¿DISTOPÍA O GOLPE DE REALIDAD?

Opinión¿DISTOPÍA O GOLPE DE REALIDAD?

El presente es el futuro que ha llegado, esa visión lejana, como un sueño o una esperanza que albergamos o como una incertidumbre o una pesadilla a la que le tuvimos mucho miedo, y que ya está aquí, explotando en nuestra cara, como una realidad para la que no nos preparamos.

Con la anterior frase he venido elucubrando sobre lo que les pasa por la mente a los escritores cuando escriben novelas con temas adelantados a su tiempo y sobre cómo, finalmente, el mundo se va transformando en lo que ellos imaginaron o predijeron.

La novela 1984 de Gorge Orwell, fue hecha para aleccionar sobre los excesos de los regímenes autoritarios, como el de Hitler o el de José Stalin, en un sistema despiadado, diseñado para que no haya nada por encima de la voluntad de un líder político o de su idea de nación, donde, para asegurar que ello sea así, se llega a construir la realidad misma, suprimiendo, inventando y manipulando la información, creando una burbuja entre los seguidores de la causa, que no les permite ser conscientes del engaño ni reconocer las otras visiones, generando una confrontación entre quienes están con el sistema y quienes no hacen parte, porque se mueven bajo principios e ideas distintos, y, por tanto, son etiquetados de enemigos y merecen ser acallados, borrados.

1984, que cumple ya casi 80 años, tiene la particularidad de que no fue escrita para el presente ni para el futuro, fue escrita para cualquier tiempo y cualquier sociedad en los que el gobernante se imponga, no necesariamente a través de la fuerza física sino mediante el control de la verdad, del lenguaje y de la conciencia humana, sacrificando la democracia y la libertad en nombre de un proyecto.

Algo similar sucede con la obra de Margaret Atwood, la escritora canadiense que, a principios de los años 80, empezó a notar las amenazas que se cernían sobre los avances de la sociedad norteamericana, obtenidos luego de las dos guerras mundiales, especialmente en lo que respecta a los derechos de las mujeres, de las minorías y las libertadas civiles. 

En Nueva Inglaterra, región que comprende los estados de Maine, Vermont, New Hampshire, Massachusetts, Connecticut y Rhode Island, donde se sentaron las bases de los Estados Unidos, donde se dictó la constitución y se edificó la democracia, pero también proliferaron  comunidades con gran arraigo religioso, como los cuáqueros, Margaret Atwood, en su libro El cuento de la criada, se imaginó una sociedad asolada por el cambio climático, el colapso ecológico y una crisis de natalidad, que, como respuesta radical, depuso al poder establecido e instaló un teocracia, para gobernar bajo los designios de Dios, cambiando la constitución de Filadelfia, de George Washinton y John Hancock, literalmente, por el antiguo testamento.

En ese mundo delirante de Gilead, se establece un nuevo orden social, donde solo mandan los hombres y los niños son un «bien» preciado para continuar la especie. Las  mujeres se dividen en grupos, entre ellos, las Esposas de los comandantes de la revolución, cuyo rol se reduce al mero protocolo; el de las «Marthas» dedicadas al servicio doméstico; el denominado de las Criadas, aquellas mujeres fértiles reducidas a meros objetos de reproducción, para darles hijos al Estado y a sus señores; un grupo llamado de las Tías encargado de la fe y la doctrina y un grupo muy particular llamado Jezebels, que son las prostitutas, que viven en una especie de gueto, para el entretenimiento de los comandantes.

La trama del Cuento de la criada se centra en la lucha, por parte de la resistencia, en gran medida exiliada en Canadá, para revertir ese proceso de anulación de los derechos y la democracia laica, lucha en la que las mujeres sufren lo indecible.

Pregunta: Qué han visto Gorge Orwell y Margaret Atwood: ¿algo de realidad o de distopía? Invito a los lectores a darse un paseo por la geopolítica del mundo en los últimos 10 años; quizás en ese viaje hallemos la respuesta. 

Nota. He tenido cuidado en no tratar casos concretos ni mencionar nombres, salvo los de los novelistas en cuya obra me he apoyado, para no interferir en el análisis sincero y crítico que pretendo estimular.

James Cifuentes Maldonado

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