LA CONCUPISCENCIA COMO REGLA DE LA CARTILLA DE CARREÑO

OpiniónEducaciónLA CONCUPISCENCIA COMO REGLA DE LA CARTILLA DE CARREÑO

Si Manuel Antonio Carreño viviera hoy, con toda seguridad habría agregado una nueva regla en su Manual de Urbanidad: “Controle usted su concupiscencia».

Y es que, si algo hemos perdido en la relación de las personas con las personas, de las personas con la ciudad y de las personas con el país, es el control de esa vocecita interior que nos incita a hacer lo que sabemos que está mal.

¿Qué es la concupiscencia? No es una palabra rara de iglesia. Es esa inclinación natural que todos tenemos a hacer, decir, comer o pensar lo que no debemos, aunque en el fondo sabemos que no es correcto.

Es muy humano. Es muy normal que en lo doméstico existan intrigas. Que uno hable mal del vecino porque puso la música muy duro. Que dentro de la casa uno hable mal de un familiar. Que en la tienda uno hable mal del político, del cura, del policía, del alcalde. Uno sabe que está mal hecho, que eso no construye, pero sin embargo lo hace. ¿Por qué? Por concupiscencia.

LA VOCECITA QUE NOS PICA LA LENGUA

La concupiscencia más común en nuestros pueblos no es la del robo o la del dinero. Es la de la lengua.

Nos pica la lengua por contar.

Escuchamos un noticiero a medias, nos llega un audio por WhatsApp, vemos un rumor en Facebook y de inmediato lo damos por hecho. No verificamos, no preguntamos, pero nos encanta tener la chiva. Nos fascina ser los primeros en saber la última.

Y ahí es donde la concupiscencia se vuelve daño social.

Porque no todo lo que publican en redes es verdad, pero la gente lo da por cierto. Con un compartir, con un «a mí me contaron», le dañamos la honra a una persona, le desbaratamos la familia, desinformamos a toda una comunidad.

¿Cuántas familias en Risaralda, en Colombia, no han terminado peleadas por un chisme que nunca fue verdad?

Santiago 1:14 nos advirtió hace dos mil años: «Cada uno es tentado cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido». Es decir, nadie nos obliga. Nosotros mismos nos dejamos llevar.

LA REGLA QUE NOS FALTA

Si incorporáramos la concupiscencia como regla de la cartilla de Carreño, nuestra vida sería más fácil y más digna:

  1. En la casa:Qué importante sería que antes de hablar mal de nuestro propio familiar, nos preguntáramos: ¿esto que voy a decir construye o destruye? El chisme en la sala es el primer ladrillo de una familia dividida.
  2. En la cuadra y con el vecino: Qué fácil sería vivir si en vez de criticar al vecino por detrás, lo saludáramos de frente. La ciudad no se arregla en la alcaldía, se arregla en el andén, cuando decidimos no alimentar la intriga.
  3. Con el país: Qué país tan distinto tendríamos si antes de repetir que «todos los políticos son ladrones», que «todos los policías son corruptos», que «todos los curas son tal cosa», nos detuviéramos a pensar. Generalizar es la concupiscencia del perezoso. Es más fácil repetir el rumor que buscar la verdad.

El filósofo estoico Séneca lo dijo de forma contundente y nos sirve para enmarcarlo en la pared de la casa:

«Lo que de ti se dice, aunque sea verdad, si te lo dicen sin permiso, es calumnia».

Y yo le agrego: y si además es mentira, es maldad pura nacida de nuestra concupiscencia.

EL ANTÍDOTO PRÁCTICO

No se trata de ser santos. Se trata de ser urbanos, en el sentido más bello de Carreño.

Le propongo tres prácticas para esta semana:

  1. El filtro de los tres: Antes de contar algo, pregúntese: ¿Es verdad? ¿Es necesario? ¿Es bondadoso? Si no cumple las tres, no lo diga. Domine la pica de la lengua.
  2. Ayuno de chisme: hagamos ayuno de chisme porque sabemos que le hace daño al alma y a la comunidad. Un día sin hablar mal de nadie. Verá qué liviano se siente.
  3. No sea repetidora de lo que no le consta: Si le llega una noticia escandalosa, no la reenvíe. Si escucha un rumor del vecino, no lo agrande. La desinformación muere cuando uno decide no ser su mensajero.

Al final, mi querido lector, la buena urbanidad no es saber con qué mano se agarra el tenedor. La buena urbanidad es saber cuándo cerrar la boca, cuándo cerrar el celular y cuándo abrir el corazón.

Controlar nuestra concupiscencia es quizás la regla más importante que Carreño olvidó escribir, pero que hoy risaralda ;Colombia y el mundo todo
 necesitan con urgencia.

