Una de las mejores dádivas que Pereira recibió en los momentos de su centenario, fue una dedicatoria escrita por el ilustre poeta de la raza Luis Carlos González Mejía, con el poema titulado Pereira, del cualquiero resaltar la célebre frase: Pereira, la querendona, trasnochadora y morena. Nada más ilustrativo para describir esta ciudad, noctámbula, alegre y bulliciosa, cuya frase está ligada a la identidad cultural de Pereira y a la obra del poeta.
Mucho tiempo atrás, los pereiranos movimos tierra, unimos voluntades y pusimos nuestras manos al servicio de una gesta cívica que permanece en la memoria de la ciudad: la construcción de la Villa Olimpica. Era una época en que el entusiasmo colectivo parecía no conocer límites y en la que el sentido de pertenencia se traducía en hechos, en obras, y en la convicción de que Pereira podía construir su propio destino.
Era también la Pereira que nuestro poeta supo interpretar con la sensibilidad de quien conoce el alma de su pueblo. Una ciudad querendona, trasnochadora y morena que encontraba en sus noches un espacio para el encuentro, la conversación, la música, la bohemia y la celebración de la vida. El trasnocho no era simplemente una costumbre de prolongar la noche, era una expresión de su carácter, una manera de reconocerse y de compartir.
Pero el tiempo pasa, las ciudades cambian y las costumbres también. La pandemia alteró muchas de nuestras formas de encontrarnos, mientras que el terremoto dejó su propia huella en la memoria y en la transformación de Pereira. Poco a poco, aquella vida nocturna que parecía tan natural en el paisaje urbano comenzó a perder parte de su protagonismo. No se trata de afirmar que el trasnocho haya desaparecido por completo, sino de reconocer que algo de aquella manera de vivir la ciudad parece haberse quedado en el pasado.
Y es precisamente allí donde los versos del poeta vuelven a cobrar un significado especial. Al recordar a la Pereira trasnochadora, no evocamos únicamente una ciudad que prolongaba sus noches, evocamos una época, unas costumbres y una forma de relacionarnos que contribuyeron a darle identidad.
Quizás por eso, cuando volvemos la mirada hacia aquella ciudad de la gesta cívica y de las noches interminables, sentimos que la poesía nos permite recuperar algo más que un recuerdo. Nos invita a preguntarnos cuánto de aquel espíritu colectivo permanece entre nosotros y cuánto hemos dejado atrás en medio de las transformaciones de la ciudad.
Porque las ciudades no se construyen solamente con cemento, edificios y grandes obras. También se construyen con la memoria de sus gentes, con sus rutinas, con sus canciones y con esos versos que, a pesar del paso de los años, siguen diciéndonos quienes fuimos y ayudándonos a comprender quiénes somos.
Y mientras Pereira continúa su camino hacia el futuro, la voz de Luis Carlos Gonzáles permanece como un testimonio de aquella ciudad querendona, trasnochadora y morena, cuya historia no debería perderse en el silencio de las noches que ya no son las mismas.
Directivo SOER (Sociedad Escritores de Risaralda)


