7: 34, EL MENSAJE OCULTO DE LOS NÚMEROS

OpiniónLiteratura7: 34, EL MENSAJE OCULTO DE LOS NÚMEROS

Todo está dispuesto según el número.
Pitágoras.

Las horas sirven para saber en qué momento del día transcurre nuestra vida. Sin embargo, hay horas que traen consigo el desastre y, con el tiempo, se convierten en un código misterioso. 7: 34 son tres números que jamás podrán olvidar los pereiranos, pues justo a esa hora del 10 de agosto del 2026 la tierra se sacudió como si no hubiera un mañana.

Después de la nostalgia que este terremoto incubó en lo más hondo de mi ser por la devastación de mi ciudad natal, una inquietud me hizo entrar en zozobra. Aclaro, por supuesto, que soy un hombre poco esotérico y, aún menos, agorero. No obstante, la hora registrada en los relojes, debo confesarlo, me obsesionó de tal modo que, en varias ocasiones, soñé con este mismo número que hoy me exige escribir estas palabras conspiranoicas.

Inquieto por naturaleza indagué, grosso modo, en torno a la hora del temblor (7: 34). La combinación resulta perturbadora y premonitoria a la vez.

El 7, número de la perfección, representa lo oculto, aquello que exige ser descubierto. El 3 corresponde a la manifestación, lo que se nos muestra; es decir, lo invisible que se expresa. El 4, y aquí radica lo paradójico, representa la materia, los cimientos, la estructura; o sea, la tierra, la casa que creemos estable.

Si este significado es certero y lo comprendemos con base en la numerología, 7-3-4 podría convertirse en una frase que trae consigo la sentencia del terremoto: lo oculto se manifiesta sobre la materia.

De hecho, al sumar los números (7 + 3 + 4 = 14) y al simplificarlos (1 + 4 = 5) se descubre algo aterrador: el 5 es, en el universo de los números, movimiento, inestabilidad, ruptura, cambio y, por consiguiente, transformación.

Esta coincidencia es, a mi modo de ver, asombrosa. Pero no se preocupen que no estoy loco. Soy consciente de que ningún estudio sismológico podrá demostrar que los números anuncian estas convulsiones que sacuden el planeta a cada instante, como tampoco ninguna operación numerológica predecirá cuándo la tierra intentará tragarnos de nuevo.

Aun así, hay algo difícil de evitar: jamás olvidaremos la hora ni la fecha que quedó asociada para siempre con nuestra tragedia. Incluso, el pasado 10 de septiembre estuve atento a esa hora de la mañana mientras trabajaba. Me puse alerta, miré las paredes y observé que el movimiento desaforado de los cables no fuese a anunciarme otra vez la debacle.

Imposible será desmontar los números, sumarlos, buscar significados en sus raíces profundas y descubrir si algo escondían. Hago estas elucubraciones que rayan con la demencia porque, quizá, resulta más llevadero imaginar que el universo nos dejó un código antes que aceptar que aquella mañana no había ningún mensaje que nos evitara la catástrofe.

A esa hora solamente era, para todos nosotros, una hora más en la que caían los minutos uno detrás del otro. Sin embargo, el 7 aludía a lo oculto; el 3 a aquello que se manifestaba; el 4 a lo que en apariencia estaba firme; el 5, escondido en la suma de todos ellos, delataba movimiento, el fuerte cimbronazo que nos sacudió hasta la sombra.

Por eso la tierra se movió. No porque los números lo hubieran predicho, sino, más bien, para anunciarnos que en cualquier momento puede ocurrir lo imposible, lo inesperado.

Losnúmeros, como es sabido por todos, sirven para contar, para medir, para identificar, para definir una fecha, el monto de una deuda, el cumpleaños de alguien o el asiento de un avión. Algunos números, sin embargo, también dejan de ser números y trascienden a significados más profundos. 7: 34, por ejemplo,nos dejó marcados a los pereiranos con una sentencia brutal:a veces, sin esperarlo, sederrumba todo lo que creíamos firme y eterno.

Y no se zarandearon solamente la tierra y las casas; se agitaron los recuerdos, las certezas, las prioridades. Y expongo esto porque ahora vale la pena revisar estos mismos números desde el ámbito humano.

A lo largo de la historia, el 7 siempre ha fascinado a los hombres porque, en muchas culturas y religiones, este número es el símbolo de la totalidad, la búsqueda y el misterio. Tal vez, por ello, el 7 representa lo que llevamos adentro y nadie alcanza a ver ni a descifrar. Es más: todos vivimos cargando, como Sísifo, algo en exceso pesado: una preocupación, una deuda, un amor no confesado, una conversación pendiente, una disculpa aplazada, un miedo, un sueño que postergamos para después.

Entonces un terremoto que no esperábamos desnuda una única verdad en el desastre: cuando creemos que podemos perderlo todo, descubrimos qué significa realmente todo. Eso es el 7: lo invisible, lo que teníamos adentro antes de que las paredes se vinieran abajo.

