Mientras yo siguiera temiéndole,
él seguiría teniendo poder sobre mí.
Fernanda Trías.
Después de expedir el nefasto decreto que permite el porte legal de armas, y después de pensar que Colombia es un iracundo país feminicida, varias preguntas no dejan de inquietarme: ¿quién protege a una mujer cuando el peligro duerme y ronca al lado izquierdo de su cama? ¿Quién será su escudo protector? ¿Aquel que despierta con ella y conoce sus horarios? ¿El hombre que prometió defender a la familia pero que, paradójicamente, es la familia la que necesita defenderse de él?
Con esta medida, muchos colombianos enfermos de sangre y terrorismo sólo advirtieron el supuesto beneficio que trae una pistola para el ciudadano armado que enfrenta, a cachazos o a plomo, al delincuente que intenta robarlo en una esquina. Sin embargo, esta es una mirada superficial del asunto. ¿Y la chica que, cansada hasta el hartazgo por los maltratos psicológicos, emocionales y físicos que desea terminar una relación en la que se acabó el amor? ¿Qué pasa con esa mujer que quiere huir, pero está atada en todas estas dimensiones al revólver de su esposo?
Llevar un arma en la cintura, entre las piernas mientras se conduce el carro o tenerla en la mesita de noche dice poco sobre los discursos hiperbólicos de los valientes y la legítima defensa. El debate trasciende estos hechos y va mucho más allá del juego tonto de los policías y los ladrones, de los justicieros y los bandidos. En lo profundo de este tema advierto algo delicado: la persona que porta un arma se siente tan segura que apenas es consciente del miedo cotidiano que procura en quienes conviven a su lado.
En días pasados, me publicaron un artículo que titulé Del gatillo a la palabra. Su premisa era simple y fundamental: es importante pasar de las balas a los acuerdos comunes mediante el diálogo. Hoy, quisiera ser más específico y analizar un caso particular: esos hogares donde la palabra de la mujer está amordazada, donde emitir un simple no desata insultos y amenazas que pueden convertirse en golpes y estrujones; en ojos colombinos, como decía mi madre, quien los tuvo así en un par de ocasiones por no calcular la distancia entre sus alegatos por infidelidad y los puños de mi padre.
Si analizamos la temática propuesta con la hondura que merece, descubriremos algo aterrador: aún continuamos educando (especialmente en la familia) a nuestros jóvenes en esa idea loca y peligrosa de creer que amar confiere licencia para lastimar. Y el amor, créanme, no se da en la medida de los golpes.
Como docente en una institución de básica secundaria, me horroriza el amor enfermo que viven algunos alumnos del colegio, a tal punto que es el chico quien controla y decide la ropa que usará su novia, es él quien revisa constantemente el celular de ella y es él, por supuesto, quien le impide saludar a otros compañeros porque los celos, comentan muchos tarados en esta patria boba, son dizque una prueba sensata del amor eterno que se evapora tras la sombra del irrespeto. Con estas conductas, todas las chicas se acostumbran, por las buenas o por las malas, a rendir cuentas, a someterse a los excesos y vejámenes de otro que las recluye en el aislamiento y la soledad.
Con el tiempo, crece el amor y aumentan las amenazas. Llega a la relación una frase funeraria: “si no eres mía, no serás de nadie”. Allí, entre los espacios blancos de las letras negras se asoma, despiadada, la muerte. Esta sentencia debería sacudirnos como sociedad porque normalizarla significa aceptar la autoridad de alguien sobre la existencia ajena. La posesión del cuerpo de la mujer como un objeto que se adquiere pone, al alcance de los hombres, la opción de liquidar aquello que ya no les pertenece. Y si ese sujeto tiene un arma de fuego, las posibilidades de disparar son altamente considerables.
Aunque el feminicidio no necesita de pistolas para ocurrir, es determinante tener en cuenta estudios que dicen más de lo que calla la justicia. En la primera década del siglo XXI, una investigación realizada en 11 ciudades de Estados Unidos determinó el fácil acceso de los agresores a un arma de fuego legal con la que amenazaban o ultrajaban a sus parejas. En la actualidad esto no ha cambiado y, por el contrario, los factores de riesgo asociados al feminicidio se “dispararon” de forma exponencial.
