La implementación de las nuevas tecnologías para agilizar el recuento de votos, lejos de dar los resultados de eficiencia e imparcialidad esperados, viene siendo el justo objeto de todo tipo de especulaciones al comprobarse su permeabilidad al ser deliberadamente manipuladas.
La captura del delincuente argentino Fernando Cerimedo, uno de los máximos responsables comprobados de la tergiversación de los resultados electorales, y las investigaciones posteriores, junto a la injerencia expansionista de Estados Unidos e Israel, echan por tierra los argumentos de la no aceptación por parte de los partidarios de los gobiernos triunfantes.
Lo que hay es “gato encerrado”.
Tanto como la certeza de los usuarios de las redes sociales de “perder el tiempo”, pudiendo pasar horas discutiendo de política con bots. Y si los dispositivos están facultados para mantener conversaciones y lanzar respuestas simples, algunas hasta peyorativas, podrían perfectamente cambiar la voluntad popular con una “pequeña ayudita” proveniente del exterior, sumada a la complicidad de las clases dirigentes, jueces o la suma de los estamentos sociales.
Con este proceder, el sueño trasnochado de los fanáticos, de los eternos beneficiarios de extrema derecha, de ver el continente americano pintado de azul, va dejando de ser el sueño desquiciado de los amantes de la violencia, el ajuste y el retroceso, para cristalizarse en una realidad que no puede ser aceptada de ninguna manera.
Ganar o perder una elección popular, independientemente de la ideología política sostenida, le puede pasar a cualquiera. Factores económicos, de estrategia, el carisma o la llegada de los candidatos al electorado pueden ser el origen de fracasos resonantes o de éxitos arrolladores. Pero cuando la victoria política es en detrimento de la voluntad de la mayoría para imponer un período político de entrega o decadencia, lejos de callar, de omitir o de hacer la vista gorda, se torna imperioso no admitir en absoluto la flagrante violación de la voluntad soberana de los pueblos.
Contexto Interno
Seguramente el Pentágono haya encontrado una forma más efectiva que la de secuestrar a un presidente, como en el caso del venezolano Nicolás Maduro, a fin de empoderarse de la primera reserva petrolera del mundo sin pagar un solo peso.
Además, este tipo de operaciones genera sentimientos antinorteamericanos, sospechas de injerencia sionista, resentimiento y frustración en amplios sectores poblacionales. Igual ocurre con los llamados golpes blandos, donde es posible señalar e identificar a la perfección a quienes están detrás de esas operaciones, ya sean políticos, medios masivos de comunicación o demás actores.
Es posible hacer revisiones manuales los días de escrutinio, mediante el oportuno accionar de fiscales o presidentes de mesa de los distintos partidos, atentos al recuento de votos y a anotar las cantidades correspondientes en los formularios. Sin embargo, ¿quién, salvo expertos, técnicos o especialistas en la materia, puede advertir un pulso durante los días previos a la jornada electoral tendiente a alterar los resultados?
Hay demasiado dinero e intereses de por medio. Los militares de simpáticos bigotitos quedaron obsoletos. Los golpes de Estado, anacrónicos. A la hora del engaño, se requiere nada más ni nada menos que un civil absolutamente vendido a las mayores corporaciones del globo, con el apoyo de todo el sistema político local traidor, en calidad de concesionario del interés extranjero. El resto para imponer los dictados provenientes del exterior es el fraude electrónico, suprema garantía del efectivo saqueo a las naciones.
Este tipo de farsa democrática, donde lo único insuficiente es la manipulación constante para acallar el inconformismo popular en crecimiento —como ocurrió hace escasos días en Francia, Bélgica, Bolivia, Argentina o mismo en Colombia durante las jornadas del Paro de 2021—, demuestra que no todo está perdido.
Las recetas de ajuste donde la primera víctima son los pueblos, sin distinguir entre oficialistas u opositores, llegan de la mano del aumento de la desocupación, la precarización de la salud y la paulatina destrucción de la educación. La entrega del territorio a la explotación de particulares contra los intereses de los ciudadanos, a través de la megaminería a cielo abierto o el fracking, posee idénticas consecuencias: el deterioro de la calidad de vida. Y el pan diario dentro de los estómagos es irremplazable, por lo que no existen dulces mentiras capaces de aliviar las necesidades básicas.
Y mientras un alto segmento de la población vulnerable se llama a silencio por arribismo —el afán de pertenecer a una clase social privilegiada que no le puede corresponder nunca debido al profundo desprecio de la segunda hacia la primera, excepto a la hora de robarle el voto—, paralelamente crece un inconformismo que espera paciente el momento de dar sus frutos.
