el matorral de un predio vecino. Mi primer instinto fue pensar en una explosión; imaginé una pipa de gas a punto de estallar o alguna contingencia similar y, por instinto de supervivencia, apuré el paso. Sin embargo, la realidad era más implacable y escapaba a cualquier accidente humano. Lo que se me venía encima, rugiendo, era la mismísima onda sísmica proveniente del Chocó.
De repente, el mundo entero perdió su firmeza y todo empezó a moverse. La vía pavimentada, ese símbolo de solidez inquebrantable sobre el cual transitamos a diario, comenzó a moverse en ondas, imitando el vaivén del agua o el latigazo de una gruesa soga cuando se amarra a un poste y se agita desde el otro extremo; en cierto momento pareció como si alguien, por maldad, hubiera empezado a sacudirla con más fuerza.
Después, el suelo comenzó a columpiarse de un lado a otro y, de nuevo, volvió a ondear de forma violenta, como las olas del mar embravecido. El movimiento de la tierra era furibundo y veloz, reptando bajo mis pies como una serpiente en cacería, un fenómeno que nunca en mi vida había visto, como no fuera a través de los efectos especiales de las películas. Pensé, dominado por el pánico, que la vía se iba a partir en dos e irremediablemente me tragaría la tierra.
A esta angustia paralizante de sentir el fin del mundo bajo mis zapatos, se sumó el terror más profundo por el bienestar de mi esposa Adriana Mercedes. Ella se encontraba en casa, sola, y temía que no hubiera salido porque es una mujer calmada, valiente e incluso practicante de deportes extremos, capaz de ponerle la cara al peligro con pasmosa tranquilidad. Mi mente proyectó el escenario fatal de la edificación desplomada sobre ella. Por fortuna la estructura resistió y la tragedia no alcanzó nuestro hogar, pero en esos segundos eternos la sensación fue la de estar atrapado en el clímax de una película de terror o en medio de un escenario apocalíptico.
A lo largo de mi vida he estado presente en diversos terremotos. Tengo grabado a fuego el recuerdo del sismo de 1999, aquel hito trágico que causó inmensos daños a Pereira y destruyó gran parte de Armenia. Recorrí en su momento la capital del Quindío, presencié en la sede de los Bomberos el rescate del cadáver del subcomandante, visité en horas de la noche el centro de la ciudad que espantaba por la pesadez de su soledad, y fui testigo del horror absoluto al ver cómo arrojaban cadáveres en un lote de Calarcá como si fueran simples cosas desechables. Pero aun llevando a cuestas esa macabra experiencia, debo confesar con absoluta franqueza que jamás había experimentado un terror tan grande y paralizante como el del terremoto del 10 de agosto de 2026.
Cuando por fin reuní el valor suficiente para recorrer el centro de Pereira, el estremecimiento regresó a mi cuerpo y sentí deseos incontenibles de llorar al presenciar la magnitud de la destrucción. La cruenta realidad de las calles supera con creces las devastadoras imágenes que circulan por internet.
Para quienes somos pereiranos, el dolor tiene un agravante insoportable; no solo vemos las ruinas de concreto y acero, sino la historia entrañable que yace detrás de esas ruinas. Me quedé congelado al observar el edificio Invico, cuya demolición, según se dice, resulta inminente. Recordé de golpe todo lo que esa edificación simboliza, erigiéndose durante décadas como uno de los ejes de la identidad urbana. Me dolió en el alma ver tantos comercios destruidos, incluyendo dos hoteles de cuyas ruinas emanaba un perturbador olor a muerto.
A este panorama desolador se sumó la tragedia ocurrida en el Aeropuerto Internacional Matecaña. Recibir las dolorosas noticias y observar los inmensos daños generó un profundo temor ante la posibilidad de que la ciudad perdiera su terminal aérea. No se trata únicamente de un espacio logístico y altamente estratégico para la región; el aeropuerto es un emblema de nuestro empuje, una obra monumental que fue concebida, financiada y levantada a pulso por el legendario civismo pereirano. Pensar que el esfuerzo titánico de nuestros antepasados, quienes de ladrillo en ladrillo forjaron nuestra conexión con el mundo, pudiera sucumbir ante la furia del sismo, resultaba un golpe directo al corazón y al orgullo de cualquier risaraldense que se respete.
El terremoto del 10 de agosto fue tan tenebroso que los contemporáneos con quienes he compartido esta amarga experiencia coinciden plenamente conmigo en una afirmación categórica: ha sido el peor de nuestras vidas. Fue un sismo tan desproporcionadamente fuerte y prolongado que hasta los muertos se salieron de sus tumbas, quedando sus ataúdes al descubierto cuando se desplomaron algunas de las galerías en el cementerio central. Hoy, mientras intentamos recoger los pedazos de esta amada ciudad, solo tengo una certeza palpitando en el pecho: desde lo más profundo de mi ser, no quiero volver a experimentar una pesadilla similar.
Juan Fernando González Giraldo


