Pertenezco –Y lo digo con orgullo- a una generación que contribuyó a cambiar la historia y vida de muchas mujeres en nuestro país. No digo que fuimos las primeras, porque antes hubo otras: las que comenzaron a abrir el camino para que nosotras pudiéramos avanzar, y eso fue lo que hicimos. Somos tantas, que nos convertimos en una masa anónima, pero no por ello menos importante, porque, aunque no se mencionen nuestros nombres, también formamos parte de la historia y contribuimos a forjarla.
Somos la Generación de mujeres nacidas a mediados del siglo XX, a las que nos correspondió ser el puente entre esa generación de mujeres, nuestras madres, cuyas tradiciones patriarcales comenzamos a cambiar, y la siguiente generación: nuestras hijas, las mujeres del presente, a las que nosotras contribuimos a forjar.
Nuestras abuelas, la generación de mujeres nacidas a fines del siglo XIX y comienzos del XX, fácilmente tuvieron diez, doce hijos, incluso hubo familias de quince y hasta más hijos. Su vida transcurría entre la crianza de los hijos y los oficios del hogar, en una época en que la mayor parte de la población colombiana se asentaba en las áreas rurales. Eran familias numerosas, donde las mujeres casadas se definían como “amas de casa” y su oficio o profesión se denominaba “Hogar”. Mi abuela materna fue una de ellas, tuvo doce hijos y su vida transcurrió en el campo huilense.
Mi madre, perteneció a esa generación de mujeres que nacieron en la segunda y tercera década del siglo XX y tuvieron a sus hijos alrededor del medio siglo. Con ellas, la maternidad se redujo a 5, 6 o 7 hijos (promedio), lo que disminuyó el tamaño de las familias y cambió la estructura demográfica de nuestro país.
Cómo lo hicieron, no lo sé, porque en esa época todavía no se utilizaban los métodos anticonceptivos que hoy conocemos. Si acaso, era el método del ritmo (Poco seguro) y la abstinencia, y no sé por qué, me inclino a creer que ésta última predominó para controlar el crecimiento desmedido de las familias.
En nuestras familias nucleares, conformadas a mediados del siglo XX, fuimos alrededor de 6, 7 hermanos, con un padre que se rompía el lomo trabajando para mantenernos, y una madre que se ocupaba de nuestra crianza y los oficios del hogar, pues era su misión y la asumía como algo necesario e inevitable.
Los padres de mi generación se casaron y conformaron familias estables, ya que la mayoría permanecieron unidos hasta que la muerte los separó. No porque se “amaran eternamente”, sino porque para ellos el divorcio no era una opción, por razones económicas, por la presión social o porque, casados por la iglesia y devotos de la religión, no se atrevían a romper con el sagrado sacramento.
Nosotras, sus hijas, somos la siguiente generación, nacidas a partir del medio siglo. Las mujeres de mi generación tuvimos pocos hijos, pues entendimos que nuestra única misión en la vida, no era ser madres. Pudimos contar con métodos anticonceptivos que nos permitieron reducir el número de hijos y achicar el tamaño de nuestras familias. Los anticonceptivos constituyeron un medio de empoderamiento femenino, en la medida en que nos permitieron tomar decisiones sobre nuestro cuerpo y nuestro rol en la sociedad.
Muchas de nosotras, ya no nos quedamos en casa cuidando a los hijos y atendiendo el hogar, como nuestras madres. Queríamos trabajar, nos vinculamos al mundo laboral. Con esto, y quizás muchas veces sin ser conscientes de ello, contribuimos a resquebrajar los cimientos de una sociedad patriarcal que le asigna al hombre el mando del hogar y el trabajo fuera de casa, y a la mujer el rol de atender el hogar y obedecer al hombre, roles que tenían muy claros nuestros abuelos y padres, pero que, con nosotras, comenzaron a cambiar.
Las universidades ya habían abierto sus puertas a las mujeres y tuvimos la maravillosa oportunidad de estudiar, ser profesionales, ejercer nuestras carreras. Trabajar, significaba comenzar a romper esa dependencia económica que nos ataba a padres y esposos, creando un sentido de pertenencia que suele asumir el género masculino sobre las mujeres. Creo que fuimos afortunadas, por haber tenido oportunidades que las circunstancias históricas nos ofrecieron y haberlas sabido aprovechar.
