De la solidaridad espontánea a la piedra que aún falta por pulir
Por Álvaro Gómez Escalante
La Real Academia Española define milagro como aquel suceso que rebasa las leyes de la naturaleza y solo se explica por una causa que las excede. Cuesta trabajo, sin embargo, imaginar algo más ceñido a la administración pública que un fondo de reconstrucción: una cuenta, un gerente, un cronograma. Pero así decidió llamarlo el Gobierno Nacional al mecanismo que canaliza los recursos para levantar de nuevo lo que el sismo de magnitud 7,4 del 10 de agosto de 2026 derribó en el occidente colombiano, con Pereira entre las ciudades más golpeadas: Fondo Milagro.
La primera vez que leí ese nombre no me pareció una metáfora feliz sino una confesión involuntaria: solo apelando a lo milagroso se explica que, en un país donde la corrupción ha demostrado su capacidad de convertir el cemento en arena y el presupuesto público en patrimonio privado, alguien se atreva todavía a prometer que esta vez sí. Lo digo con la cautela de quien se acerca a una piedra que aún no sabe cómo pulir, una inquietud que me habita desde hace un mes.
Porque el verdadero milagro —me atrevo a decirlo— no lo veremos en las cifras que administren Jaime Andrés Uribe y Ana María Cuartas desde el Fondo Milagro, sino que ya ocurrió, silenciosamente, horas después del sismo: cuando miles de pereiranos, sin que nadie se los ordenara ni les pagara, salieron a remover escombros con sus propias manos, a cocinar ollas comunitarias, a levantar albergues improvisados, a donar agua, ropa y artículos de aseo que a ellos mismos les hacían falta. Ese gesto —repetido, anónimo, multiplicado— no estaba en ningún plan de contingencia. Simplemente afloró, como el agua subterránea cuando la tierra se abre.
Y aquí la reflexión se vuelve incómoda, porque la historia de los desastres enseña que esa generosidad colectiva, por genuina que sea, suele tener fecha de caducidad. En su libro Un paraíso en el infierno, la escritora Rebecca Solnit documentó cómo, tras terremotos, huracanes y atentados en distintas ciudades del mundo, surgieron durante días o semanas comunidades extraordinariamente solidarias, casi utópicas, que luego se disolvieron casi tan rápido como aparecieron. No porque la gente deje de ser solidaria, sino porque desaparece la urgencia que las unía. ¿Le ocurrirá lo mismo a Pereira? ¿Seguirá esta ciudad siendo solidaria dentro de un año, cuando los escombros ya no estén a la vista? ¿Basta con haber ayudado una vez para decir que somos, como pereiranos, solidarios? ¿O el ser solidario —como el ser atleta— exige práctica sostenida, método, resultados que se sostengan en el tiempo? ¿Se hereda la solidaridad, se enseña, o simplemente se olvida? ¿Ocurrirá de nuevo «el milagro»?
No tengo respuesta cerrada, y sospecho que nadie la tiene todavía. Pero me atrevo a plantear que, si queremos que lo vivido se convierta en algo más que un buen recuerdo, si queremos reconstruir Pereira no solo con más concreto sino con una mejor y sostenida manera de habitarla, la tarea urgente de reconstruir la infraestructura, el comercio y el tejido social debe ir acompañada de otra, menos visible pero igualmente importante: sembrar y consolidar esa solidaridad, esa búsqueda del bien común, allí donde el carácter humano realmente se forma, allí donde los valores se aprenden, que no es otro lugar que la primera infancia, formando buenos ciudadanos, sujetos morales estructurados y libres. Porque no será el cemento nuevo, por resistente que sea al próximo temblor, lo que sostenga a esta ciudad, sino el carácter de quienes la habiten: el sujeto moral, el buen ciudadano formado desde la cuna, es el verdadero camino hacia la Pereira que anhelamos.
Para que esa siembra prospere, me parece que se requieren, al menos, tres condiciones.