La legalidad de un arma, de hecho, no garantiza que ese riesgo disminuya, pues el salvoconducto es una autorización que desconoce la autonomía de las mujeres. Es posible, incluso, que el hombre herido a nivel emocional por el abandono de su compañera, le importe un carajo jalar del gatillo (tanto en público como en privado) después de sembrar su odio tras esa otra frase lapidaria que detona en su boca y luego en su mano: “yo pago esa malparida”.
Estar o no de acuerdo con el porte de armas, exige ahondar en asuntos que superan los simples requisitos. Uno de ellos es, por ejemplo, determinar cómo se protegerá aquella mujer si el portador de la pistola tiene las llaves de la casa donde ambos conviven en un nidito de amor que se deterioró grito tras grito.
Es más: un revólver hace mucho daño con su sola presencia. De entrada, ya es una intimidación simbólica que pone la ojiva entre las cejas, aunque no se dispare. Un “macho” que tiene su arma en el ropero no necesita apuntarla sobre la humanidad de su esposa para someterla a sus vejámenes. Ella, si sabe que el príncipe azul transmutó con el tiempo en el peor de los energúmenos, comprende el mensaje y el alcance de las balas. Por más que quiera dejarlo, se resiste a hacerlo, pues su estadía en el hogar está condicionada por el miedo y el instinto de sobrevivir.
Muchas de sus amigas le preguntarán las razones por las cuáles no se va de ese tormento. ¡Qué fácil es decirle a otro que huya cuando mi vida no está amenazada! Lo que muchos no comprendemos, porque somos cortos de miras, es que la responsabilidad de la violencia viene con el agresor, pero pedirle explicaciones a la víctima es otra manera de dejarla sola en el crimen de su hogar.
Tampoco basta con recomendarle que denuncie porque, en este sistema machista y negligente, una mujer debe protegerse por sus propios medios mientras las instituciones, atestadas de hombres, deciden si su miedo merece la atención necesaria. Cuando la orden de protección se publica a favor, aquella mujer ya tiene un epitafio en la lápida y, aunque su cadáver sea devorado bajo tierra por cientos de alimañas, su corazón seguirá desnudo e insepulto para siempre.
Una pistola en manos de cualquier sujeto siempre les arrebatará las palabras a las mujeres. Como ese alumno de mi colegio que, años atrás, cegado por la negación de la chica para continuar con el noviazgo, fue una tarde hasta la puerta de su casa y, sin decir nada, le puso un tiro en la frente, silenciándola eternamente. Él cursaba 11°, a punto de graduarse; ella, grado 9°.
La gravedad de lo que planteo en este texto lo confirman la Defensoría del Pueblo y el Observatorio de Feminicidios de Colombia. Sólo en 2025 se registraron, según estas entidades, 123 feminicidios entre el 1 de enero y el 2 de abril de ese año. La cifra, más que alarmante, pone en evidencia a un país que aún continúa invalidando la violencia tras una sonrisa impostada o la indiferencia sobre aquellos hechos que, si no me involucran a mí o a mi familia, entonces carecen de importancia. Lo más preocupante es que las vidas de estas mujeres asesinadas tenían un valor incalculable antes de salir en los titulares; incluso, mucho antes de que su madre, quizá sobreviviente al mismo fenómeno, exigiera justicia en nombre de su hija.
Este escrito debería llevarnos a replantear los “pequeños comentarios” que revictimizan a las mujeres y llenan de indulgencias al agresor que defendemos con dichas explicaciones. “Era un gran hombre, pero la ira hizo que perdiera la cabeza”; “quién sabe ella en qué andaría”; “fue un asesinato pasional”; “estaba fuera de sus cabales”; “la mató porque la adoraba”. Con dichos comentarios, que rayan en la bellaquería, desplazamos el foco de lo fundamental y nos hacemos cómplices del homicida al no reconocer que una mujer tiene pleno derecho de decidir sobre su vida.