Puedo afirmar que pertenezco a una generación de mujeres, que por las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado invadimos las universidades, llegamos masivamente a las aulas, y de eso dan cuenta las estadísticas. Repito, no fuimos las primeras, porque antes hubo otras, pero fueron pocas.
Recordemos que fue en 1933 que las universidades abrieron sus puertas a las mujeres en Colombia. Poco a poco fueron llegando, lenta y tímidamente, con miedo a enfrentar la reacción de una sociedad que todavía no aceptaba que las mujeres abandonaran el hogar.
Se decía que “La presencia de la mujer en la universidad alteraba la cotidianidad del hogar y la educación de los hijos”. Pero también estaban los demócratas de pensamiento avanzado, quienes apoyaban este cambio, considerando que “La entrada de las mujeres a la Universidad potenciaba su autonomía y libertad de pensamiento, contribuyendo a la expansión de la democracia incluyente”.
Por supuesto, fue determinante el desarrollo del capitalismo en vías de expansión, que requería de una fuerza de trabajo femenina que abarataba costos al recibir salarios más bajos y que era más buscada para determinados oficios, como en el campo de la confección.
Según los boletines del DANE, en 1960 solamente el 16% de la población universitaria eran mujeres, 10 años después, en 1970, este porcentaje subió a un 26% y entre 1971 y 1973, hubo un aumento significativo, cercano al 50%. En este último rango me encontraba, cuando ingresé a la Universidad Nacional de Bogotá, en el año de 1972.
Es claro entonces, que fue a partir de los años 70 del siglo pasado, cuando las mujeres invadimos las universidades en Colombia, y fue tal el impacto, que los hombres no sabían cómo manejar la situación. Poco a poco, se fueron dando cuenta que podíamos ser iguales o mejores que ellos en las aulas. También en los trabajos, donde ejercimos nuestras carreras. Pero lo más importante, pudimos trabajar en equipo con ellos. Porque no se trataba de competir, sino de demostrar capacidad para lograr igualdad.
A las mujeres de mi generación nos correspondió asumir ese reto y lo hicimos. Nos enfrentamos a las tradiciones de nuestras madres y abuelas y desafiamos a la sociedad. Abrimos un camino para las siguientes generaciones: nuestras hijas. Ellas no tuvieron que enfrentarse a nosotras para ser lo que han querido, como muchas tuvimos que hacerlo con nuestros padres. En mi caso, tuve que trabajar para pagar mis estudios, pues mi padre se negó a apoyarme por considerar que la sociología era una carrera para “Bolcheviques”.
Nuestras hijas pertenecen a una nueva generación de mujeres que seguirá transformando la sociedad. Ellas continúan avanzando en este proceso, aunque quizás no sean conscientes de cómo y cuándo comenzó. A lo mejor piensan que siempre ha sido así, o que ellas lo iniciaron. Lo importante es que estudian, trabajan, conviven con sus parejas, deciden tener hijos o no tenerlos, enarbolan banderas de libertad e independencia. ¡Qué diferente su mundo al de nuestras madres! ¡Y nosotras, fuimos el puente, la Generación de Transición que le puso el acelerador al cambio!!
Tampoco ha sido fácil para los hombres, los hijos de nuestra generación. Ellos, probablemente vieron a sus abuelos mandar y a sus abuelas obedecer. Ellos, seguramente han visto a sus padres forcejear verbal y hasta físicamente con sus madres para detener estos cambios irreversibles. Algunos, no han podido o no quieren aceptar las nuevas condiciones, otros no las entienden del todo o las aceptan a medias, porque todavía no logran definir claramente su papel en esta nueva relación de pareja. Porque es una relación que tiene que redefinirse.
Lo cierto es que esta nueva generación de mujeres que hoy llena las universidades y se vincula al mercado laboral, ya no elige la opción de quedarse en casa cuidando a los hijos y atendiendo el hogar. Y ahora, ¿Quién cuidará a los niños? Se preguntan.