Porque una ciudad que no controla su lengua, jamás controlará su destino.

LA CONCUPISCENCIA COMO REGLA DE LA CARTILLA DE CARREÑO

Por: Elsa g Cifuentes.


Si Manuel Antonio Carreño viviera hoy, con toda seguridad habría agregado una nueva regla en su Manual de Urbanidad: “Controle usted su concupiscencia».

Y es que, si algo hemos perdido en la relación de las personas con las personas, de las personas con la ciudad y de las personas con el país, es el control de esa vocecita interior que nos incita a hacer lo que sabemos que está mal.

¿Qué es la concupiscencia? No es una palabra rara de iglesia. Es esa inclinación natural que todos tenemos a hacer, decir, comer o pensar lo que no debemos, aunque en el fondo sabemos que no es correcto.

Es muy humano. Es muy normal que en lo doméstico existan intrigas. Que uno hable mal del vecino porque puso la música muy duro. Que dentro de la casa uno hable mal de un familiar. Que en la tienda uno hable mal del político, del cura, del policía, del alcalde. Uno sabe que está mal hecho, que eso no construye, pero sin embargo lo hace. ¿Por qué? Por concupiscencia.

LA VOCECITA QUE NOS PICA LA LENGUA

La concupiscencia más común en nuestros pueblos no es la del robo o la del dinero. Es la de la lengua.

Nos pica la lengua por contar.

Escuchamos un noticiero a medias, nos llega un audio por WhatsApp, vemos un rumor en Facebook y de inmediato lo damos por hecho. No verificamos, no preguntamos, pero nos encanta tener la chiva. Nos fascina ser los primeros en saber la última.

Y ahí es donde la concupiscencia se vuelve daño social.

Porque no todo lo que publican en redes es verdad, pero la gente lo da por cierto. Con un compartir, con un «a mí me contaron», le dañamos la honra a una persona, le desbaratamos la familia, desinformamos a toda una comunidad.

¿Cuántas familias en Risaralda, en Colombia, no han terminado peleadas por un chisme que nunca fue verdad?

Santiago 1:14 nos advirtió hace dos mil años: _»Cada uno es tentado cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido»_. Es decir, nadie nos obliga. Nosotros mismos nos dejamos llevar.

LA REGLA QUE NOS FALTA

Si incorporáramos la concupiscencia como regla de la cartilla de Carreño, nuestra vida sería más fácil y más digna:

1. En la casa:Qué importante sería que antes de hablar mal de nuestro propio familiar, nos preguntáramos: ¿esto que voy a decir construye o destruye? El chisme en la sala es el primer ladrillo de una familia dividida.

2. En la cuadra y con el vecino: Qué fácil sería vivir si en vez de criticar al vecino por detrás, lo saludáramos de frente. La ciudad no se arregla en la alcaldía, se arregla en el andén, cuando decidimos no alimentar la intriga.

3. Con el país: Qué país tan distinto tendríamos si antes de repetir que «todos los políticos son ladrones», que «todos los policías son corruptos», que «todos los curas son tal cosa», nos detuviéramos a pensar. Generalizar es la concupiscencia del perezoso. Es más fácil repetir el rumor que buscar la verdad.

El filósofo estoico Séneca lo dijo de forma contundente y nos sirve para enmarcarlo en la pared de la casa:

«Lo que de ti se dice, aunque sea verdad, si te lo dicen sin permiso, es calumnia».

Y yo le agrego: y si además es mentira, es maldad pura nacida de nuestra concupiscencia.

EL ANTÍDOTO PRÁCTICO

No se trata de ser santos. Se trata de ser urbanos, en el sentido más bello de Carreño.

Le propongo tres prácticas para esta semana:

1. El filtro de los tres: Antes de contar algo, pregúntese: ¿Es verdad? ¿Es necesario? ¿Es bondadoso? Si no cumple las tres, no lo diga. Domine la pica de la lengua.

2. Ayuno de chisme: hagamos ayuno de chisme porque sabemos que le hace daño al alma y a la comunidad. Un día sin hablar mal de nadie. Verá qué liviano se siente.

3. No sea repetidora de lo que no le consta: Si le llega una noticia escandalosa, no la reenvíe. Si escucha un rumor del vecino, no lo agrande. La desinformación muere cuando uno decide no ser su mensajero.

Al final, mi querido lector, la buena urbanidad no es saber con qué mano se agarra el tenedor. La buena urbanidad es saber cuándo cerrar la boca, cuándo cerrar el celular y cuándo abrir el corazón.

Controlar nuestra concupiscencia es quizás la regla más importante que Carreño olvidó escribir, pero que hoy risaralda ;Colombia y el mundo todo
 necesitan con urgencia.