Matar por amor excede los límites del crimen, pues amar nada tiene que ver con asesinar. Este tipo de comentarios o explicaciones desmiente la voluntad de dominio que ejerce el victimario sobre aquella mujer que, después de muerta, revictimizamos al considerar que fue ella quien provocó una “ráfaga” de emociones insoportables en su marido. Hasta después de asesinada le imputan una responsabilidad que nunca fue suya.
Hoy, más que nunca, este tema debe ser debatido en la familia y en las aulas. Nuestros jóvenes no pueden seguir cargando esa pesada condena que los hace confundir el amor libre con la sumisión. Es importante enseñar a los niños a comprender una negativa sin caer en el fuego de la ira; sólo así el hombre adulto aprenderá que una separación es normal en los acuerdos mutuos, que el desamor no es una cuestión que se reclama a disparos.
Ninguna relación, por tormentosa que sea, nos lleva a poseer el cuerpo ajeno como un objeto que se compra. Para lograr cambios significativos, es fundamental intervenir la infancia para que evite disimular las frustraciones con el antifaz de las bromas. De nada sirve enseñarles a las niñas a detectar el peligro si los niños continúan ejerciéndolo a través de frases que enmascaran su violencia (“él es así porque la quiere mucho, mija”. “Igualito al papá”. “Hijo de tigre…”).
A mi modo de ver, cualquier debate sobre el porte legal de armas debe involucrar a las mujeres. Escucharlas implica concebir que su seguridad y su libertad para seguir vivas no dependen del permiso ni del autocontrol de un hombre que se siente tranquilo con una pistola en la pretina.
El país necesita formar sujetos responsables que pidan ayuda ante el fracaso. De esta manera, concebirán que cuidar no consiste en sembrar el miedo, que acompañar no significa vigilar, que estar armados impide distinguir el límite sutil que hay entre jalar del gatillo y controlar los actos. Pensemos, por un momento, si conciliaríamos el sueño sabiendo que, a nuestro lado, hay una mujer que tiene un arma debajo de su almohada.
Una ruptura no nos quitará la dignidad. Enjaular el amor, en cambio, sí es una conducta malvada que nos derrota como personas. Por eso, señores, ¡dejen de amar a tiros a su pareja!
Por: Wilmar Ospina Mondragón
Escritor y profesor: Institución Educativa Ciudad Boquía
Universidad Tecnológica de Pereira
Universidad Católica de Pereira
[1] He tomado este título tan significativo (e incómodo para muchos) de algún fragmento del ensayo titulado En nombre propio,de Fernanda Trías, en el cual abundan frases brutales como esta.



Una lectura que deja mucho para pensar. El amor nunca debería convertirse en posesión, control o violencia y mucho menos cuidarlo en medio de armas. Cuando se pierde el respeto por la vida y la libertad del otro, ya no podemos hablar de amor. Un artículo incómodo, pero necesario y para leerlo en familia especialmente con nuestros hijos
Me encantan tus artículos, sería genial saber dónde los encuentro. Cómo te busco en IG?
Bienvenida a http://www.elopinadero.com.co donde puede encontrar los artículos de profesor Wilmar Ospina Mondragón y de 80 autores más, totalmente gratis.
Si tan solo el ser humano entendiera que nadie es propiedad de nadie. Cuando un hombre cree que tiene derecho a decidir sobre la vida de una mujer porque ya no quiere estar con él, no es amor ni celos: es VIOLENCIA y una forma extrema de control. Muy buen artículo, Wilmar.
Gracias, profesor Wilmar, por este texto desgarrador e imprescindible. Con una lucidez dolorosa, usted desarma la falsa narrativa de la «seguridad» para mostrarnos la realidad desnuda: un arma en el hogar no es un escudo contra la delincuencia, es un yugo de intimidación cotidiana para la mujer que duerme al lado.
