Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve
A enfrentarse con mi vida
Tengo miedo de las noches que pobladas de recuerdos
Encadenen mi soñarCARLOS GARDEL
En la gran novela de Daniel Defoe, Robinson Crusoe el navegante inglés años después de su ya, temporal permanente estadía en la isla, rescata a un hombre negro de sus captores y lo nombra Viernes, este se convierte en el mejor amigo del navegante y allí se establece una amistad y una lealtad a prueba de todo. Sin embargo, la relación de Viernes hombre negro del relato con la del europeo, es asimétrica, pues y aunque Robinson Crusoe es una novela sobre la amistad de dos personas de razas distintas, ambos náufragos de algún modo, es una relación subordinada donde el blanco es superior y el negro es inferior. Pese a esto, es la primera novela de occidente, producto de la ilustración, donde se cuenta la historia de la amistad de un hombre negro y un hombre blanco, lo que la hace aún con sus connotaciones racistas una obra originaría de este tema.
Esto para introducir esta reseña sobre La vida infausta del negro Apolinar, la última novela del ensayista, politólogo, novelista, director de la Fundación PARES, amigo y mentor León Valencia, una novela sobre un hombre negro y su experiencia vital, la misma que estuvo signada desde su juventud por luchas, pérdidas, renaceres y reconciliaciones, viajes y retornos.

La novela de Valencia, puede leerse en muchas claves, en clave de lenguaje negro que reivindica los acentos, las formas del habla negra del Pacífico, la poesía negra mostrada por Valencia en alusiones a Jorge Artel, un baluarte de la poesía negra de Colombia, en clave de documento histórico sobre las luchas sindicales de los corteros de caña negros, historia poco contada y que da para una versión negra de la Vorágine vista y vivida por este sector agrícola, en esto Valencia hace eco de Rivera, hay una historia de explotación, una familia poderosa, unas mañas políticas y una historia de amor que se parece mucho a la de Coba y Alicia.
Es también un saludo literario y poético de Valencia, acá la otra clave, pues la novela puede leerse también, como un Inter texto de Cien años de soledad, podemos decir que Apolinar es un hombre de una iniciativa inagotable, de una resistencia férrea y de una terquedad total en sus convicciones, su camino y su amor por la familia y el legado de su gente negra, de su raza negra, desde negro porteño, pasando por mecánico de máquinas, líder sindical, presidiario y viajante, Apolinar siempre buscó un sentido a su existencia de negro entre el litoral, la montaña, la nieve y la gran ciudad, un hombre conflictuado con el mundo y consigo mismo (el más difícil de los conflictos)
Pero hay una clave entre las muchas que podrían explorarse, que es la que me interesa disertar en este escrito y es la del Ulises Negro.
En su juventud, siendo un muchacho en busca de su destino, el padre de Apolinar se va en un barco con la promesa de volver y Durante muchos días Apolinar, sólo y después en compañía de Carmen una de sus amadas en el relato, lo espera con la mirada perdida en el mar, sin saber qué hacer, sin una dirección… hasta que un día, decide partir del lugar donde lo abandonó su padre a tejer la vida, a buscar destino, es en este periplo, dónde el personaje encarna dos vitalidades literarias, la espera de Penélope y el ansía de crecer y de partir de Telémaco, el hijo de Ulises en el mito griego, quién ansioso y azarado sale en busca de su padre. Así pues, Apolinar y Valencia, viajan de la mano de un aventurero a través de cartas, o correos, e mails que se cruzan cada uno, revitalizando el género epistolar tan de moda en las novelas decimonónicas, aquí refrescadas no por el papel y la tinta, sino por la pantalla y la mano que teclea.
Apolinar le cuenta a Valencia una historia que el segundo, el amigo citadino de la gran metrópolis, completa y llena con las fichas de rompecabezas que aún conserva en su memoria, así entre ambos se va restableciendo una amistad suspendida por años, accidentada por acontecimientos y decisiones difíciles, pero viva por los buenos recuerdos y por la quietud y angustia que dos hombres entrados en años sienten en la Pandemia, ese tiempo donde el mundo estuvo quieto.
La historia de Apolinar, es apasionante, sindicalista, cortero de caña, mecánico, bailarín, hombre amado por varias mujeres, con pérdidas insondables como la de su padre, su esposa y su hija, y su mentor, con derrotas y resiliencias y con una muerte que recuerda al Quijote, somos testigos epistolares de una serie de correos electrónicos, una suerte de botellas al mar, lanzadas por dos náufragos en el mar de la incertidumbre en las que se reconstruye una amistad.
Valencia irrumpe con un relato en primera persona, con estructura polifónica y estilo depurado, con un estilo de dialogo fluido, donde logra diferenciar no solo las voces de ambos personajes, sino los estilos, el primero un hombre sin formación académica, pero con experiencia vital que da una sinceridad al relato, necesaria, verosímil, y el otro un intelectual, estudioso, lector, escritor que desde su voz, solamente hace las veces de un contador de historias sin juicios ni pretensiones.
Apolinar es quizá y me atrevo a decirlo sin miedo al error, el personaje negro mejor logrado de la actual literatura colombiana, siempre tan blanqueada y permeada por lo urbano y lo contemporáneo, y este personaje es importante, no sólo porque sea negro de piel, es por que esa negritud viene con sus Orishas, sus alabaos, sus músicas y rituales de entierro y muerte, es decir no es un hombre negro puesto allí como una circunstancia, es el Viernes de Crusoe que ha roto las cadenas de la subordinación y se ha puesto por igual con su amigo blanco, que cómo él sufre también los rigores de la vida, ambos Valencia blanco, Apolinar negro, son iguales por lo que sufren, viven, ríen, gozan…


