CAPÍTULO 05.  CUANDO LAS CIUDADES VOLVIERON A MIRAR SUS RÍOS

OpiniónActualidadCAPÍTULO 05.  CUANDO LAS CIUDADES VOLVIERON A MIRAR SUS RÍOS

Cinco ciudades, cinco respuestas distintas y una pregunta para Pereira:

¿Qué podemos aprender sin copiar?

Una caminata que volvió a mi memoria

Llegué a Bogotá en 2004. Venía de Pereira para empezar a trabajar en la Presidencia de la República y la capital me recibió como suele recibir a quien llega desde una ciudad bastante más pequeña: enorme, rápida, gris por momentos. Tráfico. Edificios. Gente. Ruido. Mucho cemento.

Desde donde vivía tomaba TransMilenio y me bajaba en la estación de Las Aguas. Cerca del Parque de los Periodistas comenzaba a caminar hacia mi trabajo. Y aquel trayecto me gustaba. No conocía todavía suficientemente la historia del lugar ni sabía mucho sobre el río San Francisco; simplemente veía que allí Bogotá cambiaba. Aparecían árboles, ladrillos, agua corriendo por las piletas y aparecía un espacio amplio para caminar.

Por unos minutos, aquella mole de cemento que intimidaba al recién llegado desde Pereira parecía bajar el tono. Yo caminaba hacia un trabajo nuevo y, seguramente sin darme cuenta, hacia una etapa completamente distinta de mi vida. Han pasado veintidós años y, mientras investigaba esta serie sobre Egoyá, me volví a acordar de aquella caminata del primer día de trabajo en la capital.

Lo que recorría entonces era el Eje Ambiental de la avenida Jiménez. Debajo de buena parte de ese corredor permanece canalizado el antiguo río San Francisco, el Vicachá muisca. Bogotá decidió volver a hacerlo presente: las piletas reciben agua proveniente del río y requieren mantenimiento para conservar ese flujo.

No lo desenterraron simplemente. Lo devolvieron a la memoria de la ciudad.

Y después de todo lo que hemos encontrado sobre Egoyá, esa diferencia importa. En el capítulo anterior planteamos tres posibilidades: recordar la quebrada aunque permanezca bajo tierra, construir algún tipo de corredor azul-verde o, si algún día los estudios demuestran que puede hacerse, volver a encontrar el agua en determinados puntos.

Colombia tiene otras experiencias. Medellín replanteó parte de la relación entre movilidad, río y espacio público con Parques del Río. Cali llevó bajo tierra parte del tránsito de la Avenida Colombia y recuperó la superficie para el Bulevar del Río. Ninguno de esos lugares es Egoyá y esa será la regla de este recorrido: no vamos a buscar una ciudad para copiar. Vamos a mirar qué hicieron otros y después regresaremos a Pereira.

Eje Ambiental de la avenida Jiménez, Bogotá. Foto: Felipe Restrepo Acosta / Wikimedia Commons. CC BY-SA 3.0

.Yonkers: ¿y si no hubiera que destaparlo todo?

Empecemos cerca de Nueva York. Por Yonkers pasa el Saw Mill River. O mejor: pasa por arriba y también por abajo. Durante décadas, una parte permaneció enterrada bajo el centro de la ciudad. Hasta noviembre de 2011, cuando el agua volvió a correr a cielo abierto en uno de sus sectores después de unos noventa años oculta.

A este tipo de intervención se le conoce como daylighting: volver a sacar a la superficie un curso de agua que había sido cubierto. Pero aquí está lo realmente interesante: no se dedicaron a perseguir el antiguo río debajo de toda la ciudad. Recuperaron un tramo.

La intervención recreó cerca de 1.280 metros cuadrados de hábitat acuático, entre pozas de agua dulce y una zona de influencia mareal. El antiguo conducto subterráneo tampoco desapareció: permanece paralelo al nuevo cauce y funciona como canal de desborde cuando aumenta el agua.

¿Y si con Egoyá tampoco hubiera que pensar en todo o nada?

En el capítulo anterior hablamos de la posibilidad de volver a ver el agua en algún lugar, pero pusimos una condición: primero tendrían que hablar la hidráulica, la geotecnia, las estructuras, los predios y las finanzas. Yonkers no prueba que algo semejante pueda hacerse en Pereira; prueba algo más simple: una ciudad puede recuperar fragmentos de un río enterrado sin intentar reconstruir de una sola vez todo su recorrido histórico.

Después llegaron otras fases. No resolvieron todo el río de una vez. Empezaron por un lugar. Guardemos esa idea.

Saw Mill River recuperado en el centro de Yonkers, Nueva York. Foto: Meg Stewart / Wikimedia Commons. CC BY-SA 2.0.