Su escrito nos confronta con esa violencia silenciosa y simbólica que no siempre necesita apretar el gatillo para encarcelar la libertad de una mujer. Al vincular la pedagogía, la cultura del control desde la adolescencia y el lenguaje revictimizante con la política pública de armas, usted no solo hace una crítica legislativa; hace un llamado urgente a la cordura social y a la crianza desde la empatía.
Ojalá este texto trascienda la pantalla y se lea en las aulas, en las mesas familiares y en los espacios donde se toman las decisiones del país. Porque, como bien señala, una sociedad que necesita recurrir a las balas para responder ante el desamor o la frustración, es una sociedad profundamente enferma. Excelente y muy necesaria reflexión.
Toda la sociedad esta enferma,nos creemos dueños de alguien; haya o no el porte legal de armas con esto será más visible algunas de estas situaciones, debemos revisarnos psicológicamente tanto trauma que sanar para evitar esos desenlace.
Excelente artículo
Este llamado a cuestionar la ambigüedad que plantea un salvoconducto, y el riesgo que presenta convivir con alguien armado. Hoy la razón es temerosa ante la pasión pálida de una arma.
Frente a lo que está ocurriendo, que no es más que una derrota para los gobernantes de nuestro país, donde deberían protegernos y no «sálvese quien pueda y defiéndase como pueda», nos deja llenos de temor, como madre he sentido amenazada la tranquilidad de mi hija y la propia, este decreto solo despertó más temor del normal, y nos deja en un abandono total, si así la ley ha sido injusta ahora estamos más desprotegidas que antes. Esa mirada que hace Wilmar frente a esta problemática es lo único que nos llena de esperanza, y la fé de que mediante la pedagogía logremos algún día educar en el amor y el respeto, pues no solo nos vemos amenazadas sino el temor de saber que nuestros hijos y nietos tambien corren peligro en los lugares que deberían ser seguros para ellos como lo es el colegio. Gracias al escritor por siempre llenarlos de esperanza con sus buenos artículos.
Este escrito pone sobre la mesa una realidad que muchas veces preferimos ignorar: cuando el miedo entra a un hogar, el arma puede convertirse en una amenaza aún mayor. Gracias Wilmar, por abrir este debate y recordarnos que el amor jamás debe confundirse con posesión, control o violencia. Amar nunca será amar a tiros.
Excelente 👌🏽
Las realidades sociales hacen derecho, y la realidad de la violencia en nombre del amor es un límite que en algún momento pensé en buen grado disminuido, hasta que la tipificación del delito de feminicidio mostró lo equivocada que estaba en la burbuja de cristal donde he vivido. Es este artículo capaz de evidenciar una realidad oculta bajo la falsa premisa de la defensa propia. Me gustó mucho la lectura. Gracias
Profesor Wilmar, de una forma muy cruda expone la realidad de nuestra violencia intrafamiliar y el descuido de sus efectos y consecuencias en el manejo de las emociones tanto en niños como en adultos. Las leyes existen pero las instiruciones son sordas y la solidaridad con las víctimas, brilla por su ausencia. Cómo explicarle a un menor el tema de la violencia intrafamiliar si cada segundo, en su familia, que deberia ser un lugar seguro, le quedan tatuados en su piel, los gritos, golpes y humillaciones?
Gracias por mostrarnos esta cruda realidad que cada día crece más y más, con la anuencia del Estado. El porte legal de armas solamente favorece a los más violentos y genera miedo e inseguridad. Pasamos del uso de la razón, a la fuerza desmedida y descontrolada.
Apreciado colega docente: hoy conocí su escrito, muy oportuno tema de reflexión sobre uno de los implicaciones del uso del arma en nuestra sociedad enferma, el horroroso feminicidio. Ver los comentarios sobre su escrito deja ver una luz de esperanza para que esta situacion no se repita en el futuro, porque por desgracia la cultura de nuestros mayores declaraba que » en el amor y la guerra todo se vale» afirmacion por fortuna hoy desacreditada. Mil saludos y bendiciones.