Me refiero en especial a esa clase media, que en muchos casos no logra pagar las costosas niñeras y jardines apropiados para sus hijos. ¡Pero, atentos a lo que se viene! En los últimos años se empieza a observar una nueva tendencia: las parejas jóvenes prefieren adoptar mascotas, a las que tratan como hijos. Las mascotas implican más independencia, menos compromiso, más libertad.
Porque ésta parece ser la palabra clave en la nueva ecuación familiar: la libertad. Ya que fue por los hijos, que las mujeres de antaño redujeron su vida al ámbito del hogar. En una familia de seis, siete o más hijos, no se concebía un hogar sin la presencia de la madre.
Quizás por eso, muchas mujeres de las nuevas generaciones se resisten a la maternidad, porque una vez que logran ganar espacios en la sociedad y ser independientes, ya no quieren renunciar a ello. Y los hijos son un dilema. O ellas se quedan en casa, o los dejan solos, o quedan en manos de terceros. Entonces prefieren no tenerlos.
No puedo afirmar que estos cambios abarquen a todas las mujeres, pues los cambios en una sociedad se dan paulatinamente, no cubren al 100% de la población, especialmente cuando se trata de cambiar costumbres, cultura, una mentalidad que ha imperado por siglos, o cuando la situación económica no permite estudiar, pero si obliga a trabajar. Lo cierto es que cada vez son más las mujeres que ingresan a las universidades y/o al mercado laboral, por gusto o necesidad, contribuyendo a acelerar el proceso de transformar la sociedad.
Todavía queda mucho camino por andar. La sociedad actual tiene que repensarse en función de los cambios surgidos a partir del nuevo rol de las mujeres, cambios que ponen a tambalear un sistema patriarcal obsoleto.
Y a las mujeres de mi generación nos queda la satisfacción de haber formado parte de esta historia y haber contribuido a impulsar el cambio. Esta fue la época y momento que nos correspondió vivir y asumimos el reto que nos permitió dar un paso al frente en el devenir de la historia.
Es por ello que me siento orgullosa de pertenecer a esta Generación de Transición, que ahora le entrega la posta a las siguientes generaciones, para que continúen el proceso. Me enorgullece mucho ver estas nuevas generaciones ejerciendo oficios y profesiones, desempeñándose con éxito en una sociedad que hace un siglo nos cerraba todas las puertas. El camino está abierto, hay que continuar avanzando. ¡Este proceso no tiene reversa!!
Consuelo Gómez Alvira
SOBRE EL CONCEPTO “GENERACIÓN”:
Teniendo en cuenta que utilizo el término “Generación” como hilo conductor de este ensayo, considero útil explicar su significado: definida desde la Demografía como “Una cohorte o grupo de personas nacidas en un período de tiempo similar, que comparten experiencias y eventos históricos significativos, lo que influye en sus actitudes y visión del mundo. Generalmente, este lapso abarca 20 a 30 años”.



Lo valioso de esta lectura es que nos recuerda que los cambios sociales no ocurren de golpe, sino gracias a generaciones que se atreven a desafiar lo establecido. La llamada “Generación de Transición” no solo abrió las puertas de la universidad y del trabajo para las mujeres, sino que también sembró una nueva manera de entender la libertad: decidir sobre el propio cuerpo, sobre la maternidad y sobre el lugar que se quiere ocupar en la sociedad.
Me parece importante reconocer que estos avances no fueron un regalo, sino fruto de luchas silenciosas y cotidianas que hoy parecen naturales. Las hijas y nietas de esa generación viven en un mundo distinto porque hubo mujeres que se atrevieron a incomodar, a insistir y a ocupar espacios que antes estaban prohibidos. Esa herencia nos recuerda que cada paso hacia la igualdad es acumulativo, y que lo que hoy disfrutamos es resultado de un camino que no tiene reversa.
Que orgullo ser mujer.
Excelente tu comentario, querida Paola, una clarísima comprensión del papel que han jugado las diferentes generaciones y de su influencia en los procesos de cambio. Muchas gracias por tu comentario.
