QUE EL BUEN EJEMPLO TAMBIÉN SE VUELVA VIRAL

OpiniónÉTICAQUE EL BUEN EJEMPLO TAMBIÉN SE VUELVA VIRAL

Fernando Sánchez Prada

Cuenta una vieja historia que dos vendedores de zapatos fueron enviados a África para explorar un nuevo mercado. Al regresar, al primero le preguntaron qué había encontrado. «Estamos jodidos —respondió—. Allá no hay negocio: todo el mundo anda descalzo». El segundo llegó con una conclusión exactamente contraria: «¡Encontramos la oportunidad del siglo! ¡Todo el mundo anda descalzo y tenemos zapatos para venderles!».

Los dos habían visto la misma realidad. Uno regresó derrotado; el otro, lleno de posibilidades.

La anécdota suele utilizarse para explicar la diferencia entre el vaso medio vacío y el medio lleno. Pero a mí me sugiere una pregunta más incómoda: ¿Qué hemos decidido mirar los colombianos cuando observamos nuestro país? Porque tenemos problemas graves, indiscutibles, que deben denunciarse y corregirse. Sin embargo, también hay una Colombia que trabaja, ayuda, cuida y cumple, casi siempre lejos de las cámaras y de los titulares.

Nos hemos acostumbrado a identificar al que se pasa el semáforo en rojo, al que arroja basura en la calle, al funcionario corrupto y al vecino que destruye lo que es de todos. Y está bien señalar las conductas que perjudican a la sociedad. Lo que me preocupa es que hayamos convertido la denuncia en casi nuestro único lenguaje público. Si el infractor obtiene toda la atención y el buen ciudadano permanece invisible, terminamos enseñando, sin proponérnoslo, una extraña lección sobre quién merece ser visto.

No estoy proponiendo una sociedad sin autoridad. Al contrario: quien roba recursos públicos debe responder; quien destruye un parque debe reparar el daño; quien vulnera los derechos ajenos debe afrontar las sanciones correspondientes. La impunidad no se combate con aplausos. Pero tampoco se construye convivencia con un policía detrás de cada persona, una cámara frente a cada esquina o una multa como único argumento para hacer lo correcto.

El castigo puede frenar una mala conducta; el ejemplo puede multiplicar una buena. Esa diferencia, aparentemente sencilla, debería ocupar un lugar central en nuestras políticas públicas. Porque una norma alcanza su mayor eficacia cuando deja de cumplirse solo por temor a la sanción y empieza a respetarse por convicción, por respeto al otro y por sentido de pertenencia.

Antanas Mockus lo comprendió cuando hizo de la cultura ciudadana una de las apuestas más recordadas de su paso por la Alcaldía de Bogotá. Con pedagogía, símbolos y mecanismos de regulación social, puso sobre la mesa una discusión que sigue vigente: no basta con escribir reglas; hay que transformar la relación cotidiana de las personas con ellas. Aquellas tarjetas de aprobación o desaprobación de comportamientos en la vía recordaban que los ciudadanos también podemos enseñarnos unos a otros.

La lección no era que Bogotá necesitara menos Estado, sino que necesitaba ciudadanos capaces de reconocerla como propia. Siempre me ha parecido reveladora la confusión entre una ciudad que es de todos y una ciudad que no es de nadie. Son dos maneras opuestas de entender lo público. En la primera, cada uno se siente responsable; en la segunda, todos encuentran una excusa para desentenderse.

Y no es un asunto exclusivo de la capital. El tarro de basura de la esquina, el andén por el que camina una persona mayor, la banca de una plaza, el árbol recién sembrado o el columpio del parque infantil no son objetos abandonados a la suerte del gobierno de turno. Son bienes compartidos. Cuidarlos no es hacerle un favor al alcalde. Es respetarnos a nosotros mismos.

En medio de tanto ruido también existen esfuerzos que muestran otra cara del país. Titanes Caracol, por ejemplo, lleva años dando visibilidad a personas que transforman sus comunidades sin esperar fama. Son historias de educación, salud, inclusión, innovación y solidaridad que rara vez compiten en igualdad de condiciones con el escándalo del día. Y, sin embargo, tienen algo que muchos titulares no ofrecen: una conducta que vale la pena imitar.

