La lucha del hombre contra el poder
es la lucha de la memoria contra el olvido.
Milan Kundera
Hay muchas formas de expulsar a los ciudadanos de un país. Sin embargo, las más bárbaras son aquellas en las que no se obliga a nadie a cruzar las fronteras porque su propia nación les quita, por la fuerza y con la muerte si es necesario, el lugar y las expresiones mediante las cuales pueden contar que estuvieron aquí.
Expatriar a los colombianos de su propia patria no implica dejarlos indocumentados, sobrecargarlos con impuestos o conducirlos con narrativas sospechosas al matadero de la ilegalidad; existe algo aún peor: arrebatarles la memoria pública para despojarlos de su historia y, de este modo inquisitivo, evitar que expliquen quiénes son, que se reconozcan como sujetos de derecho en un Estado “democrático” que prefiere los muros vacíos y blancos de aquellas dictaduras en que sólo se podían manchar con la sangre de los que ellos, por gusto o por decisiones arbitrarias, decidían asesinar.
Como una orden ante el pelotón de fusilamiento, las declaraciones publicadas el 16 de octubre sobre el Museo NAZIional de Colombia ordenaron el retiro de obras artísticas que relataban las arduas luchas feministas, la aceptación de la población LGBTIQ+ en una Colombia absolutamente homofóbica y todas aquellas narrativas que fundamentaban la construcción de paz.
Con el argumento inválido del adoctrinamiento político, Paola Holguín, ministra de Cultura, defendió a capa y espada y de manera inculta la decisión tomada. En el fondo, el debate enciende las alarmas porque no importa el qué, sino por qué las quitaron, bajo qué criterios curatoriales y dónde se reubicarán estas memorias fundamentales para la sociedad colombiana. ¡Ojalá no sean quemadas en una hoguera pública, como un acto simbólico a través del cual dirán que están preparados para disparar! Este hecho político, propio de las dictaduras, trae consigo una pregunta incómoda: ¿desde cuándo reconocer a los otros y sus diversidades constituye una amenaza para quienes gobiernan el país?
Ningún museo, desde luego, está obligado a exhibir los mismos objetos para siempre. Es cierto que hay restauraciones por hacer, cambios de montaje y exposiciones alternativas sobre creaciones contemporáneas. No obstante, archivar una pieza o descolgarla con el fin de ocultar su significado no equivale a retirarla para restaurarla; el mensaje es más profundo: se trata de destruir aquello que desagrada.
La gravedad del asunto se manifiesta cuando la selección invisibiliza el valor histórico de los testimonios y juzga, más bien, la legitimidad de las historias de vida de quienes las produjeron. Si el disgusto obedece a la existencia del sujeto representado en estas obras artísticas, entonces estamos ante una patria selectiva que ejerce la tiranía donde los bufones miran.
Pensemos, por ejemplo, en un adolescente homosexual que quiere conocer e indagar sobre su diversidad en la memoria fotográfica de alguna movilización ocurrida en el país. Va a las bibliotecas y al museo ávido de información; sin embargo, descubre algo aterrador: está solo, no descubre allí antecedentes ni, muchos menos, testimonios de resistencia. A mi modo de ver, despojarlo de esas posibilidades de encuentro a través de la memoria colectiva y del arte empobrece la comprensión que puede tener de sí mismo y de la construcción de historia colectiva en la que podría participar libremente; sin ser reprimido y señalado como una escoria.
Pero lo que no alcanzan a advertir los ingenuos es que el peligro también es latente para quienes no se sienten excluidos y celebran, desde la ignorancia, esa decisión nefasta que nos estrecha el relato y el mundo que perdemos al no reconocer los derechos del otro. El riesgo es que, si quitan a uno, no habrá compasión a la hora de borrarnos a todos.