Seúl: debajo de una autopista seguía existiendo un río

Ahora volemos, crucemos medio mundo. Vamos a Seúl (Corea). Y enfrentemos el nombre: Cheonggyecheon, que podemos pronunciar aproximadamente como “chong-gui-chón”. Después lo llamaré algunas veces simplemente el cauce de Seúl para no enredarnos.

Su historia vuelve a parecernos conocida. La ciudad creció alrededor del agua, después comenzó a cubrirla y sobre el cauce aparecieron calles y finalmente una gran infraestructura vial elevada. Hasta que Seúl decidió cambiar de dirección.

Entre 2003 y 2005 recuperó 5,84 kilómetros del corredor y retiró una vía de diez carriles y una autopista elevada de cuatro. La intervención tuvo un costo aproximado de US$345 millones.

Las fotografías del resultado son fáciles de querer: agua, árboles, senderos, puentes, gente caminando entre edificios. Pero una fotografía nunca cuenta toda una ciudad. El Cheonggyecheon actual no es simplemente el antiguo río que regresó después de quitar el concreto; es también infraestructura. Necesita suministro de agua, operación y mantenimiento.

Y hay algo más: la gente. Antes de la intervención funcionaban allí numerosos pequeños negocios. Un estudio publicado en 2023 en Land Use Policy examinó qué ocurrió con comerciantes trasladados y encontró pérdida de ventajas de localización para algunos de ellos, además de cuestionamientos sobre consulta y planificación de las relocalizaciones. En todos lados del mundo se cuecen habas.

Fue en ese punto donde dejé de mirar solamente el agua y pensé en Pereira: en los almacenes, el vendedor ambulante, el pequeño comerciante, los lugares donde se come y las personas que llevan décadas haciendo ciudad sin aparecer necesariamente en un plano.

¿Puede existir un diseño que ordene sin expulsar?

Seúl no responde por nosotros, pero, nos recuerda que conviene hacer esa pregunta antes de que lleguen las máquinas.

Cheonggyecheon después de la intervención, Seúl. Foto: riNux / Wikimedia Commons. CC BY-SA 2.0.

Singapur: ese parque también trabaja

Nuestra siguiente parada parece, a primera vista, un parque. Hasta que comienza a llover. Estamos en Bishan-Ang Mo Kio Park, en Singapur, por donde pasa el Kallang River. Durante años, parte de su recorrido era un canal recto de concreto construido para conducir rápidamente el agua.

PUB, la agencia nacional del agua de Singapur, y la autoridad de parques decidieron transformarlo. Un tramo de 2,7 kilómetros de canal de concreto terminó convertido en aproximadamente 3 kilómetros de río naturalizado. Utilizaron plantas, rocas y técnicas de bioingeniería para estabilizar las orillas; antes de intervenir todo el sector probaron distintas soluciones durante once meses.

Hasta ahí podríamos pensar solamente en paisajismo. Pero espere a que llueva. El cauce funciona bajo un concepto de llanura de inundación: con poco caudal, el agua permanece concentrada en una sección estrecha; cuando llegan lluvias fuertes y el nivel aumenta, otras áreas del parque comienzan también a conducir agua.

El parque deja de ser solamente parque. También trabaja para el bienestar de la ciudad.

El río permanece conectado a la red urbana de drenaje y existen sensores, señales, cámaras y sistemas de alarma porque durante tormentas el nivel puede subir rápidamente.

Y ahí volvemos a una frase del capítulo anterior: el sueño urbano no puede comenzar escondiendo la ingeniería. Podemos dibujar árboles, bancas, senderos, cafés y bicicletas, pero el agua seguirá haciendo lo que hace el agua: buscará por dónde pasar. Ya lo hemos visto.

Eso no quiere decir que Pereira pueda copiar Bishan. Las condiciones físicas son completamente distintas. Lo útil está en el principio: primero entender cómo funciona el agua y después decidir qué ciudad puede convivir con ella.

Bishan Park, Singapur: a la izquierda, en 2008, el Kallang River como canal de concreto; a la derecha, en 2011, después de su naturalización. Foto/montaje documental: Pagodashophouse / Wikimedia Commons. CC BY-SA 3.0.

Madrid: una ciudad nueva para caminar una tarde

Madrid es otra historia. El Manzanares (se acuerdan de la canción del cuarteto Imperial), no estaba oculto bajo la ciudad como Egoyá. La barrera era distinta: durante décadas, buena parte de la relación entre el río y los barrios próximos estuvo condicionada por la M-30. Entre 2003 y 2007 se soterró parte de esa vía junto al Manzanares y después nació Madrid Río.

El parque quedó completamente abierto en 2011 y ocupa un poco más de un millón 200 mil metros cuadrados. Allí aparecieron jardines, recorridos peatonales, zonas deportivas, áreas infantiles y nuevas conexiones entre las dos riberas.

