Cuando la luz se va.

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Penumbra, imagen corltesia de xataka.com

Por JAIME CORTÉS DÍAZ

Y no propiamente la eléctrica, sino la que alumbra las mentes para que fulgure la racionalidad en la comprensión y solución de conflictos nacidos de las relaciones público-sociales que se dan en una sociedad como es el caso actual colombiano, no hay casi nada por hacer.

Cuando existe disponibilidad de escuchar y negociar, aspecto que debe entenderse dentro de un marco de concertación en pro de lograr equilibrios para enrutar el bien común con énfasis en medios adecuados y sostenibles dirigido a los más necesitados, todo tiene que ser posible y aún de mayor esfuerzo, pero en un tiempo justo que permita continuar con el otro frente, al parecer rezagado por no decir semi olvidado, que es el de la pandemia, factor de altísimo peligro (hoy en su peor momento) que empuja a la muerte y a falencias en la vida económica, sepultando relaciones de familias e interpersonales, haciendo a la comunidad miserable y autodestruible por indisciplina e intensas aglomeraciones.

Pasado el tiempo, en diatribas y talanqueras, lo difuso parece no dejar ver con claridad, pues echar humo acentúa la incertidumbre y sirve para la creencia de hacer ver al contrincante (el Estado) medroso y debilitado, incapaz de abrirse a todo lo pedido irresponsablemente. Entonces, los que fungen como dirigentes, se refugian en el silencio al no condenar los incendios y bloqueos para que siga reinando la oscuridad.

Es la hora pronta de las soluciones, de valorar en ellas los derechos de los tejidos que componen los estamentos de la colectividad, evitando la concurrencia de los desastres, la inmovilidad, el desplome de los empleos, tal como varias organizaciones sindicales lo han pregonado con claridad y realidad. Estos treinta y más días, fueron de lamentables decesos de particulares y funcionarios del orden, han dañado la economía de la nación por 11 billones de pesos.  Negociar, no es arrinconar al otro, es el arte de ceder en beneficio de llegar a acuerdos buenos y posibles para los intereses generales que se desatan en la mesa; el resto, en contrario, es buscar que la complejidad y el desasosiego sigan en la calle blandiendo odios con dirección a la digresión violenta. Eso no puede ser de ninguna manera. El lenguaje que es un arma buena o mortífera, según se use, no puede ser mecanismo eufemístico para sentir legal lo que es ilegal. Decir “corredores humanitarios” es aparentar misericordia civilizada, con lo que se muestra destonalidad institucional; o llamar a los bloqueos y atrincheramientos “puntos de resistencia”, es una distorsión lingüística de igual jaez al de “retenido” por secuestrado.

Ojalá la luz del comportamiento patriótico logre esparcir ponderación a los miembros del gobierno y del comité del paro, con el propósito de allanar dificultades para aterrizar convenios cumplibles que dignifiquen y creen empleo para el desarrollo competitivo, social  y educativo. Al respecto se agrega lo dicho por Antonio Navarro Wolff en entrevista a El Tiempo: “En este período de la vida nacional, la calle manda. Lo que pasa es que también tiene que mandar con inteligencia, con sensatez, con salidas, tiene que mandar con soluciones porque si se prolonga indefinidamente un paro sin solución, se va a ir perdiendo la posibilidad de hacer los cambios que la sociedad necesita”.

Y lo intensamente delicado: continuación del desangre, el vandalismo, el terror, los pillajes y los bloqueos con el agravante de tener a la par el azote del covid19 golpeando sin atenuantes la salud de la población.

Existen puntos concordantes sobre apoyo solidario, educación, reactivación; estimular el empleo, erradicar y aminorar  pobrezas de distintas denominaciones y un ánimo de acompañamiento del país en la búsqueda de equidad, oportunidades, confianza, cerrar heridas y reconstruir con firme propósito la nacionalidad.

Las uvas de la ira no pueden seguir servidas en una lucha fratricida de hondas e inesperadas repercusiones. Los estopines de los estallidos tienen que extirparse con resultados positivos para el bienestar comunitario.

No es dable pensar ahora que la luz se va únicamente en las sombras de la tarde. O, ¿llegó el apagón de la razón?

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