En cuanto a las mujeres hay, detrás de esta medida, una trampa brutal: encadenarlas de nuevo a la sumisión del hogar. Hace un par de días, tomándome un café con mi amiga Claudia Morales, una mujer por demás brillante, coincidíamos en que las mujeres pueden ser hermosas, pacientes, maternales y casi divinas siempre y cuando no interroguen el poder. Así, una chica que planea, protesta, escribe o exige decidir libremente sobre su cuerpo traza otra historia, una historia que, en lugar de traer aplausos, trae, más bien, odios y disgustos. Entonces, para un país absolutista y totalitario lo mejor será representarla como la esposa abnegada con el fin de conferirle una visibilidad sumisa. En Colombia, la controversia de las mujeres inicia cuando sueltan la escoba y se toman con seriedad la palabra.
Esa misma obediencia, en una nación recalcitrante desde lo religioso, exige a las personas LGBTIQ+ algo inconcebible: pueden existir siempre que no se note demasiado su presencia. Es decir: que amen sin expresarlo a los cuatro vientos, que trabajen sin reclamar derechos y, lo más lamentable, que agradezcan la tolerancia que ocultan los demás tras la ira y el aborrecimiento hacia la comunidad. Someter la memoria pública y colectiva a semejante barbarie encierra a la nación en un clóset del que nadie podrá salir. La paradoja se cuenta sola: Colombia les permite deambular por sus calles por necesidad y con una condición tiránica: deshabitar esas mismas calles para que sus vidas sean olvidadas.
La pregunta fundamental es la siguiente: ¿qué significa invocar la protección cuando se destruye o aísla la presencia de estas memorias? Proteger, queridos amigos, implica dialogar para evitar que el país se convierta en una fosa común a cielo abierto. La diversidad humana no puede advertirse como un peligro al acecho.
Un niño, por supuesto, tiene la capacidad de aceptar que dos mujeres se aman sin que se derrumbe su infancia ni su masculinidad. Lo urgente es aprender que ninguna postura diversa ante la sexualidad autoriza el insulto, la agresión o la muerte. Rechazar las identidades de género convierte el prejuicio en un método pedagógico aberrante.
Si se acepta el desalojo arbitrario del museo, el daño estará hecho, pues los niños también aprenden con las ausencias, con aquello que jamás contribuyó a la vida cotidiana. Me explico: si unas personas aparecen en narrativas que sólo se asocian con el escándalo y el peligro, nadie, en la adultez, las imaginará resignificando el conocimiento, creando arte o transformando el mundo.
Aceptar que otros seres humanos tienen posturas y creencias distintas a las nuestras no significa que sean enemigos. Reconocerlos, incluso, amplía aquello que consideramos posible. En lo profundo de este asunto, existe algo que debe decirse: nadie tendría que sucumbir ante la tragedia del olvido para merecer un lugar en esa historia que resuena tras los murmullos y los pasillos, tras el silencio de saber que sí están sin estar.
Considero que es importante precisar que al descolgar un óleo o una fotografía no necesariamente se agrede a alguien. La violencia, como es sabido por todos, se manifiesta a través de múltiples causas y sus mecanismos exigen análisis con mayor hondura. El riesgo del que hablo es otro y mucho más inhumano: la exclusión a partir de órdenes del Estado promueve una respetabilidad aberrante hacia los desprecios que ya se habían “superado”. Esto provoca comportamientos respaldados por una ley imaginaria e iracunda y, si el vecino considera que el tipo del lado no merece vivir, los disparos o las puñaladas podrán llegar en el momento menos esperado. El Estado tiene que asumir las consecuencias de las acciones que propician sus decisiones, incluso cuando no lo digan directamente.
El peligro acecha, asimismo, en la confusión que puede percibirse entre documentar y homenajear. Un museo es libre de exponer un conflicto, una organización armada o una obra sobre el aborto. Lo importante de dicha exposición es que no obligue a los visitantes a admirar lo que no desean en su vida. Si cada pieza debe apreciarse por obligación, habría que descolgar cuanto nos incomode y, de este modo, conservar virgen nuestra presunta inocencia. Un país educado debe comprender y soportar sus propias contradicciones.
