AMÉRICA LATINA: EL LIDERAZGO EMPIEZA POR EL CONOCIMIENTO (I)

OpiniónAMÉRICA LATINA: EL LIDERAZGO EMPIEZA POR EL CONOCIMIENTO (I)

Jaime Cortés Díaz

La búsqueda de un liderazgo para América Latina constituye mucho más que una inquietud académica, pues, es un deseo que compromete el futuro de una región pródiga en recursos naturales y talento humano, pero rezagada con persistencia frente a sociedades que, contando incluso con menores ventajas materiales, entendieron antes que el desarrollo se construye sobre educación, conocimiento, productividad e instituciones.

El tema ha sido traído por Bruce Mac Master, presidente de la ANDI, a su pódcast Un Continente Posible, donde diferentes voces competentes permiten examinar las fortalezas y debilidades latinoamericanas. Para quien esto escribe y que durante años ha transitado por espacios de la administración académica colombiana y hoy representa al sector productivo y gremial en el Consejo Superior de la Universidad Tecnológica de Pereira, el asunto resulta sugestivo.

Una de esas conversaciones de Bruce con Raquel Bernal, rectora de la Universidad de los Andes, lleva a inquirir sobre el papel de la educación superior y su relación con el desarrollo. Pero sería equivocado comenzar el análisis por el lado de la universidad. Los exámenes de la educación básica latinoamericana muestran que buena parte del problema viene desde atrás. Las deficiencias en comprensión lectora, matemáticas, ciencias y pensamiento crítico no son simples estadísticas escolares, anticipan dificultades posteriores para innovar, investigar, elevar la productividad y competir en una economía sustentada cada vez más en el conocimiento. Para constatar en Colombia, ver el último informe de las pruebas PISA.

La universidad recibe, en buena medida, el transcurrir de ese proceso. Por ello, mejorar la educación superior sin fortalecer la formación inicial, equivaldría a intervenir solo el último tramo de una cadena que necesita consistencia desde sus primeros eslabones.

Aquí aparece una cuestión central: ¿qué universidad requiere América Latina? Ya no basta una institución dedicada a transmitir, en exclusiva, conocimiento y expedir títulos. La universidad contemporánea debe enseñar, investigar, producir conocimiento, formar investigadores y transferir sus resultados a la sociedad que es su razón de ser. Y, sobre todo, necesita establecer una relación más estrecha con el aparato productivo. Universidad y empresa no pueden continuar observándose desde orillas diferentes. La primera necesita conocer los problemas reales de la producción; la segunda debe comprender que investigación, innovación y desarrollo tecnológico no constituyen gastos accesorios sino inversiones indispensables para competir. Ese vínculo permite convertir conocimiento en innovación, innovación en productividad y productividad en bienestar y riqueza. También obliga a fortalecer doctorados, centros de investigación y pensamiento; ciencia aplicada y cooperación internacional. A ello se agrega la inteligencia artificial (IA), cuya acelerada incorporación modifica profesiones, procesos empresariales y métodos educativos. América Latina no puede limitarse a consumir tecnologías desarrolladas en otras latitudes, debe adquirir capacidad para comprenderlas, adaptarlas y, progresivamente, crearlas e incursionar, a pesar del temor apocalíptico que ronda a la IA.

El desafío, entonces, no consiste en aumentar, sí por sí, cobertura educativa. Importan la calidad, pertinencia y articulación del sistema con las necesidades de la comunidad. Un país puede graduar miles de profesionales y permanecer estancado si ese capital humano no encuentra ecosistemas capaces de transformar conocimiento en soluciones.

Allí comienza a explicarse una paradoja latinoamericana traducida en abundancia de recursos naturales frente a insuficiente generación de valor agregado: la región ha exportado materias primas e importado conocimiento incorporado en productos de mayor sofisticación. Cambiar esa ecuación exige educación de calidad desde la escuela, universidades vigorosas, empresas innovadoras y Estados que entiendan la investigación como política estratégica y no como rubro prescindible.

Sin embargo, aun consiguiendo todo ello quedaría pendiente otra inquietud: ¿puede una América Latina fragmentada convertir ese conocimiento y esas capacidades en verdadero poder internacional? Esa será la segunda parte de esta reflexión, porque formar talento es indispensable; lograr que una zona dispersa transforme ese talento en liderazgo constituye el siguiente reto. Continuará.

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