Gravedad y “remedio”
Es inconcebible vivir en países donde una minoría de amigos de lo ajeno, que usufructúa el trabajo de la mayoría durante generaciones enteras, disponga de la vida, del tiempo y del dinero y ahora, a cara descubierta y con la colaboración de la clase dirigente continuista, impida elegir a las mujeres y a los hombres sometidos a consideración para forjar su destino. Para bien o para mal, aunque parezca que los pueblos se equivocan, en verdad son las minorías las que eligen por ellos.
Este nuevo sistema recuerda en cierta manera una evolución hacia el viejo sistema del despotismo ilustrado del siglo XVIII, donde los monarcas absolutos se rodeaban de intelectuales ilustrados y sancionaban medidas de apertura moderada, pero donde el sistema social, político y económico seguía cargando de desigualdad sobre la espalda de la inmensa mayoría. No vale la pena evocar las graves convulsiones producidas en esa etapa de grandes progresos materiales e inmensa miseria humana.
Basta recordar que hoy no existen monarcas con poder, sino que han sido reemplazados por una burguesía agrupada en conglomerados peores y más ambiciosos, los cuales en el ámbito local pretenden perfilarse como socios estables de poderes omnímodos escapando a su competencia limitada. Sectores ultra privilegiados y conservadores que, según las “nuevas y tramposas reglas de juego”, ya ni tienen que admitir de mala gana una democracia despreciada desde lo más profundo de sus entrañas, precisamente porque ahora pueden contar con un flamante tipo de fraude: la farsa ideal llegada como anillo al dedo, la democracia electrónica, destinada a elegir a los figurones de siempre.
Quizás cuando los pueblos del universo entero acaben de cerciorarse de este mecanismo despiadado —donde los oscuros manipuladores no muestran la cara de quienes se encuentran implementando tamaña perversión electoral, violadora del derecho fundamental de poder elegir republicanamente a quien manda—, llegue el momento de derogarlo de inmediato.
Puede sonar obsoleto, pero en caso de no hallarse sistemas alternativos modernos que permitan un adecuado recuento de sufragios real, sería cualitativo volver al antiguo sistema manual de escrutinio de votos. Ello, porque en la práctica resulta más valioso poder contar con un ganador legítimo ungido por el poder popular que con otro surgido de algoritmos manipulados tres horas después de culminada la jornada electoral.
Siempre será más fácil impedir la sustitución de una urna que evitar la suspicacia de algún inescrupuloso tocando botones desde otro país.
Al mismo tiempo, cabe volver a la tediosa tarea de implementar la obligatoriedad del voto. No con el afán de molestar a los desinteresados ni de “perturbar” el descanso dominical de aquellos a quienes no les importan los malos gobiernos que arruinan vidas, sino con el fin definitivo de evitar que el dinero, los abalorios baratos, las falsas promesas y la coerción laboral puedan determinar una elección.
Porque al día de hoy, luego de largas y arduas investigaciones, de denuncias y de hechos comprobados, hay motivos de sobra para asegurar que, al menos en el país del Sagrado Corazón de Jesús, los colombianos no pusieron a su presidente y, a este paso, no volverán a hacerlo jamás ni en toda Latinoamérica.
A quienes no les importa o hasta se sienten bien a gusto, pueden continuar participando del baile de los fantoches.
Escribe: CARLOS ALBERTO RICCHETTI
1. Glosario de términos clave
- Bots: Cuentas automatizadas en redes sociales programadas para interactuar de forma masiva, difundir mensajes específicos, amplificar narrativas o simular debates públicos con usuarios reales.
- Despotesmo ilustrado: Forma de gobierno del siglo XVIII en la que los monarcas absolutos mantuvieron su poder absoluto pero adoptaron ideas de la Ilustración y reformas administrativas moderadas (“todo para el pueblo, pero sin el pueblo”).
- Fraude electrónico: Manipulación maliciosa de los sistemas informáticos, urnas digitales, bases de datos o algoritmos de transmisión de resultados en procesos electorales para alterar la voluntad popular.
- Fracking (Fracturación hidráulica): Técnica de extracción de hidrocarburos no convencionales mediante la inyección a presión de agua, arena y productos químicos en la roca madre, fuertemente cuestionada por su impacto ambiental y deterioro de napas de agua.
- Golpes blandos (o golpes suaves): Estrategias de desestabilización política, económica, comunicacional y jurídica orientadas a derrocar o debilitar gobiernos sin la intervención directa de las fuerzas armadas tradicionales.
- Megaminería a cielo abierto: Actividad extractiva industrial a gran escala que remueve la capa superficial de la tierra para extraer minerales mediante el uso de sustancias tóxicas como cianuro o mercurio.
- Poder omnímodo: Poder total o absoluto, sin límites jurídicos ni institucionales reales, ejercido habitualmente por élites corporativas o financieras transnacionales.


