Lo primero que debe decirse, aun en caliente por la inmediatez del entusiasmo, es el triunfo sin dudas y reconocido por el Concejo Electoral de Abelardo de la Espriella por diferencia a favor de 290 mil votos, cifra nada despreciable, a pesar del “voto fusil”. Aunque muchos suponían que en el balotaje definitivo la diferencia sería mayor, por la ventaja obtenida en la primera vuelta, mientras los seguidores de Cepeda daban por segura su victoria inicial, pero la realidad electoral terminó mostrando otra cosa. Los deseos suelen transitar por caminos distintos a los de los hechos, y los sufragios tienen la virtud de ser contundentes.
El punto es que incluso un solo voto de mayoría habría sido suficiente para investir al ganador de plena legitimidad democrática. Sin embargo, más allá de los buenos resultados obtenidos por ambos contendientes, el dato político y significativo es otro: el país aparece dividido en dos bloques numéricamente muy similares. Esta realidad exige que el ejercicio del poder deje atrás los abismos y las trincheras catastróficas para abrir paso al entendimiento en los asuntos definitivos de la Nación.
Ahora se hace indispensable aliviar incongruencias y heridas acumuladas durante la confrontación y, al mismo tiempo, construir un horizonte compartido que permita, dentro de las diferencias, fijar metas comunes de crecimiento económico, atención social, reducción de la pobreza y generación de riqueza. Solo una economía dinámica y suficientemente productiva podrá irrigar bienestar y oportunidades para todos los sectores de la sociedad.
La aspiración debe ser la de construir una verdadera “Patria milagro”, por difícil que parezca semejante empresa. Colombia está cansada de divisiones artificiales, muchas veces alimentadas desde los propios centros de poder. Lo que hoy reclama la ciudadanía es orgullo nacional acompañado de progreso, respeto, inclusión y acontecimientos tangibles.
La fotografía del futuro debe incluir a quienes históricamente han sido excluidos. Ello exige la creación de oportunidades educativas, laborales y productivas que fortalezcan tanto la ascendente movilidad social como el sentido de pertenencia en un proyecto nacional común. El veredicto electoral, dividido casi por mitades, expresa con claridad esa exigencia ciudadana. Esa voz, manifestada en carne y hueso a través de las urnas, no puede seguir siendo ignorada para que con civilidad reine la paz.
Bajo esta perspectiva, se vuelve más urgente atraer inversión masiva y capital de largo plazo desechando la tentación del gasto improductivo, la expansión burocrática ociosa y la proliferación de contratos clientelistas destinados a asegurar lealtades políticas pasajeras. La corrupción y su tolerancia han contribuido a incubar una tormenta fiscal que amenaza la estabilidad económica e institucional del país.
Ha llegado la hora de armonizar el ambiente nacional con respeto, sensatez y convicción democrática para facilitar gobernanza eficaz y oportuna. Existen problemas que requieren procesos de infatigable aliento, pero también decisiones prontas que permitan recuperar la confianza ciudadana. De lo contrario, el desencanto provocado por tantas promesas incumplidas terminará lesionando no solo el ánimo patriótico, sino también la credibilidad y la seriedad de quienes ejercen el gobierno.
El resultado electoral debe interpretarse como un llamado inequívoco a gobernar para todos. En esa tarea radica el principal desafío del presidente Abelardo y, al mismo tiempo, la mejor oportunidad para iniciar una etapa de progreso, respeto, equidad y bienestar social.
El filósofo Kant enseña que las buenas maneras en trato y comunicación hacen parte del imperativo categórico que orienta la convivencia, ya que se constituye en un mandato incondicional y universal que exige de manera colectiva actuar únicamente bajo normas. Lo fundamental, como decía el mártir republicano, Álvaro Gómez Hurtado, la institucionalidad determina el bien común.