Escribo soportar porque, si desaparecen las luchas que trajeron consigo algunas conquistas, estas pueden aparecer en el imaginario colectivo como un obsequio del gobernante. Lo regalado se agradece, por supuesto; pero lo conquistado se defiende con las garras y con los dientes. Por estos motivos es determinante conservar, públicamente, las narrativas que cuentan quiénes organizaron, quiénes discutieron y, lo más importante, quiénes asumieron el costo de reivindicar la igualdad.
Borrar ese proceso construye una ciudadanía doblegada y agradecida por lo poco que le conceden. El daño más grave que podemos padecer hoy es que los tiranos nos acostumbren, a las malas, a pedir permiso para conservar la dignidad que nos pertenece.
Tampoco basta, desde luego, con llenar una sala de símbolos diversos apelando a la inclusión. Una obra no enaltece la patria si desconoce lo que sucede afuera, en las calles, mientras el pueblo marcha contra las malas decisiones gubernamentales. Hoy, las barricadas y el fuego en París dicen mucho más que las piezas artísticas expuestas en el Museo de Louvre. De hecho, la presencia de una creación artística no vuelve justa a una sociedad, pero retirarlas sin argumentos sí hace tiranos a los bufones que lo ordenan.
La memoria colectiva de un pueblo exige garantías para discutir sobre sus alcances y limitaciones. Por tanto, todo cambio en las narrativas sociales por mínimo que sea implica examinar y determinar cómo se conservará la pluralidad. El poder, a mi modo de ver, no debería pedir confianza mientras retira las evidencias con las que podríamos interrogar los propósitos de su gobernabilidad.
Confrontar a cualquier gobierno es esencial para entender y aceptar la diversidad; sin embargo, si se atreve a silenciarnos es determinante gritarle que nuestras convicciones no deben archivarse en el álbum de sus virtudes. Un Estado serio y sin ínfulas dictatoriales acepta los relatos incómodos sin someterlos al discurso de la falsedad.
El desacuerdo es válido y necesario; aun así requiere de argumentos más sólidos que la acusación banal del adoctrinamiento político. Si de ahora en adelante cada presidente puede corregir, borrar o reescribir las narrativas sociales de Colombia, entonces la memoria nacional durará lo mismo que su pobre mandato.
Me inquieta, en lo particular, la facilidad con que alguien puede decidir si algo sobra porque no lo representa. Una nación se caracteriza precisamente por la multiplicidad. En este sentido, habrá mujeres sin ningún interés por la maternidad, creyentes que acuden a templos no católicos, personas trans con un arraigo ético ejemplar. Por ello, respetarlas como sujetos de derecho no implica que se ganen nuestro afecto para poder pertenecer. Un museo nacional, en el fondo, es un escenario político y académico en el que podemos descubrir dicha diversidad sin caricaturizarla. Excluir por incomodidad y apoyar por indiferencia nos devuelve una imagen absolutamente falsa de nosotros mismos.
El peligro es inminente porque, con decisiones como estas, aceptamos que es necesario desaparecer las diferencias, que la construcción de la paz sólo se relata con las palabras autorizadas, que las mujeres son visibles mientras no se opongan al poder, que las personas diversas se nombran cada vez que alguien tenga que testificar sobre su muerte. Un país que identifica a algunos ciudadanos como víctimas evitaría revictimizarlos si más bien los reconoce como autores de ideas, de afectos, de futuros poco imaginados.
Asistir al museo es una experiencia que nos enriquece en relación con todo aquello que nos hizo: nuestras creaciones y nuestras vergüenzas, las obediencias y las rebeliones, el daño y los esfuerzos por repararlo. Ningún visitante, colombiano o extranjero, tendría que buscar la humanidad entre las marcas vacías de las obras retiradas. Cuando el Estado decide de manera unilateral que una memoria estorba, el miedo y el peligro llenan de olvido y muerte la casa, la escuela y la calle.
Por: Wilmar Ospina Mondragón
Escritor y profesor: Institución Educativa Ciudad Boquía
Universidad Tecnológica de Pereira
Universidad Católica de Pereira
[1] He tomado este título del libro La tiranía de los bufones. Sobre el poder grotesco (Christian Salmon, 2020).