Primera: esa formación debe empezar temprano, como decisión deliberada. La filósofa Hannah Arendt llamó natalidad (La condición humana, 1958) a la capacidad que cada ser humano recién nacido trae de comenzar algo nuevo, de no repetir sin más lo ya hecho; la ciudad entera puede, en sentido estricto, volver a nacer cada vez que un niño crece en ella; si alguien se ocupa de que aprenda, jugando, que ayudar al otro es la manera ordinaria de estar en el mundo, que el bien común prima sobre el interés particular. Esa intuición se completa con lo que la filósofa Adela Cortina ha llamado ética cívica (Ética mínima, 1986): los mínimos morales – de justicia, de reconocimiento del otro, de responsabilidad por lo común – que toda sociedad plural necesita que sus nuevos ciudadanos interioricen como convicción propia, y no como obediencia impuesta desde afuera. Los primeros años de vida son – y en ello coinciden la pediatría y la psicología del desarrollo – el período en que se fijan con mayor fuerza las disposiciones morales que después costaría toda una vida modificar.
Segunda: esa formación debe volverse política sostenida, no programa de coyuntura. Aquí cobra sentido integrar, como ejemplo concreto, el trabajo que desde antes del terremoto adelanta el Grupo Crisálida con su proyecto de Formación de Formadores en ciudadanía para la primera infancia: un esfuerzo que no nació del sismo, pero al que la coyuntura le ofrece ahora una oportunidad de implementación. Un programa así, dirigido a maestras, cuidadores y familias, puede tomar lo recién vivido – la olla comunitaria, el rescate del vecino, el abrazo entre desconocidos – y convertirlo en material pedagógico para trabajar con los más pequeños el sujeto moral en formación y el cuidado del otro. El Fondo Milagro debe considerar un eje explícito de formación ciudadana desde la primera infancia —presupuestado, no simbólico—, apoyado en experiencias como la del Grupo Crisálida, para que esta memoria se siembre, con método, en cada Centro de Desarrollo Infantil (CDI) de la región, y cincelar así, de manera sólida e indeleble, en el ADN de la ciudad, esos valores que tan claramente se expresaron el 10 de agosto de 2026.
Tercera, y quizás la más incómoda: esa formación solo será efectiva si los adultos que de diversas maneras intervienen en el Fondo Milagro no repiten la historia que Colombia conoce de sobra. Entre 2016 y 2022, según un informe conjunto de Transparencia por Colombia y el Observatorio Fiscal de la Javeriana divulgado en 2024, la corrupción documentada costó 21,28 billones de pesos y afectó a 14,5 millones de ciudadanos, de los cuales casi una cuarta parte – niñas, niños y adolescentes – resultaron perjudicados porque los recursos desviados estaban destinados a programas para ellos. El contralor general de la República, Edgardo Maya Villazón, ha estimado en 50 billones anuales el costo del fenómeno para el país. Si los recursos del Fondo Milagro —30 billones a nivel nacional, 2 ya asignados a Pereira sobre un costo total que la Alcaldía estimó en 10 billones— corrieran una suerte similar a la de tantos «elefantes blancos», no solo se perdería el dinero: se le enseñaría a la niñez que la solidaridad de agosto fue una anomalía y la corrupción, la norma. Ninguna cartilla de valores sobrevive a esa lección.
No sé si el Fondo Milagro hará honor a su nombre; no me corresponde decidirlo. Todos esperamos que sí. Lo que sí creo es que a quienes han trabajado en formación ciudadana, investigación o academia les cabe insistir en que reconstruir el espacio físico sin sembrar, con método, ese carácter colectivo que se asomó entre los escombros sería la más costosa de las obras inconclusas.
Dejo abierta la invitación: que en cada mesa donde se discuta el futuro de Pereira se reserve, junto a la discusión de vigas, espacios y subsidios, un momento para preguntarse cómo estamos formando, qué le estamos enseñando hoy a quien apenas empieza a caminar sobre esta tierra que tembló.
Yo, por mi parte, apuesto a que ese es el verdadero milagro pendiente: no el que se decrete desde una gobernación, alcaldía o gerencia, sino el que se siembre, sujeto moral por sujeto moral, en cada aula de la primera infancia. El Grupo Crisálida sabe cómo.
Pereira, septiembre 10 de 2026.


