Hay una herida tan real como antigua y es la posibilidad de presentar una falsa religiosidad, que construyen la imagen de Dios al servicio del miedo, del poder y de la necesidad humana de controlar lo desconocido. No toda práctica religiosa nace necesariamente de una experiencia profunda de Dios. También puede nacer del temor a morir, de la angustia frente a la enfermedad, de la necesidad de sentirse protegido, del miedo al castigo o del deseo de garantizar una recompensa después de la muerte. En este sentido, la religión merece ser sometida permanentemente a crítica, porque existe siempre el peligro de confundir a Dios con las representaciones que hacemos de Él.
Pero sería intelectualmente injusto concluir de allí que toda religión es necesariamente una fábrica de miedo. También esa afirmación puede convertirse en ideología. La religión es un fenómeno humano mucho más complejo. Ha producido culpabilidad y libertad, sometimiento y resistencia, fanatismo y santidad, violencia y reconciliación. Ha legitimado poderes, pero también ha dado a hombres y mujeres razones para enfrentarse a ellos. Por eso no basta afirmar que «la religión oprime» ni tampoco que «la religión salva». Es necesario preguntar qué tipo de experiencia religiosa estamos construyendo y qué clase de ser humano produce.
La cuestión de la culpa resulta especialmente importante. Una religión puede enfermar la conciencia cuando hace sentir al individuo permanentemente indigno, sucio o culpable. Pero tampoco podemos confundir liberación con eliminación de toda responsabilidad moral. Existe una diferencia fundamental entre decir «soy una persona despreciable porque he pecado» y decir «he causado daño y debo responder por ello». La primera afirmación puede destruir a la persona; la segunda hace posible la ética. Una religión madura no debería fabricar culpables, sino formar conciencias capaces de reconocer el mal, asumir sus consecuencias, reparar el daño, descubriendo que, ninguna culpa tiene por qué poseer la última palabra.
Sin embargo, afirmar, que porque Dios es amor no existe juicio, responsabilidad ni consecuencias sería caer en el extremo contrario. El amor bíblico no es indiferencia moral. Un Dios al que le resultaran igualmente irrelevantes la víctima y el verdugo, la justicia y la injusticia, la fidelidad y la traición, difícilmente podría llamarse amor. Precisamente porque ama, el mal le importa. Precisamente porque toma en serio al ser humano, también toma en serio su libertad y sus decisiones.
Aquí aparece quizá la crítica más profunda que puede hacerse al fenómeno religioso: la religión puede hablar constantemente de Dios y, paradójicamente, impedir encontrarse con Él. Puede multiplicar templos, normas, ceremonias, devociones y discursos mientras pierde aquello hacia lo cual todos esos signos deberían conducir.
Si después de años de práctica religiosa somos más intolerantes, más arrogantes, más incapaces de perdonar, más obsesionados con juzgar la vida ajena y menos sensibles ante el sufrimiento humano, entonces debemos atrevernos a preguntar para qué ha servido nuestra experiencia religiosa.
Padre Pacho