Después sigue el 3: yo, tú y nosotros, esas relaciones que conectan lo humano con el otro y con lo otro. Tal vez el vecino cuyo nombre jamás nos interesó hasta que tuvimos que abrazarlo para sentirnos protegidos; o el árbol que nos sirvió de barricada mientras la tierra se movía como un monstruo que quería engullirnos. Por tanto, el 3 es de vital importancia, pues los calamidades poseen una extraña capacidad para destruir algunas fronteras que nos impiden ser más amables y sensatos con la vida, propia y ajena. En el fondo, y de manera simbólica, yo necesito de ti y tú de mí para que florezca el encuentro entre nosotros.

El 4 tiene, en su grafía original, cuatro aristas que lo sostienen; por consiguiente, este número representa lo que creemos firme: nuestra casa, el trabajo, nuestro cuerpo, las rutinas, nuestra ciudad, la vida. Y, por esa misma seguridad del 4, nos levantamos cada mañana bajo una ilusión necesaria: creer que las cosas continuarán siendo como estaban y como fueron ayer. Por eso salimos de casa diciendo: “Nos veremos esta tarde”, sin determinar si, en efecto, regresaremos a salvo. Cuando la violencia de la tierra se materializa, descubrimos algo aterrador: la estabilidad y la firmeza no son propiedades del mundo; son simples y vanas sensaciones humanas. El planeta, en realidad, jamás ha estado quieto; fuimos nosotros quienes decidimos aquietarlo con nuestra estúpida seguridad.

Ahora lleguemos otra vez al 5, número que suele relacionarse simbólicamente con el movimiento, el cambio y la transformación. Aquí las cosas adquieren un nuevo sentido porque, después de una experiencia traumática como la que experimentamos, nadie vuelve a ser igual aunque regrese a la misma casa y duerma en la misma cama. Después del terremoto algo cambió. De hecho, aprendimos a empacar los utensilios básicos en un maletín para sobrevivir a los escombros, identificamos salidas rápidas y puntos de protección en nuestra vivienda; incluso, comprendimos que las grietas en nuestra alma son más profundas y dolorosas que aquellas expuestas en las paredes de nuestro hogar. Eso exige el 5: transformarnos después de la tragedia.

Luego de hacer este análisis simbólico sobre los números, quizá la hora verdaderamente importante no sea 7: 34. En realidad, tengo una mayor inquietud con el 7: 33; es decir,un minuto antes de la desdicha.

Y me intriga ese minuto anterior porque ahí estábamos nosotros, viviendo la normalidad en la que siempre estamos, tomando café, bañándonos, conduciendo hacia el trabajo, despidiendo a nuestros hijos; inclusive, no faltará quien haya salido disgustado o muy feliz expresando un te quiero a su esposa y familia; es posible que alguien estuviera preocupado por las facturas o que sintiera que estaba teniendo un día terrible.

Todo eso y muchas cosas más sucedían y aún no eran las 7: 34. Esa pequeña diferencia de 60 segundos procura en mí varias preguntas que me arrebatan la paz: ¿cómo hubiéramos vivido ese minuto anterior si supiéramos que al cabo la muerte rugiría desde lo profundo de la tierra? ¿Nos hubiésemos resguardado de los muros que caían? ¿Nos hubiéramos quedado para siempre a las 7: 33? ¿Continuaríamos en una eterna espiral que no avanza ni retrocede? ¿Aceptaríamos el destino sin escatimar cuál sería nuestra última conversación? ¿A quién buscaríamos para morir tranquilos? Y en caso tal de sobrevivir, ¿cuál domingo familiar recordaríamos en veinte años? ¿Cuál beso daríamos de nuevo con más ganas? ¿Cuál problema nos parecería absurdo y lo remediaríamos de inmediato?

Me surgen estas preguntas porque los seres humanos vivimos un minuto antes de que pase algo, pero no sabemos qué. Y en ese mapa secreto del destino florece la vida o se apaga con la muerte.

El 7: 33 nos enseña algo crucial: antes de la catástrofe pasamos nuestra existencia acumulando objetos al interior de cuatro paredes. No obstante, basta que esas paredes se muevan con furia para entender que la vida es, en definitiva, otra cosa que no alcanzamos a descifrar jamás.

A propósito, una petición: revisa tu el teléfono y te darás cuenta de que a las 7: 33 llamaste o escribiste frases mecanizadas (llegué, más tarde hablamos, te amo, hoy no podré) a quienes te rodean día a día. Y fue así porque la vida humana se construye principalmente con acontecimientos que parecen insignificantes mientras ocurren, pero que, durante una desventura como la que nos sacudió, estas acciones, en apariencia simplonas, se vuelven magnánimas y vitales.

A manera de reflexión, no continuemos viviendo en la eterna espiral del minuto anterior a lo que, con toda seguridad, vendrá y sucederá, no importa que sea muy bueno o muy nefasto como lo acaecido el 10 de agosto del año en curso. 7: 34, ya lo dijimos, obedece a aquello oculto y enterrado que se manifestó o se encarnó sobre la materia. 7: 33, en cambio, nos exige pensar que la vida jamás firmará acuerdos para la eternidad.

Por: Wilmar Ospina Mondragón

Escritor y profesor: Institución Educativa Ciudad Boquía

Universidad Tecnológica de Pereira

Universidad Católica de Pereira

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