Si algo nos enseñó el terremoto es que la vida puede desvanecerse en un segundo. Todo aquello que damos por seguro —los planes, los afectos, los sueños— puede derrumbarse sin previo aviso.
¿Cuántas veces hemos aplazado lo que realmente importa?
- Libros que nunca abrimos.
- Viajes que no emprendimos.
- Palabras que callamos.
- Abrazos que dejamos para mañana.
La procrastinación nos roba silenciosamente la vida. Y cuando llega el momento, descubrimos que no estábamos allí para dar ese paso que tanto anhelábamos. Como en la parábola bíblica, quedamos convertidos en estatuas de sal, atrapados en el arrepentimiento de lo que nunca hicimos.
Ese beso que no dimos, esa risa que no soltamos, esa locura que no nos permitimos… ¿de qué valen tantos aplazamientos? ¿Para qué acumular bienes materiales si la verdadera riqueza estaba en atrevernos a vivir?
La vida se escurre como agua entre las manos. El ayer ya no existe, el mañana es incierto. Solo él ahora es real. Y, sin embargo, cuántas veces dejamos pasar la oportunidad esperando un “mejor momento” que quizá nunca llegue.
Hoy, después de la tragedia, comprendo con más claridad que nunca: no hay tiempo que perder. La misión más alta del ser humano es ser feliz y sembrar felicidad en los demás. Esa es la verdadera reconstrucción que debemos emprender: la del espíritu, la de las relaciones, la de los sueños.
El instante presente es un regalo irrepetible. No lo dejes escapar. Atrévete a leer ese libro, a dar ese abrazo, a pronunciar ese “te quiero”. Porque la vida, frágil y efímera, solo nos pertenece en este preciso segundo.