Pero Madrid Río yo no lo conocí para este estudio. Lo caminé. En 2012 tuve que viajar a Madrid por trabajo y allí me reencontré con una gran amiga, Adelaida Villamil, periodista, que vivía cerca de aquella intervención todavía nueva. Era viernes y esa tarde salimos simplemente a caminar.

Mi recuerdo de Madrid Río tiene poco que ver con cifras. Paramos a comer algo, después apareció un helado, nos sentamos, vimos niños jugando y seguimos caminando. Pasamos cerca del entonces estadio Vicente Calderón (El del Atlético de Madrid del Cholo Simeone), y entramos en aquella estructura que desde lejos vi como una especie de túnel en espiral: era el Puente de la Arganzuela, diseñado por Dominique Perrault.

Seguimos hacia el entorno del Palacio Real. Pero, cuando recuerdo aquella tarde, no pienso primero en una gran operación urbanística. Pienso en lo que hicimos allí: caminar, conversar, comer, sentarnos, mirar niños jugando, comernos unas tapas con una copa de vino andaluz.

Tal vez esa sea también una manera de medir el espacio público: por las cosas sencillas que permite que ocurran.

Y entonces aparece otra pregunta para Pereira. Si algún día existe un corredor distinto sobre Egoyá, ¿estaremos hablando de una obra para fotografiar desde arriba o de lugares donde realmente pueda pasar la vida? No necesariamente es lo mismo.

Pero Madrid también tiene otra cara. Cuando un lugar mejora radicalmente, aumenta su atractivo y pueden cambiar los valores del suelo, los usos y la posibilidad de permanecer allí. En 2025, José Ariza de la Cruz y Daniel Sorando Ortín publicaron una investigación sobre Madrid Río y gentrificación (proceso en el que la valorización y transformación de un sector puede atraer población y actividades con mayor capacidad económica y terminar desplazando, directa o gradualmente, a residentes o comercios que ya estaban allí).

Su conclusión fue específica: encontraron que Madrid Río precipitó procesos de gentrificación en las secciones censales más próximas de la orilla que presentaba previamente mayores condiciones de empobrecimiento. No significa que todo Madrid Río haya expulsado a sus vecinos; significa que mejorar un lugar también puede cambiar quién puede pagarlo.

Entonces aparecen preguntas que Pereira tendrá que hacerse si algún día decide intervenir seriamente Egoyá: ¿qué pasa con quien arrienda, con el pequeño negocio, con el vendedor, con la vivienda, con quienes estaban allí mucho antes de que el lugar se volviera atractivo para nuevas inversiones? No tenemos las respuestas. Pero esas preguntas deben estar sobre la mesa.

Una caminata por Madrid Río. En el centro, el Puente de la Arganzuela; a la izquierda, el recorrido junto al río Manzanares; y a la derecha, el entonces estadio Vicente Calderón. Archivo personal de Fernando Sánchez Prada.

San Antonio: la obra terminó; el trabajo no.

Nuestra última parada está en Texas. San Antonio. Pero no vamos al famoso River Walk del centro. Vamos más al sur, a Mission Reach.

Allí se intervino un corredor de aproximadamente 13 kilómetros del río San Antonio. La construcción comenzó en 2008 y terminó en 2013, con una inversión aproximada de US$271 millones. El proyecto tenía que hacer convivir tres cosas: control de inundaciones, recuperación ambiental y recreación. Y el orden era ese: la prioridad seguía siendo mantener la capacidad hidráulica.

Todo funcionó. Pero las plantas también hicieron lo que hacen las plantas: crecieron. Con los años aparecieron árboles y arbustos espontáneos en sectores donde podían interferir con la conducción de las crecientes, así que tocó volver a estudiar el río.

Entre 2025 y 2026, la autoridad inició una remoción selectiva de vegetación para mantener el equilibrio entre restauración ambiental y seguridad hidráulica. Para decidir dónde actuar utilizaron modelos de inundación, observaciones de campo e información LiDar (tecnología de medición remota mediante pulsos láser que permite construir modelos muy precisos del terreno, la vegetación y sus alturas).

Y esa historia me parece particularmente útil para Egoyá, porque hay una parte de los proyectos urbanos que casi nunca aparece en la fotografía de inauguración: alguien poda, limpia, inspecciona, mide y repara. Alguien decide cuándo un árbol puede quedarse y cuándo, por seguridad, debe retirarse. Y alguien tiene que conseguir todos los años el dinero para hacerlo.

La San Antonio River Authority llama a ese proceso gestión adaptativa: modificar la manera de manejar el corredor a medida que el propio sistema cambia.

Una obra puede inaugurarse. Una ciudad nunca termina de cuidarla.

Mission Reach del río San Antonio, Texas. Foto: Michaelluckey / Wikimedia Commons. CC BY 4.0.

