lunes, mayo 18, 2026

EL TEMPLO DE LAS FORMAS: MANIFIESTO EN EL DÍA INTERNACIONAL DE LOS MUSEOS

OpiniónArteEL TEMPLO DE LAS FORMAS: MANIFIESTO EN EL DÍA INTERNACIONAL DE LOS MUSEOS

El 18 de junio, el mundo celebra el Día Internacional de los Museos: esos santuarios donde el tiempo se suspende y la materia se transmuta en trascendencia.

Un Museo no es un mero contenedor de objetos; es el escenario sagrado donde acontece una sutil alquimia entre el artista, la obra y el espectador. Al cruzar su umbral, el caminar se vuelve deliberado, casi reverente, y el paisaje sonoro se repliega hasta convertirse en un susurro cómplice. En esa penumbra habitada, el pensamiento despierta. El encuentro con la obra no busca certezas; reaviva preguntas dormidas y provoca destellos filosóficos. Es un puente tendido entre la intimidad del creador y la coincidencia vital de quien contempla, ante el lienzo o la escultura, la mente no halla respuestas definitivas; en su lugar, interpreta, deduce y abraza la duda a través de la pura manifestación estética.

El Museo custodia el torrente indómito de los creadores, inmortalizado en el dibujo, la pintura, la escultura, la instalación, el videoarte y la performance, entre otras; un atlas del infinito conocimiento que emana del fenómeno artístico. Cuando el lápiz roza el papel o el pincel ataca la tela con materias grasas y magras, la carne del lienzo comienza a descifrar códigos secretos, y, ¿Qué decir de la materia tridimensional que se escurre por el agujero o destroza el espacio con el tiempo recorrido? Ahí llega el silencio. Lo anterior es el pensamiento que se pronuncia en voz alta. Surgen así formas bidimensionales y tridimensionales que juegan con la hiperrealidad, engañando al ojo con ficciones magistrales y realzando volumetrías cromáticas donde la perspectiva atmosférica dilata el espacio, entre la sutileza y el extremo.

Dentro de estos contenedores de belleza, se genera una constelación que expande el espíritu y convoca memorias sepultadas. Son arquitecturas vivas. Esas paredes, desnudas cada mes en el rito del desmontaje, vuelven a vestirse poco después de dignidad y de una belleza inconmensurable. Las efigies apoteósicas, los colores y los trazos ensanchan el horizonte de los visitantes, quienes acuden a estos espacios como quien asiste a un templo a pronunciar una oración silenciosa.

Aprovecho para hablar del Museo Lucy Tejada, en el umbral de la memoria. Es un legado vibrante, un espacio de luz, silencio y paz donde habita la emoción pura. Un territorio donde convergen la inocencia de la infancia, la dignidad de la mujer trabajadora y la fuerza contenida del territorio. Los tonos que la maestra esparció en sus lienzos actúan como catalizadores. Desactivan el ruido mental para fundar geografías inéditas. Sus colores tierras, sienas y cafés evocan una profunda pasión por la vida, provocando el deseo de retroceder en el tiempo para habitar ese silencio que ella dibuja, esa sutil felicidad que florece en la soledad. En su obra no hay tristeza, hay pausa, un respiro para la creación. Es la chispa que encuentra en el filo de una hoja de zinc, la luz exacta para revelar un universo tan sencillo como profundamente complejo.

Por sus salas transitan niños, jóvenes y extranjeros que se deleitan con la potencia de sus grabados y pinturas. Algunas piezas confrontan la frialdad tecnológica para recuperar el pulso vital; otras dignifican el rigor del oficio diario. Sin embargo, las más bellas son aquellas que recorren mares y playas, habitadas por animales fortalecidos, sensibles y mitológicos que desafían el esquema humano. Este es el testamento estético que la maestra sembró sabiamente en Pereira, en un hermoso santuario contiguo al Centro Cultural de la Secretaría de Cultura, el “Museo Lucy Tejada”.

Asimismo el dinamismo y confluencia de la sala de exposición Carlos Drews Castro, cobijada por el Teatro Santiago Londoño, posee una laboriosidad y una vocación de encuentro imprescindibles. Ubicada justo en el paso por donde ingresan los artistas, se trata de un espacio sui generis, de arquitectura quebrada, curvas y semicírculos que ejercen una atracción magnética. Por allí han desfilado creadores consagrados de Colombia y el mundo, así como talentos emergentes nacidos a la sombra de la «Perla del Otún». Todos ellos han plasmado investigaciones rigurosas y derivas por el paisaje cafetero, explorando la anatomía, la fauna y la flora a través de paletas vibrantes, propuestas que desafían los abismos de la mente, instalaciones conceptuales y obras que representan el aquelarre mismo de la vida y la muerte.

Salones, concursos y muestras colectivas han dotado de un ritmo incesante a este recinto que no se limita a sus muros internos. La sala dialoga constantemente con el transeúnte y con quienes habitan la urbe, en espacios a veces ortodoxos, pero profundamente humanos y adaptables. Con más de dos décadas de trayectoria, este sitio ha sido testigo del paso de más de 400 artistas y ha acogido a más de 60,000 visitantes, transformándose en un epicentro de análisis, reflexión crítica, talleres formativos e intercambio práctico de saberes.

El Museo como refugio y coexistencia es un espacio donde se apuesta y se tejen vínculos comunitarios que conectan al artista, la obra, el gestor y el ciudadano con el entorno urbano. Al final, las artes visuales se revelan como una herramienta de desactivación violenta, capaz de articular un discurso de profunda tolerancia. El Museo, un escenario donde las diferencias y los lenguajes tradicionalmente bélicos se transforman en experiencia estética. Una Sala o un Museo de exposiciones en su esencia más pura, es un territorio de avenencia y un santuario para el pensamiento libre.

El eco de las almas y la función social del Museo configuran un espejo que devuelve la imagen de nuestra propia complejidad. A lo largo de la historia se han tejido infinitos relatos sobre lo que acontece en la penumbra en una Sala de exposición y un Museo; anécdotas que conmueven hasta las lágrimas, que provocan escozor o que asombran de manera catártica, ya sea desde la luminosidad o desde la perturbación. Porque el arte no busca complacer; busca sacudir.

Los Museos cumplen un papel preponderante en la arquitectura de la sensibilidad humana; educan bajo el principio de la concordia, el saber y la reconciliación del ser con la naturaleza. Un Museo es, en última instancia, un estado de abstracción pura del pensamiento. Una fuerza de gravedad que desafía las leyes de la realidad física cada vez que un alma humana se atreve a mirarse de frente en el espejo de una obra de arte.

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