El chisme es la expresión de la maledicencia. Se atribuye a mentes menores e insignificantes que no encuentran otro oficio que el de vigilar las acciones del prójimo para interpretarlas y divulgarlas según su propio rasero sin medir consecuencias.
Según la Real Academia Española (RAE), el “chisme” es una noticia —verdadera o falsa— o un comentario con el que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguien. También, en uso coloquial, significa baratija o trasto pequeño.
En periodismo, el chisme ha ganado audiencia entre los comentaristas de la farándula porque a la larga les reporta beneficios y cierto estatus a los artistas.
“Que hablen de mí, mal o bien, pero que hablen”, dicen los manejadores de las estrellas de la farándula justificando así sus métodos por alcanzar la cima mediante la publicación de habladurías en las revistas del corazón.
Ser el tema central de la conversación es algo seductor. El poeta y escritor británico Oscar Wilde en un episodio de El Retrato de Dorian Gray lo dijo en las siguientes palabras: “Hay solamente una cosa en el mundo peor a que hablen de ti, y es que no hablen de ti”
En Colombia, espacios de entretenimiento en horarios estelares de la televisión nacional le dan rienda suelta al chisme; los presentadores lo acompañan de colorido en el fondo del set y de una que otra expresión altisonante.
El país entero se acostumbró al chisme y lo tolera sin medir consecuencias. En algunos casos el chisme termina por contagiar a un grupo poblacional.
Recordemos, por ejemplo, la llamada “captura masiva de Quinchía” un episodio ocurrido en el municipio de Quinchía (Risaralda) en los años noventa, durante el auge del conflicto armado en la región. En ese operativo, fueron detenidos el alcalde saliente, el alcalde entrante, varios concejales y un grupo amplio de ciudadanos, acusados de pertenecer o colaborar con la guerrilla. Las detenciones se realizaron de manera simultánea y sin pruebas sólidas, lo que generó un fuerte impacto social y político en el municipio. Al final se supo que todo se debió a chismes entre vecinos.
En la psiquis de los ciudadanos ese tipo de expresión de la maledicencia, que difunde rumores sin confirmación ni respeto por la intimidad y que no se para en mientes para destrozar reputaciones, ha pasado de la farándula a la política y de la política al plano judicial.
Ante la impunidad jurídica y social, el chismoso se escuda en la Libertad de Prensa para difamar, calumniar y satanizar al opositor político con la complicidad de “periodistas” que les abren micrófono para que destilen su veneno, sin siquiera exigirles una evidencia que respalde sus acusaciones.
Se ven en todos los extremos ideológicos y cada vez abundan como el estiércol en las alcantarillas.
El procedimiento es sencillo: El o la “periodista” entrevista al huérfano del poder, que ha sido desplazado de su alta posición burocrática luego de meses o años de lucrarse para que le haga revelaciones sobre la vida privada de su superior, hechos que poco aportan a la conversación nacional sobre el presente o el futuro del país. Y éste o esta se desparrama en afirmaciones temerarias que construyen un mundo de intriga y corrupción. Casi siempre violando los códigos penales. Pero cuando le piden evidencias responde: no las tengo, pero es lo que escuché.
Y así por comentarios “de oídas” destruyen reputaciones y se prestan para la construcción de relatos difamatorios contra oponentes políticos.
De chisme en chisme, el periodismo involuciona y la sociedad va perdiendo su fe en el periodismo al que ve más como un instrumento para la calumnia que una herramienta para informar los hechos y descubrir la verdad donde se halla oculta.
LUIS FERNANDO CARDONA G.