Pienso en el vecino que mantiene limpio el frente de su casa y termina animando a toda la cuadra; en la comerciante que cuida el espacio público porque entiende que su negocio también depende de un entorno digno; en el joven que organiza a sus amigos para recuperar una cancha. A menudo su mejor recompensa no es una placa ni un cheque. Es descubrir que alguien vio lo que hizo, se lo agradeció y decidió hacer lo mismo.

Quizás el buen ejemplo no necesita un premio: necesita audiencia. Vivimos en una época en la que un influenciador puede conseguir miles de clics con un desafío absurdo, mientras una persona que lleva años sirviendo a su comunidad permanece en el anonimato. No se trata de censurar lo trivial, sino de preguntarnos qué decidimos compartir, celebrar y convertir en conversación. ¿Por qué no hacer viral también la decencia?

Por eso me llamó la atención una iniciativa reciente de Ricardo Jiménez, un amigo con quien tuve la oportunidad de trabajar en la Presidencia de la República. Se llama Soy País (https://soypais.com.co/#iniciativa) y parte de una premisa que comparto: hacer país no es un discurso, sino una conducta cotidiana. Su propuesta busca articular comunidades, comerciantes, colegios y gobiernos locales para reconocer buenas prácticas, recuperar espacios colectivos y promover la corresponsabilidad.

Me interesa especialmente su intención de pasar del señalamiento al reconocimiento, sin confundirlo con la renuncia al control. La iniciativa utiliza la luciérnaga como símbolo: una chispa aislada parece pequeña, pero muchas pueden iluminar un territorio. Es una imagen sugestiva; su verdadero valor, desde luego, dependerá de que se traduzca en acciones sostenidas, participación real y resultados verificables. Las buenas intenciones también necesitan método y evaluación.

Hay aquí una oportunidad para alcaldías, instituciones educativas, organizaciones sociales y medios de comunicación: identificar las conductas que queremos multiplicar, reconocerlas públicamente y demostrar que producen beneficios concretos. No hace falta inventar una nueva condecoración para cada gesto elemental. Basta, muchas veces, con dar visibilidad al ejemplo, facilitar que otros lo repliquen y acompañarlo con reglas claras y autoridad cuando corresponda.

También nos hace falta aplicar esa mirada a la conversación política. La polarización nos ha llevado a veces al absurdo de creer que reconocer una buena idea del que piensa distinto equivale a traicionar nuestras convicciones. Así terminamos juzgando una propuesta por la camiseta de quien la presenta y no por sus resultados. Una sociedad madura puede controvertir con firmeza, exigir responsabilidades y, al mismo tiempo, admitir que el otro acertó. Reconocer lo bueno no obliga a callar lo malo.

Yo quisiera que volviéramos a sentir orgullo por esos actos que parecen insignificantes. Que un niño aprenda que cuidar el parque es tan importante como disfrutarlo. Que el comerciante entienda que la acera no termina en la puerta de su local. Que el servidor público sepa que administrar bien los recursos de todos merece reconocimiento, pero también es una obligación. Que nadie tenga que esperar una campaña para comportarse como ciudadano.

Hacer país no siempre exige una bandera, un discurso ni una gran causa. A veces comienza recogiendo el papel que otro tiró, cuidando el tarro de basura de la calle o impidiendo que destruyan el parque donde juegan nuestros niños. Lo público no es lo que no tiene dueño: es lo que nos pertenece a todos y por eso nos compromete a todos.

Cuando cuido mi calle puedo decir, con razón: yo soy país. Soy Bogotá, Cali, Pereira, Medellín, Barranquilla; soy cualquiera de nuestros pueblos y ciudades. Y si algún día el buen ejemplo consigue contagiar más que el escándalo, habremos entendido que la transformación de Colombia no empieza solamente en los grandes despachos. Empieza, también, frente a nuestra propia puerta.

Fernando Sánchez Prada

Comunicador y columnista

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