La reciente exhibición privada para el equipo de producción de El Mandado, de (Montañera Films) no fue un desnudo suceso mutuo; constituyó una auténtica convergencia de la polis artística y crítica de la región. En apenas veinte minutos, esta pieza logra lo que el cine contemporáneo obsesionado con el simulacro tecnológico suele olvidar, una reivindicación ontológica del ser y del territorio.
A continuación, presento una observación estética y filosófica de esta destacada obra. La pieza cuenta con la dirección magistral de Ingrid Bonilla (especialista en fotografía de la Universidad Nacional de Colombia y formada en la escuela argentina de cine Eliseo Subiela) y con el impecable diseño sonoro y producción de Nico Galfrascoli.
El Paisaje y la estética de lo sublime, desde su primer fotograma, la cinta despliega un golpe de vista que evoca la tradición pictórica de la excursión vegetal de unos Mutis. No estamos ante un paisaje-decorado, sino ante un paisaje homérico. La Bruma como velo fenomenológico, las montañas risaraldenses y sus nieblas características operan como una suspensión del tiempo cartesiánico.
La Mecanización orgánica, los caminos de herradura, transitados por esos «escarabajos de metal» (los camperos Willys), marcan una transición dialéctica entre la naturaleza inconmensurable y la técnica humana adaptada al entorno. La arquitectura del recuerdo, la escuela de El Chaquiro se presenta como un espacio suspendido en la temporalidad, un microcosmos cromático que resguarda el alma mater del conocimiento en comunión con su ecosistema.
Infancia Pre-lapsariana vs. alienación tecnológica, es el núcleo ético de la película que habita en la mirada de sus protagonistas; una niña de sonrisa inmaculada y tres niños que configuran un estado de pureza pre-lapsariana (seres «sin pecado»).
El Mandado opera como una crítica radical a la modernidad líquida y al encierro existencial provocado por los dispositivos electrónicos. Frente al Gestell (la estructura de emplazamiento tecnológico que formatea nuestras vidas), la cinta opone los métodos más antiguos de la conquista humana, el diálogo, la creatividad, la ternura, el amor inocente y el intercambio simbólico de los frutos de la tierra, para hallar una relación romántica y suele nacer otra clase de afecto, el de la confianza y la sinceridad.
Hay aquí un vector de resistencia cultural que rechaza la colonización estética norteamericana y europea, retornando a una ética de la lealtad y el afecto colectivos que evoca las décadas de los 60 y 70. La dialéctica del «Montañero» y la subversión del estigma, es uno de los aciertos conceptuales más agudos de la dirección, es la introducción del conflicto a través del bullying. El antagonista encarna el prejuicio histórico que intenta degradar la condición del «montañero» a una categoría de subalternidad o segunda clase.
No obstante, la película opera una cientificidad cinematográfica a la inversa. Utiliza el señalamiento no como un destino trágico, sino como un catalizador ético. El filme desmantela la invención metafísica de las divisiones de clase diseñadas para la individualización y el debilitamiento del tejido social demostrando que, bajo la mirada del paisaje y la comunidad, la alteridad se resuelve en una igualdad radical.
La Poiesis y los atributos técnicos de la temporalidad en El Mandado se experimenta como una durée bergsoniana, veinte minutos que resultan eternos por su consistencia estética, pero breves por su fluidez narrativa. Asimismo, la gramática visual, Los picados y contrapicados aéreos no buscan el virtuosismo vacío; dotan a la geografía de una dimensión monumental que compite con las grandes producciones globales, pero con un arraigo sensible e íntimo.
El Silencio y la Pausa, los planos sostenidos (son-much) configuran pausas estéticas que permiten al espectador habitar el plano, activando un goce contemplativo que alimenta nuestro infante interno. El reparto como sistema holístico, desde la actuación de Claudia y la presencia de la madre de la directora quien con su dialecto y performance expande un amor matricial que legitima a los niños como su propia estirpe, hasta el tratamiento del perro, el gato y los figurantes. El uso de la animación fotograma a fotograma (stop motion) demuestra que los lenguajes artísticos vinculados a la narrativa de ficción, potencian la capacidad humana de proyectar aquello que la realidad concreta limita. De este modo, la cartulina coloreada y el registro fotográfico de los personajes se conjugan para generar una ilusión de verdad, configurando un espacio-tiempo cinematográfico que opera como un surrealismo posible. Todo forma parte de una matriz orgánica, una suerte de placenta estética que envuelve el relato.
En conclusión, este film “El Mandado” como praxis pedagógica, demuestra que la cinematografía en Pereira ha alcanzado una madurez sustantiva. Al igual que el crisol alquímico que amalgama los metales, el equipo de producción ha logrado condensar la materia inmaterial de los afectos en un objeto artístico imperecedero.
Como bien se sugirió en el foro posterior a la proyección, este relato cinematográfico de ficción no solo merece la ruta de festivales, sino que debe ser asumido como un dispositivo pedagógico y didáctico indispensable para reconfigurar la ética y los valores perdidos en las nuevas generaciones. Una obra minuciosamente lograda, un triunfo del “amor bajo la paz de la montaña.”
James Llanos Gómez
Artista visual – UTP