Porque una ciudad que no controla su lengua, jamás controlará su destino.

Por: Elsa g Cifuentes.


Si Manuel Antonio Carreño viviera hoy, con toda seguridad habría agregado una nueva regla en su Manual de Urbanidad: “Controle usted su concupiscencia».

Y es que, si algo hemos perdido en la relación de las personas con las personas, de las personas con la ciudad y de las personas con el país, es el control de esa vocecita interior que nos incita a hacer lo que sabemos que está mal.

¿Qué es la concupiscencia? No es una palabra rara de iglesia. Es esa inclinación natural que todos tenemos a hacer, decir, comer o pensar lo que no debemos, aunque en el fondo sabemos que no es correcto.

Es muy humano. Es muy normal que en lo doméstico existan intrigas. Que uno hable mal del vecino porque puso la música muy duro. Que dentro de la casa uno hable mal de un familiar. Que en la tienda uno hable mal del político, del cura, del policía, del alcalde. Uno sabe que está mal hecho, que eso no construye, pero sin embargo lo hace. ¿Por qué? Por concupiscencia.

LA VOCECITA QUE NOS PICA LA LENGUA

La concupiscencia más común en nuestros pueblos no es la del robo o la del dinero. Es la de la lengua.

Nos pica la lengua por contar.

Escuchamos un noticiero a medias, nos llega un audio por WhatsApp, vemos un rumor en Facebook y de inmediato lo damos por hecho. No verificamos, no preguntamos, pero nos encanta tener la chiva. Nos fascina ser los primeros en saber la última.

Y ahí es donde la concupiscencia se vuelve daño social.

Porque no todo lo que publican en redes es verdad, pero la gente lo da por cierto. Con un compartir, con un «a mí me contaron», le dañamos la honra a una persona, le desbaratamos la familia, desinformamos a toda una comunidad.

¿Cuántas familias en Risaralda, en Colombia, no han terminado peleadas por un chisme que nunca fue verdad?

Santiago 1:14 nos advirtió hace dos mil años: _»Cada uno es tentado cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido»_. Es decir, nadie nos obliga. Nosotros mismos nos dejamos llevar.

LA REGLA QUE NOS FALTA

Si incorporáramos la concupiscencia como regla de la cartilla de Carreño, nuestra vida sería más fácil y más digna:

1. En la casa:Qué importante sería que antes de hablar mal de nuestro propio familiar, nos preguntáramos: ¿esto que voy a decir construye o destruye? El chisme en la sala es el primer ladrillo de una familia dividida.

2. En la cuadra y con el vecino: Qué fácil sería vivir si en vez de criticar al vecino por detrás, lo saludáramos de frente. La ciudad no se arregla en la alcaldía, se arregla en el andén, cuando decidimos no alimentar la intriga.

3. Con el país: Qué país tan distinto tendríamos si antes de repetir que «todos los políticos son ladrones», que «todos los policías son corruptos», que «todos los curas son tal cosa», nos detuviéramos a pensar. Generalizar es la concupiscencia del perezoso. Es más fácil repetir el rumor que buscar la verdad.

El filósofo estoico Séneca lo dijo de forma contundente y nos sirve para enmarcarlo en la pared de la casa:

«Lo que de ti se dice, aunque sea verdad, si te lo dicen sin permiso, es calumnia».

Y yo le agrego: y si además es mentira, es maldad pura nacida de nuestra concupiscencia.

EL ANTÍDOTO PRÁCTICO

No se trata de ser santos. Se trata de ser urbanos, en el sentido más bello de Carreño.

Le propongo tres prácticas para esta semana:

1. El filtro de los tres: Antes de contar algo, pregúntese: ¿Es verdad? ¿Es necesario? ¿Es bondadoso? Si no cumple las tres, no lo diga. Domine la pica de la lengua.

2. Ayuno de chisme: hagamos ayuno de chisme porque sabemos que le hace daño al alma y a la comunidad. Un día sin hablar mal de nadie. Verá qué liviano se siente.

3. No sea repetidora de lo que no le consta: Si le llega una noticia escandalosa, no la reenvíe. Si escucha un rumor del vecino, no lo agrande. La desinformación muere cuando uno decide no ser su mensajero.

Al final, mi querido lector, la buena urbanidad no es saber con qué mano se agarra el tenedor. La buena urbanidad es saber cuándo cerrar la boca, cuándo cerrar el celular y cuándo abrir el corazón.

Controlar nuestra concupiscencia es quizás la regla más importante que Carreño olvidó escribir, pero que hoy risaralda ;Colombia y el mundo todo
 necesitan con urgencia.

Porque una ciudad que no controla su lengua, jamás controlará su destino.

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