Excelente que reivindiques a una generación que ha quedado en la mitad de todo, tiempo e historia, sin desconocer el papel que han jugado mujeres inconmensurables en la historia de la humanidad y que han sentido desde las entrañas que el mundo no era como se lo estaban contando y que lucharon y dieron hasta su la vida por cambiarlo; víctimas del poder, de la religión y la narrativa social, familiar y política, nos mostraron un camino que a pesar de tanto, apenas comienza.
Claro que si, Esperanza, hay que reconocer el papel de esas mujeres que son muchas, pero en este caso quise destacar a una generación en un momento específico de la historia de Colombia, que es nuestra generación, de la cual me siento orgullosa de pertenecer.
Pertenezco a esa generación de transición, y me siento satisfecha por la labor cumplida, por la fuerza, Resiliencia y capacidad de transformar y educar a las nuevas generaciones para ser personas de bien y muy agradecida por mis ancestros que nos dieron ese espiritu de amor y pujanza para transformarnos.
Así es Rocío, lo importante es reconocer el papel cumplido y sentirnos satisfechas por los resultados. Muchas gracias por tu comentario!
Totalmente de acuerdo James, de eso se trata, de unirnos por intereses comunes y colectivos para lograr esa libertad y esa paz que tanto anhelamos! Muchas gracias por tu comentario!
Buen día Doña Consuelo. Gran escrito.
Felicitaciones a usted y a todo ese ramillete de mujeres que hacen parte de este escrito.
Destaco ante todo ese señorío, ese pudor , ese respeto por el cuerpo, la manera de hablar tan educada y decente, es decir, lo bien puestas en todo momento, lo cual se ha desvanecido en estos tiempos tan libertinos. Ojalá vuelvan ese tipo de damas y mujeres, pero la verdad veo el camino muy empinado pero no se puede desfallecer.
Feliz día Doña Consuelo
Muchas gracias por tu comentario Isdaen!
La generación de transición que le puso el acelerador al cambio. Nunca mejor dicho.
Tiempos rompedores de mujeres valientes que hicieron de las palabras libertad, independencia, determinación, el acicate para proveerse un destino en consonancia con sus metas y hacer valer su individualidad en pro de una sociedad más justa.
Excelente comentario, muy digno de una mujer como tú! Muchas gracias!
Excelente comentario, muy digno de una mujer como tú! Muchisimas gracias!
Comparto tu orgulloso sentimiento de pertenecer a la generación de transición que ha permitido el cambio de mentalidad y la forma de vivir la vida familiar y social. También me alegro de haber nacido y vivido en Colombia esa transición, porque hay otros lugares en el mundo donde la mujer todavía vive muy sometida y no tiene acceso a la educación superior.
El fruto de estos cambios, claramente descritos en tu artículo, lo veo patente también en los hombres que ya realizan labores hogareñas, cocinan, atienden a los hijos son tener sentimientos de inferioridad, sino que participan activamente como equipo para sacar adelante a sus familias. Ahora ven más importante la Calidad del tiempo que se dedica a los hijos, que la cantidad de tiempo. Excelentes las reflexiones de tu artículo.
Muchas gracias Marthica, me enorgullece saber que compartes mi orgullo por pertenecer a esta generación de mujeres resueltas que dieron el paso hacia un mejor futuro para la mujer!
Consuelo como de costumbre sorprendiéndonos de manera clara y objetiva.
Comparto 100% tu artículo y mi solidarizo, con las mujeres de todas las generaciones de décadas pasadas, por el sufrimiento y el maltrato a nombre del cuidado de una familia, sometimiento y humillación aupados por la religión respaldando esa vieja y obsoleta consigna «hasta que la muerte los separe».
Hoy gracias a las generaciones del siglo XX y XXI, jóvenes mujeres, se han tomado todos los espacios académicos, políticos, sociales, económicos, cívicos y culturales entre otros, con decisión de manera categórica, en otras palabras le han dado al mundo «una vuelta de tuerca», el panorama ha cambiado. Solamente la mujer y el hombre unidos, por intereses comunes y colectivos, es como sacan adelante una región, un departamento o un país, como lo está demostrando esta generación con denuedo.
«Solo cuando se democratice el oficio doméstico y la responsabilidad de vida con libertad sin miramiento de género, habrá paz en la sociedad en el hogar.»