Después de viajar, regresemos a nuestra a Pereira

Cinco ciudades. Ninguna receta. Mejor así. Yonkers mostró que un río enterrado puede reaparecer por partes. Seúl enseñó hasta dónde puede llegar una transformación urbana, pero también que detrás del agua y los árboles siguen existiendo comerciantes, actividades económicas y personas. Singapur dejó de separar el parque de la hidráulica. Madrid recordó que un espacio público se mide también por la vida que permite y que mejorar un territorio puede alterar su valor y sus dinámicas sociales. San Antonio puso sobre la mesa algo más: lo construido necesita mantenimiento, vigilancia, recursos y decisiones técnicas durante muchos años.

Ahora sí volvamos a Egoyá: al antiguo valle, los rellenos, el colector, Ciudad Victoria, las calles del centro, el comercio y los espacios que dejó el terremoto. Y a aquellos 30 metros a cada lado del eje predeterminado del colector que, como ya explicamos, no constituyen automáticamente un parque de 60 metros. Son una zona que primero exige estudiar qué existe debajo y qué usos podrían ser posibles.

Cuando comenzamos esta serie queríamos entender qué había debajo de Pereira. Después reconstruimos cómo una quebrada ligada a la historia de la ciudad terminó desapareciendo de nuestra mirada. Luego descubrimos que el suelo también tiene memoria. Y cuando imaginamos otra Pereira encontramos algo que tampoco esperábamos: llevamos más de treinta años preguntándonos qué hacer sobre Egoyá.

Ahora sabemos algo más. Otras ciudades también tuvieron que decidir qué hacer con ríos ocultos, canales de concreto, carreteras, inundaciones, comercio y espacio público. Algunas volvieron a mostrar el agua. Otras decidieron recordarla. Unas retiraron carreteras. Otras convirtieron el parque en parte de su infraestructura hidráulica. Después tuvieron que ocuparse de aquello que casi nunca aparece en las imágenes de catálogo turístico: mantenimiento, financiación, movilidad, suelo, comerciantes, seguridad y ciudadanos que quieren seguir viviendo donde siempre han vivido.

Tal vez Pereira no tenga que destapar Egoyá. Tal vez pueda hacerlo solamente en algún punto. Tal vez nunca volvamos a ver directamente el agua y encontremos otra forma de reconocer su recorrido. Tal vez existan lugares donde un corredor verde tenga sentido. Y puede ocurrir también que los estudios digan que varias de nuestras ideas no funcionan. Saberlo sería avanzar.

Lo que no tendría sentido sería escoger primero la fotografía que nos gusta y buscar después la ingeniería que la justifique.

Hace veintidós años yo caminaba por el Eje Ambiental de Bogotá sin saber demasiado sobre el río San Francisco que estaba bajo mis pies. Solo sabía que, por unos minutos, aquella enorme ciudad se sentía diferente. Años después caminé junto al Manzanares: comí algo, me tomé un helado, conversé con una amiga, vi niños jugando, me senté y seguí caminando.

La relación de una ciudad con el agua no se mide solamente en kilómetros de cauce, hectáreas de parque o millones de dólares. También se mide en lo que las personas pueden hacer cuando llegan allí.

Después de viajar por Bogotá, Yonkers, Seúl, Singapur, Madrid y San Antonio, la pregunta ya no puede ser cuál de esas ciudades debemos copiar. La pregunta es nuestra:

¿Qué tendría que hacer Pereira para encontrar su propia manera de volver a encontrarse con Egoyá?

Eso nos queda para el sexto y último capítulo.

Fuentes documentales y académicas consultadas

1. Instituto de Desarrollo Urbano / Bogotá D.C. Información sobre mantenimiento del Eje Ambiental y piletas alimentadas por el río San Francisco. Consulta

2. Groundwork Hudson Valley. Story of the Daylighting. Saw Mill River, Yonkers. Consulta

3. Seoul Metropolitan Government. Cheonggyecheon Stream Restoration Project. Consulta

4. Global Designing Cities Initiative. Case Study: Cheonggyecheon; Seoul, Korea. Consulta

5. Kim, Yoon-jung; Yang, Hee Jin. Rethinking Cheonggye Stream Restoration Project: Is urban greening strategy socially inclusive? Land Use Policy, 2023. Consulta

6. PUB Singapore. Kallang River at Bishan-Ang Mo Kio Park. Consulta

7. National Parks Board Singapore. Bishan-Ang Mo Kio Park: funcionamiento y seguridad. Consulta

8. Ayuntamiento de Madrid. Madrid Río: información ampliada. Consulta

9. Ariza de la Cruz, José; Sorando Ortín, Daniel. Madrid Río: un cauce de gentrificación verde. Revista Internacional de Sociología, 2025. Consulta

10. San Antonio River Authority. Mission Reach: restauración, manejo hidráulico y gestión adaptativa. Consulta

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