UNA PEQUEÑA MISIÓN PARA SALIR DEL PILOTO AUTOMÁTICO

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Hace un tiempo, en el Terminal de Transportes de Pereira, habilitaron un paso que comunica la edificación con el puente peatonal. Me alegré. Era una solución que yo había imaginado tiempo atrás, aunque nunca expresé la idea.

No sé si a alguien más se le había ocurrido. Seguramente sí. Pero me hizo gracia encontrarla allí, hecha realidad. Una de esas pequeñas cosas que uno observa, piensa y después olvida.

También recuerdo una crema de mazorca que probé con mamá en Arequipa, Perú. Lo que más guardo no es la receta ni siquiera el sabor. Es su expresión al probarla. ¡Qué manera de disfrutar un buen plato! Estar allí, compartiendo ese momento, fue suficiente.

Tal vez por eso me llamó la atención una publicación que propone 33 «misiones» para hacer durante un mes y convertirse en una persona diferente. No sé si necesitamos convertirnos en otra persona. Pero algunas de esas propuestas tienen algo que vale la pena rescatar: hacer de vez en cuando algo distinto a lo que hacemos todos los días.

Y tampoco tiene que ser algo complicado. Puede ser caminar por otro lugar, sentarse a comer sin mirar el teléfono, aprender algo que siempre hemos dejado para después o simplemente quedarse un rato en silencio. A veces basta con cambiar una pequeña cosa para darse cuenta de cuánto hacemos por costumbre.

La psicología ha estudiado la activación conductual: incorporar actividades agradables y significativas a la vida cotidiana. Un metaanálisis de 20 estudios encontró resultados favorables en el bienestar. No significa que una lista de actividades vaya a transformarnos. Sí nos da una razón para probar qué pasa cuando volvemos a hacer cosas que nos interesan.

Podríamos empezar con poco.

Caminar por un lugar conocido sin audífonos, mirando lo que normalmente pasa desapercibido. Comer una vez al día sin teléfono. Aprender algo que siempre hemos dejado para después. O dedicar unos minutos a observarnos: qué estamos sintiendo, qué hacemos porque queremos y qué hacemos simplemente porque así lo hemos venido haciendo.

Incluso puede ser algo tan doméstico como lograr que el almuerzo esté listo a la una de la tarde. En mi caso, conseguirlo siempre sería casi una pequeña hazaña. Y también una manera de ordenar el día para que quede espacio para otras cosas.

No todas las rutinas necesitan desaparecer. Algunas nos facilitan la vida. El asunto, quizá, es darnos cuenta de cuándo una costumbre todavía nos sirve y cuándo ya ni siquiera la estamos mirando.

Tal vez no terminemos el mes convertidos en personas diferentes. Pero podríamos llegar al final habiendo visto algo que antes no veíamos, probado algo que veníamos aplazando o disfrutado más conscientemente un momento cualquiera.

A veces eso basta para que un día deje de parecerse tanto al anterior.

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