Relato autobiográfico (1984 – 1986)
La vida es como un libro, en cuyo transcurrir vamos abriendo y cerrando muchos capítulos. A veces se enlazan estableciendo una secuencia, otras veces se cierran definitivamente y nos llevan a nuevos escenarios e historias, con nuevos protagonistas.
Uno de los capítulos que más ha marcado mi vida comenzó cuando tenía treinta años y decidí salir a recorrer Suramérica. Ahora, cuando miro hacia atrás, tengo la sensación de que no viajé por Sur América. Yo viví a Sur América.
LA PARTIDA
Era el año de 1984 cuando inicié el viaje. Partí sin agendas ni fecha de regreso. No estaba segura de cómo iba a financiar mi viaje, llevaba poco dinero, pero me arriesgué a partir, pensando que, como dicen los paisas: “En el camino se arreglan las cargas”.
Y así fue. Poco a poco, el viaje me fue mostrando que la principal fuente de financiación no era el dinero, era la hospitalidad, la solidaridad y la generosidad de la gente que iba encontrando en el camino.
¿Pero…qué gente, si no los conocía?
He ahí la cuestión: La gente de Sur América, que abría sus puertas al viajero, al caminante, al que pasa y permanece. Porque no se trataba solo de dormir y comer en un lugar, se trataba de compartir.
Compartir una casa que te abre sus puertas, una comida, una vivencia, una conversación. Luego, te despiden con un abrazo, una lágrima, y te desean que sigas con éxito tu recorrido. Entonces te quieres quedar, pero sabes que tienes que continuar. Porque el camino es largo. Un continente te espera.
Continúas andando, y al voltear la cabeza, miras el lugar y la gente que dejas, y sientes que queda una parte de ti en cada lugar.
Sigues caminando. Puertas, se siguen abriendo. Porque así es Suramérica.
AVANZANDO EL CAMINO
Viene a mi mente el recuerdo de los chilenos que ayudé a ingresar a Colombia cuando estaba en la frontera, y uno de ellos, en agradecimiento, me alojó en su casa de Quito. Así comencé a entender el sentido de esas palabras que serían una constante en el viaje: solidaridad y gratitud, que poco a poco se fueron convirtiendo en la llave que abría todas las puertas.
En Lima, aprendí a trabajar joyas con piedras semipreciosas, con un artesano que, generosamente, me enseñó su oficio. Así, me convertí en artesana, lo que me ayudaría a generar ingresos para seguir financiando el viaje. Invertí mis recursos en materiales de trabajo y continué mi camino. No se trataba solo de sobrevivir. Era encontrar una manera de continuar.
Habían transcurrido cinco meses desde mi salida de Colombia, recorriendo Ecuador y Perú. Mi siguiente destino era Chile, donde sin saberlo, cambiaría totalmente el sentido de mi viaje.
En Santiago conocí a Ricardo, un titiritero que se enamoró de mi aventura y quiso acompañarme, lo que acepté, encantada. A partir de entonces, ya éramos dos viajeros con los títeres, los que se convirtieron en parte fundamental del grupo: el abuelo Raimundo, Juanito, la bruja Maruja la Baratuja, la cuncuna Cuncunina…
Partimos todos hacia el sur chileno. Íbamos de pueblo en pueblo, presentando los títeres en escuelas, parques y plazas; para los hijos de artesanos, pescadores, campesinos y todos aquellos que se cruzaban en nuestro camino. Luego, la gente muy agradecida, nos invitaba a sus casas para brindarnos su hospitalidad.
De esta forma pudimos conocer lugares muy especiales, pero, sobre todo, conocer y convivir con su gente. Los títeres no solo nos permitían generar ingresos, también se convirtieron en un puente que nos acercaba a la gente.
EL CAMINO CONTINUA
Andando, parando, conociendo conversando, avanzando, llegamos a Puerto Montt, ciudad donde termina la carretera Panamericana y al mirar el mar, literalmente se siente como si allí, todo terminara. Cruzamos en un trasbordador a la isla Grande de Chiloé, donde pasamos días maravillosos.
En un barco muy grande regresamos al sur patagónico de Chile. Desembarcamos en Puerto Aysén, seguimos para Chile Chico y cruzamos la frontera con Argentina, desde donde fuimos a Comodoro Rivadavia.
Regresamos a Valparaíso, la ciudad del titiritero, donde él se quedó organizando su partida, pues decidió que quería seguir conmigo, en este viaje por los países de Suramérica. Mientras tanto, yo fui a Buenos Aires. Nos encontramos un mes después en la ciudad de Mendoza, Argentina.
Seguimos rumbo al norte: Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador y finalmente Colombia, donde terminó el recorrido, dos años después de mi partida.
EL CONTINENTE EN MI
Al sumar todos esos lugares por donde pasamos, los paisajes, historias y vivencias se convirtieron en un hermoso continente.
Pero no era un continente entero.
Fue el continente que conocí
El continente que caminé
El continente que viví
Cuando salí de Colombia, iba en pos de un continente desconocido. A mi regreso, sentí que ya no lo era. Era el continente que quise conocer, del que ahora yo formaba parte, porque estaba en mí.
Eran muchos lugares, paisajes, culturas y formas de vivir, pero sobre todo, eran todas esas personas que me abrieron sus puertas, que me acompañaron en algún tramo del camino, me contaron sus historias, me brindaron su amistad e hicieron posible que mi sueño se hiciera realidad.
Esa era Suramérica.
LOS ROSTROS DE AMERICA
Cuando pienso en aquel viaje, vienen a mi mente todos esos rostros que se cruzaron en mi camino. Los rostros de la hospitalidad, del cariño, de la amistad. Los rostros de América.
Cada rostro una historia.
Cada historia un recuerdo.
Cada recuerdo, un trozo de vida compartido.
Vienen a mi memoria los rostros de los habitantes del desierto de Sechura; Del padre Juan, de José Antonio y de Roberto en Piura; de María Luz en Lima; de los estudiantes del coro de Arica; de la profesora en Iquique; de Llerco en San Pedro de Atacama; de Luis en Viña del Mar; de Catherine y René en Horcón. Incluso recuerdo aquel huaso que pasó en su bicicleta cuando estábamos echando dedo y me dijo: “A donde quiere que la lleve, mijita”. Y aquel otro del sur, que quiso regalarme un lago de su propiedad.
Recuerdo el rostro de los campesinos en los trigales del sur de Chile; de los artesanos de la cerámica negra de Quinchamalí; de los niños lustrabotas del terminal de Rancagua; de Gonzalo, nuestro anfitrión de Concepción.
Me llegan los rostros de los descendientes de aquellos migrantes europeos que llegaron en el siglo XVIII y echaron raíces en el sur chileno; el orgulloso rostro de los Mapuches en tierras de la Araucanía; de Leopoldo en la isla de Chiloé; de Julia en Puerto Aysén, de Magdalena en Coyhaique.
Recuerdo el rostro de los gauchos en Argentina; de Eduardo en la Boca de Buenos Aires; de Mingo y Claudia; de Cristina en Cajamarca; de los Koconós en Salta, de Pipo en los valles Calchaquíes; de los Zaferson en Lima.
Recuerdo los rostros de la gente del altiplano Andino, de los indígenas bolivianos, orgullosos descendientes de culturas ancestrales. De los habitantes del lago Titicaca, los de Tarabuco, los bailarines de Urkupiña.
Quizás no tengo nombres de los rostros bolivianos, pero si puedo expresar todo mi respeto hacia ellos y mi gratitud por habernos permitido acercarnos a sus expresiones culturales, las que tuvimos el gusto de admirar.
Son tantos rostros y nombres, que no terminaría de mencionarlos. Quisiera nombrarlos a todos, pero son demasiados, y no cabrían en muchas páginas. Han pasado cuarenta años, pero a todos los recuerdo, pues se quedaron en mí.
Son rostros que me enseñaron a sentirme parte de un continente.
Porque con ellos, dejé de ser solo colombiana y me sentí también ecuatoriana, peruana, chilena… pero, sobre todo, suramericana. Fueron amistades que se forjaron en el camino y se fueron entrelazando como una red que se tejió a lo largo del continente.
Ahora, quisiera ser pintora, dibujante o escultora, para reunir todos esos rostros en uno solo.
Ese sería para mí, el rostro de América.
Consuelo Gómez Alvira
Septiembre 2026


